La desaceleración que observamos desde los prolegómenos de la elección presidencial de 2018 ha levantado nuevamente las alarmas sobre el ritmo de crecimiento de la economía. Si bien el ritmo de crecimiento en años anteriores era materia de reclamo político, pues resultaba insuficiente respecto al potencial y necesidades, lo cierto es que lo que se espera para este año es todavía menor.

Explicaciones respecto al bajo crecimiento económico hay muchas, válidas, apropiadas y complementarias. Respecto a lo que ocurrió antes es claro que la falta de inversión -tanto pública como privada- ha sido determinante en una baja acumulación de capital físico y capacidad productiva. Al mismo tiempo se ha observado un bajo crecimiento de la productividad agregada de la economía, nos falta usar mejor el capital, el trabajo y la tecnología. Ahora tenemos un agravamiento de la falta de inversión por decisiones asociadas a cambios en la forma de conducción macroeconómica y de las políticas públicas, aunado a cambio en el papel del gobierno en el crecimiento económico, así como a políticas de austeridad que le han quitado a la economía parte de la inercia de crecimiento que ya teníamos.

El crecimiento económico implica tomar decisiones y actuar en consecuencia. En este sentido lo que podemos observar, en un plano del ser ontológico, es que individual y culturalmente somos bastante lentos para tomar decisiones. Y dado que el crecimiento económico se mide precisamente en una unidad de tiempo, año, trimestre o mes, pues lo que no hagamos hoy será reflejado en otro momento y reflejará menor crecimiento. Hay más tiempo que vida.

En un estudio realizado sobre el ritmo de vida entre 31 países, México quedó clasificado en último lugar. Un país donde la gente se toma las cosas con mucha calma y tranquilidad: camina despacio, la comunicación es lenta y cada uno trae su propia hora en el reloj. Y eso que entre los países estudiados hubo algunos con niveles de ingreso comparables y menores, de nuestra propia región y con niveles de desarrollo humano similares e incluso menores. Así que ni a que cargarle el muertito.

Sin duda, la lentitud en el proceso de decisiones ya sea en el sector público o privado es algo que todos hemos experimentado. En México cuando decimos que algo se está estudiando, analizando o evaluando, o que en un futuro se hará, sabemos que es casi seguro que no se llevará a cabo. El proceso de toma de decisiones es extremadamente lento por centralización, porque se evita correr riesgos, por miedo al error, o por una cultura que premia la lealtad y el éxito inmediato, sobre el aprendizaje y éxito en el largo plazo. E incluso, la comodidad, juega un papel. Más aún, nuestro proceso mismo de negociación -muy cultural y sui generis- es largo y sólo es acelerado por el cambio en la luz del semáforo cuando el vendedor “nos lo deja” a la décima parte del precio original. Nos mueve la urgencia, no la ambición.

La buena noticia es que las formas de ser son intercambiables, hoy podemos ser de una forma diferente a como fuimos ayer y depende de nosotros. En estos tiempos de bajo crecimiento bien valdría hacer la reflexión y tomar acción en esas áreas en las que podemos poner liderazgo para contribuir a un mayor crecimiento con base en ambición. Al final, somos las personas la causa del crecimiento. El tiempo apremia y el crecimiento espera.

 

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