Los mapas del transporte público y vialidades de las ciudades siempre recuerdan al sistema sanguíneo de un cuerpo humano. Los sistemas como el transporte entran en esquemas de movilidad y eso nutre a las ciudades con crecimiento, desarrollo, cultura, placer. Ese mismo sistema puede colapsar y generar diferentes conflictos como contaminación atmosférica grave, tránsito detenido o bloqueado y otros problemas de salud física que vienen asociados con la inseguridad.

En la Ciudad de México contamos con una variedad increíble de opciones para transportarnos, pero todas ellas dependen de zonas, los horarios y del estado del tiempo (lluvia, viento con polvo, etc.). El transporte privado es, sin duda alguna, el preferido por comodidad y seguridad, pero genera que nuestra media de calidad del aire sea mala a muy mala internacionalmente. El transporte público es más eficiente porque lleva a más pasajeros con menos emisiones, pero lamentablemente incrementa la probabilidad de inseguridad.

Entre los principales ejemplos tenemos a nuestro amado (y a veces odiado) sistema de transporte colectivo Metro, en el que en los primeros cuatro meses de 2019 se reportaron 1,378 asaltos (430% más que el mismo periodo de 2018). Están los taxis sobre los que se reportaron 155 robos (203% más que el mismo periodo el año previo), o el fallido microbús (con 469 carpetas en el primer cuatrimestre del 2019 vs 205 del mismo periodo en 2018).

Lamentablemente también han aumentado los asaltos a transeúntes. Además de este tema de seguridad, también nos afrontamos a la inseguridad al transitar, aquí me refiero a atropellos a peatones, accidentes con ciclistas y nuevos tipos de transporte con usuarios que no saben leer (scooters).  Estamos viendo la introducción de nuevas herramientas para movernos ese último kilómetro, o menos, entre la parada del camión y nuestro destino final. Claro que esto pasa cuando en realidad el transporte público hace parada en donde deben y no cerrando avenidas como lo suelen hacer sobre Taxqueña o las entradas a Periférico con policías admirando el caos vial.

Si bien hay que empezar por todos lados, es mejor invertir más en ciertas partes que en otras. Si bien sigo aplaudiendo el trabajo de @pedestre y algunas decisiones de @andreslajous, en especial, por potencializar la adopción de transporte público eléctrico o electrificado, es claro que apremia la decisión de eficientar el sector de seguridad y educación para estar seguros. Cada vez que alguien toma un scooter tiene que estar consciente que va a ir hasta más rápido que un ciclista, con mayor probabilidad de accidente que en una bicicleta y también mayor probabilidad de llevarse a alguien si va sobre la banqueta.

En Estados Unidos el CDC (Centro de Control de Enfermedades) publicó cifras de un estudio que llevó a cabo en Austin con preocupantes reportes de accidentes con lesión craneal durante el primer uso de scooters.  También vemos que ya se cobran impuestos a los prestadores de servicios a aplicaciones y usuarios de aplicaciones de reparto de productos, pero ya van dos veces que me cancelan por accidente. El tema de la seguridad va desde reducir asaltos a reducir lesiones.

Finalmente, siempre está el tema de la calidad del aire. Tenemos una de las ciudades más medidas del mundo, pero no se han terminado de implementar políticas adecuadas. ¿Cómo convences a los ni tan fifís de dejar su auto particular para utilizar el transporte público si en 2018 se registraron tres mil 192 robos con violencia a pasajeros del transporte público y a conductores de vehículos particulares en nueve cruceros “focos rojos” de la ciudad? ¿Quién pondría en riesgo a sus hijos o familia si puede evitarlo, aunque sea incrementando sus costos de gasolina y su huella de carbono?

Contingencias extraordinarias por incendios inesperados, lo entiendo, pero ese es tan solo el extra sobre nuestro nivel medio alto de emisiones regulares en la ciudad. Como sociedad civil tenemos que pensar en más alternativas. Los vehículos autónomos, los posibles vehículos voladores y en especial. los vehículos eléctricos están en camino, pero algo los detiene. Tristemente la adopción de esta tecnología en ciudades como las nuestras depende del costo de adquisición, no del costo total de propiedad, que es más bajo en los eléctricos, y no hay muestras de que el gobierno busque impulsar su adopción, aunque sí vemos más interés en regular su operación comercial.

 

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