Por Alfredo Kramarz*

Hannah Arendt sostenía que para hablar sobre política era necesario partir de los prejuicios que albergamos contra ella. Los prejuicios pueden anclarse en experiencias históricas concretas que conceden legitimidad a ciertas observaciones respecto al funcionamiento de las instituciones o ante el comportamiento general de la clase dirigente.

Indagar en el contexto sociopolítico actual puede desembocar en el reconocimiento de la existencia de puntos de conexión entre nuestros prejuicios y la irrupción de figuras que generan profundas controversias por su radicalidad discursiva.

Una parte de la eficacia del populismo y de la reacción ante el mismo, es acertar en diagnosticar/definir aquellas apreciaciones que durante una época conforman el sentido común. Problemas como la corrupción favorecen la eclosión de líderes que reclaman devolver la grandeza a sus respectivos países. En sus proclamas suelen invocar contenidos parciales de verdad que anidan en los prejuicios para ganarse el favor de las mayorías sociales.

En este sentido, el discurso de Jair Bolsonaro es paradigmático pues su apelación a terminar con la corrupción o su deseo de fortalecer la seguridad pública, encajan con una visión compartida por amplios y transversales sectores de la sociedad brasileña. Estrategia que le permitió situar a sus adversarios en un campo de juego incomodo y apelar a una regeneración confusa en sus contenidos, pero atractiva para sus seguidores.

Su primer discurso presidencial estuvo estructurado alrededor de los siguientes ejes: denuncia de la corrupción sistémica, rebajar los niveles de criminalidad, corregir la irresponsabilidad económica de la dirigencia anterior y rebelarse contra la denominada sumisión ideológica (en la que incluye a la “ideología de género”).

Junto a los cuatro puntos mencionados, Jair Bolsonaro mantuvo su compromiso en: la defensa de la constitución, proteger la familia tradicional, limitar la burocracia y otorgar un papel crucial al sector agropecuario. Una serie de ingredientes condimentados con la apelación constante a la visión judeocristiana de la vida.

Su extremismo en cuestiones identitarias se combina con un interés en establecer “marcos de confianza” en la esfera económica. Esgrimió argumentos a favor del libre mercado o respecto a la sustentabilidad de las cuentas públicas. Un esbozo de macroproyecto que se complementó con una designación fundamental, la elección de Paulo Guedes como Ministro de Economía.

A su toma de posesión asistieron diferentes Jefes de Estado y de Gobierno latinoamericanos. La ausencia de las autoridades venezolanas, cubanas y nicaragüenses era previsible y anunciada, pero llamó la atención que Mauricio Macri (presidente de Argentina) e Iván Duque (presidente de Colombia) no asistiesen al evento. La reacción de Macri, después de la decisión de Bolsonaro de visitar antes Santiago de Chile que Buenos Aires, augura una relación bilateral sujeta a tensiones.

También destacó el cálido recibimiento dado a Mike Pompeo (Secretario de Estado de EU) y a Benjamín Netanyahu (Primer Ministro de Israel). El presidente Trump manifestó a través de Twitter su respaldo a Bolsonaro. La visita de Mike Pompeo y su posterior marcha a Cartagena de Indias, invita a pensar en una alianza continental que tiene entre sus focos de interés resolver la crisis de Venezuela.

Eduardo Bolsonaro, diputado federal y tercer hijo del presidente electo, fue el encargado de recibir al matrimonio Netanyahu. Encuentro inédito que festeja la voluntad de trasladar la embajada brasileña de Tel-Aviv a Jerusalén. Mientras tanto, Benjamín Netanyahu recibió la más alta condecoración que Brasil otorga a un mandatario extranjero: la Orden de la Cruz del Sur.

Será interesante analizar el rol de cada uno de los miembros de la familia Bolsonaro que tienen incidencia en el espacio público. Por ahora, la gran revelación fue Michelle Bolsonaro (Primera Dama de Brasil) que optó por dirigirse al pueblo en lengua de signos. Gesto inclusivo que quizá traspase el umbral de lo anecdótico si su protagonismo se mantiene al alza.

Jair Bolsonaro sueña con un Brasil fuerte, pujante, confiable y osado. Psicología de soldado aplicada a la gestión política. Es difícil imaginar cómo afectará a la mentalidad de cuartel recorrer el largo camino de las instituciones democráticas o las consecuencias geopolíticas derivadas de no renunciar a la misma. Como decía Euclides da Cunha -en su obra Los sertones- la amenaza más seria que sufren las columnas del ejército regular es encontrar “vacío el poblado sedicioso (…) la vuelta sin gloria, sin haber disparado un cartucho”.

*Doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

Confidencias | Hoteles se suman a lucha contra la trata de personas
Por

El recorte presupuestal que sufrió el Conacyt le dio un duro golpe a su brazo informativo; y Ópticas Ver de Verdad plane...