Bruno Newman: el coleccionista del objeto

Foto: Julio César Hernández.

Cuatro artículos de tocador de inicio del siglo XX que adquirió en el mercado de La Lagunilla por 15 pesos, detonaron en Bruno Newman la idea de coleccionar tantas cosas como fuesen posibles. Hoy tiene cerca de 100,000 piezas y es el fundador del Museo del Objeto del Objeto.

 

Por Daniel Escoto

 

Bruno Newman es un emprendedor tenaz cuya curiosidad se desborda sobre diferentes ámbitos: la comunicación estratégica, el mundo editorial, la filantropía, el diseño, el coleccionismo; sus proyectos suelen demostrar una enorme vocación por la sociedad civil. Es conocido su gran amor por la Ciudad de México, mismo que procura manifestar cotidianamente en pequeños gestos.

Newman es quizá más conocido hoy por ser el director de Zimat Consultores y el fundador del MODO –Museo del Objeto del Objeto– ubicado en una residencia del Porfiriato en la colonia Roma. En su amplia y polivalente trayectoria, se cuenta también haber sido presidente de la Asociación Mexicana de Comunicación Organizacional, de SIGNUM y de la Asociación Mexicana de Agencias Profesionales de Relaciones Públicas; asimismo, también es autor del libro El banquete de las banquetas (2008), el cual recopila las fotografías que tomó de las aceras de París, y fundador de La Gunilla, una editorial dedicada al diseño.

A poco tiempo de cumplir los 70 años de vida, Newman reflexiona acerca de los albores de su vida profesional: qué ha mejorado, qué no, y qué sigue igual, desde que cumplió su primer cuarto de siglo.

 

─ ¿Qué pasaba cuando tenía 25 años?

Cuando tenía 25 años transcurría el año de 1969. Recién terminado el conflicto del 68, recién concluidas las Olimpiadas —que fueron muy exitosas—. Yo vivía plácidamente en la colonia Anzures, tenía una hija y estábamos esperando la segunda. Trabajaba en una empresa trasnacional muy grande, de las más grandes del país, donde me encargaba de la parte de Comunicación. Se podía transitar por cualquier parte de la ciudad sin preocupación alguna. El tráfico no era un problema. Recuerdo el Paseo de la Reforma en su esplendor (no original, pero sí tardío). Ahí sí fuimos muy descuidados, y desde el punto de vista de la planeación urbana, cometimos grandísimos pecados. La ciudad, sí, se fue transformando, y siento que fuimos, sobre todo la autoridad, poco cuidadosos en una planeación que la hiciera más armónica y menos sujeta al… ¿cómo podríamos llamarle? …apetito feroz de los desarrollos inmobiliarios.

 

─ ¿Cómo era Bruno Newman el coleccionista en ese entonces?

Yo coleccioné siempre, desde chico, estampillas, monedas, piedras y alguna otra cosa que no recuerdo, pero nada importante, durante los años de la primaria y la secundaria. Ésos son los antecedentes de mí afán de coleccionista. Mi colección de temas que tienen que ver con mi quehacer —que es la Comunicación, el Diseño, la Mercadotecnia, etcétera— comenzó de manera muy casual. En La Lagunilla encontré un día tres o cuatro objetos, todos de la misma marca, hechos en 1906, de marca Pompeii: un perfumero, un polvo, una loción y algo más, bellísimos, de diseño muy bonito, de distintas formas. Pregunté, los compré: costaban 15 pesos el conjunto de cuatro objetos. Llegué y los puse en el centro de la mesa de la casa. Cuando vi que además llamaban la atención a otras personas, empecé a comprar más. Luego puse unas repisas.

Luego nos cambiamos de casa y dejé un cuartito; instalamos unas vigas y ahí puse mis objetos. Luego ya no cabían y entonces yo venía a la oficina y ponía unas vitrinas. Y así fue creciendo y creciendo en cosas que tenían que ver conmigo. Yo hubiera querido ser diseñador, hubiera querido ser arquitecto, y sabía que no tenía los talentos… pero, ¿por qué no tener cosas bonitas, diseñadas por otros? Entonces, ahí surge esta colección que tiene que ver, insisto, con mi quehacer, y se desarrolla durante muchos años, en todos los viajes; a todos los lugares a los que voy, siempre busco ir a la casa de antigüedades, a los mercados de pulgas, a los bazares… y fue hace ocho o nueve años que una amiga, María Alós, que había trabajado en la biblioteca de Nueva York, me dijo: “¿Por qué no empezamos a clasificarlos, Bruno, para que otras gentes las disfruten?” Me pareció que tenía mucho sentido aquello… Y desde entonces, hasta el día de hoy, hay un grupo, todos los días, clasificando, sacando fotografías, sacando una ficha de cada objeto… Ya andamos cerca de los 100,000, por ahora.

 

─ Con respecto al campo profesional en el México de finales de la década de 1970…

Estudié una carrera nueva, estudié Comunicación. Cuando yo salí de la universidad éramos 50 comunicadores en México con título profesional. Una carrera pesada, fuerte, divertida, de mucha exigencia en cuanto a la variedad de temas que tratábamos. Desde joven ya ejercía cierto nivel de liderazgo: estaba en la Sociedad de Alumnos, participaba en el periódico nuevo que hicimos para la universidad como estudiantes, llegué a ser presidente del Instituto de Labor Social Universitaria… Es decir, yo estaba activo y esas líneas siguen siendo hoy mis líneas personales de vida, porque he sido lo mismo, pero cada vez más lo he hecho de distintas formas. Aquellas colecciones son ahora el Museo Modo, y aquel gusto por la Comunicación hoy es Zimat, y aquello que era labor social universitaria se ralaciona con mi labor como presidente de IBBY México/A Leer, una asociación que promueve la lectura entre niños y jóvenes de este país.

 

─ ¿Qué envidia de los jóvenes mexicanos que hoy cumplen 25 años en México?

Envidiaría la libertad. La libertad actual me parece deliciosa. ¿En qué parece que estábamos nosotros mejor? Estábamos mejor formados académicamente.

 

─ ¿Cómo disfruta de la Ciudad de México, a más de 40 años de aquellos 25?

Sobre La Lagunilla: déjame decirte que ya no voy, porque ya no me gusta. Pero era religión para mí. ¡Olvídate, qué ir a misa…! Muchos años después se puso violenta. Yo no soy muy paranoico; entonces de repente me salgo a caminar y a pasear y me encanta, y me cuelgo la cámara y me gusta mucho. Siempre estoy descubriendo cosas nuevas. Ahora ando a la caza de fotografiar números 70, porque cumplo 70 años el año que entra; entonces tengo que buscar 70 fotos bonitas de “70”, y así sigo… entonces eso me lleva a todos lados. No me meto a cualquier lugar de la ciudad, pero sí me pongo los pants, dejo el reloj en la casa, y me voy a ver qué encuentro, con esta actitud de los franceses del flâneur, del paseante. No sé a dónde voy: simplemente voy a pasear.

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