Por Bárbara Wessel

DW.- Una vez más, la Unión Europea y Gran Bretaña llegaron a un acuerdo por el Brexit. Y mientras en el Reino Unido hay gran expectativa, en Bruselas la sensación es más bien de déjà-vu, porque es justamente en este punto donde ya estuvimos hace un año con Theresa May. Y, una vez más, las posibilidades de que el trato sea aprobado por la Cámara Baja del Parlamento británico no son tan buenas. Muchos diputados tienen dudas, ya sea porque quieren quedarse dentro de la UE, o por el futuro de las relaciones entre ambas partes, que Boris Johnson ve mucho más distanciadas que su antecesora.

Mucho ruido y pocas nueces

También en este segundo intento fue difícil ponerse de acuerdo. Y eso fue solo posible después de que el premier irlandés propusiera una solución creativa a su colega británico para el problema irlandés. Pero Boris Johnson había entendido que, en vista de la compleja situación política en Londres, solo podría llegar al Brexit a través de un acuerdo. Así que dio un giro, olvidó su tonto discurso de ayer y tiró por la borda todos los reparos acerca de la indivisibilidad de Irlanda del Norte que Teresa May había defendido tan vehementemente. Lo que se acordó ahora es muy similar a la salvaguarda destinada a evitar una frontera física en la isla de Irlanda tras el Brexit, que la Unión Europea había propuesto desde el principio.

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A todo esto, ambas partes hicieron concesiones, y los británicos hicieron algunas más: la UE permitió que la provincia británica saliera, de iure, de la unión aduanera. Londres, por su parte, tuvo que tragarse que Irlanda del Norte, de facto, tuviera que seguir respetando las normas europeas para que se mantuviera el statu quo de ambos lados de la frontera. Sin embargo, no se trata solo de una cuestión económica, sino de algo que va mucho más allá: se trata de la identidad, del sentido de pertenencia y de la vida cotidiana de la gente de la región.

Los europeos y el gobierno de Dublín pueden seguir viviendo con esta solución. Y la UE, como es su costumbre, cuidó la letra chica para poder imponer sus derechos. En total, es un trato bastante favorable para Bruselas, y, al mismo tiempo, permite que Boris Johnson grite, triunfante, que ahora guiará al Reino Unido hacia el camino de salida de la Unión Europea, y que volverá a tener todo bajo control en el futuro. Eso es simplemente parte de la propaganda del Brexit, no importa cuán poca verdad haya en ello.

Una aprobación incierta

Los negociadores en torno a Michel Barnier y los jefes de Estado y de Gobierno presentes en la cumbre también hicieron lo que debían para lograr que el acuerdo esté sobre la mesa. Con el Parlamento británico, sin embargo, las cosas no serán tan fáciles. Si el partido Partido Unionista Democrático (DUP) norirlandés no dice “sí”, porque las concesiones le parecen demasiado amplias, Johnson podría perder a algunos miembros de la línea dura del Brexit. Es dudoso que pueda recuperar a los diputados tories que echó hace poco con petulancia del partido, y la oposición está, de todos modos, con pocas excepciones, en contra. Tal vez Boris Johnson pueda hacer un milagro hasta el próximo sábado. De lo contrario, el tema Brexit -que la UE se sacaría de encima con gusto- irá a parar de nuevo a la mesa de negociaciones.

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Si la Cámara Baja obliga realmente a Boris Johnson a una prolongación del plazo del Brexit para realizar un nuevo referéndum, los jefes de Estado y de Gobierno tendrán que volver a decidir. Pero es casi impensable que rechacen el pedido, a pesar del “no” al aplazamiento por parte del jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, que ocupó los titulares de los medios británicos.

La disputa por el Brexit no ha terminado

Entre las muchas falsas promesas del Brexit está aquella de que, con la salida de Reino de la UE, todo termina. Muchos británicos esperan que esto termine de una vez por todas, pero esa es una conclusión errónea, ya que, por el contrario, con la salida, realmente todo recién comienza. El tiempo de transición, que costó tanto negociar, solo dura un año. Si el gobierno de Londres no la prolonga, después de ese año empieza un tiempo de incertidumbre, ya que se deben negociar todos los aspectos de las futuras relaciones entre Gran Bretaña y la Unión Europea, y eso va desde el tráfico aéreo, pasando por las licencias para camiones, hasta la cooperación en el área científica o de seguridad.

Es decir, que es una paz falsa la que se le quiere vender a los británicos. Sobre todo las negociaciones acerca del tratado de libre comercio, a través del cual Boris Johnson aspira a que la integración sea lo más reducida posible, pueden ser muy amargas. La UE demostró que no regala nada. Pero los británicos tienen que decidir en las urnas si se imaginan o no ser en el futuro la “Singapur del Támesis”, aceptando el desmontaje de los mecanismos de protección y un mercado financiero desregulado. La cuestión es si quieren un modelo económico y de vida netamente neoliberal-anglosajón, o un modelo europeo. Todavía tienen la oportunidad de negarse a participar en la carrera hacia el abismo que lidera Boris Johnson.

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