La ceremonia de apertura del 72 festival de Cannes abrió con una imagen provocadora pero enternecedora: la silla de la cineasta francesa Agnés Vardá, quien engalana el cartel oficial de esta edición y que falleció hace apenas unos meses, dejando un profundo hueco en la cinefilia contemporánea, tan necesitada de voces femeninas que tengan acceso al megáfono y la cámara.

Explorando el horror que representa para un cineasta “una sala vacía” y la importancia de que existan las audiencias para que el cine también pueda existir, el Festival de Cannes hizo homenaje también al legendario músico Michel Legrand en la voz de la cantante Angéle, quién interpretó Sans Toi de la película Cleo de 5 a 7 (1962) de Varda. La melancolía en la voz de la joven cantante gala dio paso la presentación oficial del Jurado, que este año esta encabezado por el celebrado cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu.

Después de un montaje en el que se hizo una minuciosa selección de los momentos más representativos de su filmografía que va de Amores perros (2000) a El renacido (2015), Iñárritu, en español, reafirmó que no viene a “juzgar” películas, sino a “impregnarse” de ellas, algo que sin duda refleja lo que buscará de las películas de la selección oficial: contundencia.

Al finalizar la ceremonia dio inicio la proyección de la película inaugural The Dead don’t die del cineasta estadunidense Jim Jarmusch y estelarizada por Adam Driver, Tilda Swinton, Bill Murray, Chloe Sevigny, Selena Gomez, Steve Buscemi así como de los icónicos cantantes Iggy Pop y Tom Waits que juntos crean una muy peculiar película de zombies que contiene todos los elementos que ya han visto en otras producciones similares, pero difícilmente con este ritmo y con una propuesta arriesgada que difícilmente puede descartarse a primera vista.

En la película, el mundo ha comenzado a revertir el sentido de su rotación a causa del intenso deshielo y erosión de los polos, por lo que, entre otros cambios, los muertos regresan a la vida para convertirse precisamente en voraces zombies ante las reacciones, casi calculadas, de los habitantes de Centerville, un pueblo estadunidenseque de tan típico, uno podría asumir fácilmente su filiación trumpista.

Aunque existe un sútil comentario político, la intención de la película se dirige más a comentar, con seco humor y dosis generosas de violencia, nuestros hábitos de consumo y la forma en la que hemos dejado de ver el mundo en función de verdad mentira, sino ahora de lo que quiero o no quiero creer. Una película más reflexiva de lo que aparenta, que usa las convenciones del género no para reinventarlas, sino para recalcarlas. Matar al muerto y dejarle su silla, aunque se quede vacía.

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