Desde el miércoles de la semana pasada, se comenzó a recibir noticia de la falta de combustible en algunas gasolineras del país. Ya había pasado en Michoacán y ahora se reportaba desde Tamaulipas hasta Guanajuato, pasando por Querétaro, el Estado de México y otras entidades vecinas. Para el domingo, esta situación se había generalizado y aún el lunes y martes se reportaban filas largas de automóviles esperando en diversas gasolineras, mientras que otras simplemente habían cerrado ante la inseguridad de poder abastecer la demanda. A inicios de semana ya se hablaba de desabasto en algunas estaciones en la Ciudad de México.

Esta es la primer crisis de gran escala de la administración de Andrés Manuel López Obrador, misma que no ha podido resolver el problema de comunicación que otras crisis menores habían evidenciado, porque la estrategia de comunicación que el mismo presidente ha planteado, ubicándose como el único espacio de sabiduría y capacidad de respuesta, a partir de sus conferencias matutinas, así como las entrevistas cotidianas durante el día, lo que resta capacidad técnica a las explicaciones, así como responsabilidad a las o los funcionarios involucrados.

Las crisis de gobierno surgen de manera espontánea ante condiciones que parecen, en la base, manejables, pero que debido a la falta de una estrategia que asuma riesgos de comunicación, cualquier error o falta de información puede hacerla escalar a niveles insospechados, más aún cuando la causa de dicha crisis, se mantenga constante y de difícil reparación.

Así, hemos visto varias crisis que, si bien no han sido ocasionadas por “el gobierno” como tal, si han terminado con la credibilidad de una administración de tajo, como la de “comes y te vas”, la tragedia de la mina Pasta de Conchos, el incendio de la guardería en Sonora, así como el caso de Ayotzinapa. Ahora, estamos viendo una donde la administración aquí si parece ser responsable, pues hasta muy tarde se conocieron las razones y que en algunos estados se han reportado ya confrontaciones sociales por la obtención de gasolina.

En este caso, desafortunadamente se reactivaron condiciones políticas y sociales que son resultado de la falta de una estrategia clara para comunicar, más allá de la intención presidencial, una acción de gobierno. Únicamente hasta el domingo, hubo una respuesta a la pregunta de qué ocurría con la gasolina, coincidentemente en estados gobernados por partidos distintos a los del presidente, aunque esa respuesta provino de Pemex, empresa que no es responsable del abasto de gasolina, pues lo es la Secretaría de Energía, en el contexto de sus atribuciones, mientras que la misma secretaria, o algún funcionario o funcionaria del sector, no hizo ningún comentario sobre el tema. Incluso, varios gobernadores prefirieron mantener bajo perfil, aunque algunos tuvieron que llenar el vacío de información del gobierno federal.

Si el objeto era acabar con el huachicoleo y la corrupción, se aproximó mal el problema, pues en lugar de utilizar la inteligencia policiaca para abordar a las bandas dedicadas al tema, se decidió suspender el suministro de gasolina por ductos y hacerlo con pipas, dando énfasis al viejo problema de la corrupción en la contratación del servicio a empresas controladas por aquellos a quienes el mismo presidente ha llamado corruptos en varias ocasiones. Más allá de eso, es como evitar que haya dinero circulando para que no se lo roben, por lo que la estrategia debió abordar o prever otras problemáticas más complejas. Pero, además, reavivó la venta de huachicol, incluso en espacios vigilados y a precios más caros que del mismo precio oficial en las gasolineras.

Aunque el desabasto sigue, no se ha planteado una solución pronta al problema, diciendo solo que se ha ahorrado dinero en la distribución, aunque el costo de oportunidad que se ha trasladado a la economía de las regiones afectadas no está contabilizado en las cifras de la administración. Si bien la luna de miel con el presidente aún sigue, son precisamente estas crisis sin responsables concretos, las que pueden minar de manera significativa, en el mediano plazo, la aceptación obtenida por el presidente en las urnas.

 

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