Por Bárbara Wesel

Londres (DW).- Los ánimos se caldearon en el Parlamento británico este martes. El primer ministro, Boris Johnson, recibió dos o tres cucharadas de la misma medicina que él mismo solía ofrecerle a su predecesora, Theresa May, cuando él no era más que un diputado secundario. Johnson tuvo que enfrentarse a opositores de su propio partido, políticos cuya capacidad argumentativa es muy superior a la suya en gracia e inteligencia. Y esos careos evidenciaron que su elocuencia y su encanto superficial no están a la altura de los verdaderos debates políticos. A Johnson se le empezó a caer la máscara. Sus adversarios le propinaron un duro golpe al allanar el terreno para una ley que impide un Brexit duro.

La simbólica pérdida de la mayoría

Por si fuera poco, Johnson fue sorprendido por la pérdida simbólica de su mayoría cuando el diputado conservador Phillip Lee se levantó silenciosamente durante el discurso del primer ministro en el Parlamento, y caminó hacia la bancada de los liberales para tomar asiento entre ellos. No hay una manera más clara y sobria de demostrarle su desprecio a un partido y a un jefe de gobierno que esa.

Los ciudadanos británicos llevan varios años ante el dilema del Brexit. Foto: Stux/Pixabay

También el comunicado de despedida de Lee fue como una bofetada para Johnson. En el texto se hablaba de mentiras, de acoso y de irresponsabilidad; se alegaba que el Ejecutivo de Johnson erosionaba las bases de la democracia y la cohesión de Gran Bretaña con su agresiva estrategia a favor de un Brexit desordenado. Lee le dio la espalda voluntariamente al Partido Conservador antes de que Johnson pudiera amenazarlo con expulsarlo de sus filas, como lo hizo previamente con otros tories rebeldes.

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Ese gesto impactante demuestra la inestabilidad de los pilares que sostienen al Gobierno de Johnson. De hecho, desde hace días se sabe que hay unos veinte diputados conservadores que rechazan el curso tomado por el Ejecutivo hacia un Brexit no negociado en nombre de la pureza ideológica de los tories más derechistas; son éstos los que desean cortar todos los lazos que Gran Bretaña pueda tener con la Unión Europea.

La gran estafa

La clase política siempre ha tendido a torcer las reglas y a usar trucos, pero ella no debe tocar la idea compartida que se tiene de la democracia. Boris Johnson parece tener otra cosa en mente: él es un destructor del sistema y pertenece, al mismo tiempo, a la liga de los nuevos irresponsables de la Política. A él no le importa que, tras un Brexit intransigente, desaparezcan los últimos puestos de trabajo en la industria del acero de Gales o quiebren los fabricantes de automóviles británicos.

Su visión de Gran Bretaña es la de los tahúres de los mercados financieros que apoyan el Brexit duro: una Gran Bretaña con poco Estado, pocos impuestos y pocas regulaciones; una suerte de Estado pirata internacional, lo más libre posible de alianzas y de los compromisos que impone la convivencia global.

¿Creíble? ¡Para nada!

Para alcanzar esa meta, Johnson engaña a sus conciudadanos y al Parlamento británico desde la mañana hasta la noche. Por ejemplo, él afirma que las posibilidades de un acuerdo con la Unión Europea han aumentado.

En realidad, lo que se oye decir en Bruselas es que ni siquiera se ha empezado a negociar seriamente. Johnson asegura que tener nuevas propuestas para resolver el problema de la frontera de Gran Bretaña con Irlanda.

Pero en Dublín lo que se dice es que Johnson quiere relajar los compromisos del pacto del Acuerdo de Viernes Santo. Johnson se presenta convencido de que la Unión Europea terminará cediendo si él la amenaza creíblemente con un Brexit desordenado. Eso es un disparate porque el bloque comunitario ya da por sentado que el Brexit duro vendrá y no está en capacidad de hacer las concesiones a las que Johnson aspira.

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En otras palabras, el edificio de la presunta estrategia de negociación de Johnson no es ni siquiera un castillo de naipes, sino uno de mentiras. Reportes internos de su Gobierno confirman esa impresión. Los británicos tienen a un primer ministro que quiere estafarlos de cara a la decisión política más importante de las últimas décadas y que obliga a los parlamentarios a irse de vacaciones para que éstos no le ofrezcan resistencia. No obstante, los diputados le han permitido saborear su primera derrota y ahora buscan atarlo de manos. Todavía es temprano para saber si lo lograrán, porque el primer ministro ya está evaluando qué truco usar para posponer la fecha del Brexit.

¿Qué tan listos son los opositores de Johnson?

Sin apoyo mayoritario, el primer ministro no puede evitar que se celebren comicios. Pero si se llama a elecciones, Johnson aprovechará la campaña y aplicará, a escala nacional, su facultad para manipular la verdad sin escrúpulo alguno. Está por verse si sus compatriotas le creen sus historias. Eso dependerá, hasta cierto punto, de lo cohesionados que se presenten sus opositores y de la inteligencia con que éstos obren para sacar del poder al gran embaucador del Brexit.

 

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