En una economía de mercado, la escasez crea pánico e incertidumbre; de la mano, el alza en los precios inicia la espiral de desajustes macroeconómicos. La preocupación se vuelve molestia y la molestia, crisis.

En ese mismo esquema, el incremento en la demanda sin la oferta recíproca trae de manera natural, desabasto.

La actual situación que se vive en México con la distribución de los combustibles nos remonta a escenarios radicales alrededor del mundo; evoca referentes negativos y prenden focos rojos de alerta ante la posibilidad de que la cuesta de enero vaticine la adversidad para el crecimiento económico en este 2019.

A pesar de que Petróleos Mexicanos reitere que no hay desabasto y que el problema es la distribución, las escenas que se ven en las gasolineras ponen en tela de juicio esta afirmación; llegan incluso a generar cuestionamientos sobre las afirmaciones hechas por el presidente López Obrador quien asegura en sus conferencias mañaneras, que erradicar el huiachicoleo es erradicar la corrupción arraigada en la industria petroquímica y que el problema no es el desabasto sino la distribución; no se pone en duda la voluntad del gobierno actual para lograrlo, se cuestiona el análisis de impacto realizado previo toma de decisiones.

El hecho de que la secretaria de Energía, Rocío Nahle, reconozca la deficiencia logística en el nuevo esquema de distribución de la gasolina; preocupa. El actual gobierno, en todos sus frentes debe planear y analizar antes de decidir. El entorno político será aún más complejo si continúan tomándose decisiones de alto impacto sin considerar escenarios futuros.

Las malas prácticas de gobierno, la corrupción, la desigualdad y la falta de crecimiento que durante décadas han lastimado a México fueron el detonador de la importante transición política ocurrida en 2018. Y ese ambiente social, económico y político complejo es el que ha reducido el nivel de tolerancia y ha aumentado las expectativas sobre el desempeño de los nuevos gobiernos (en sus tres órdenes).

Ante los complejos escenarios vividos en los últimos días en importantes ciudades del país, las compras de pánico son más que una reacción motivada por la inercia del mercado; reflejan, la falta de confianza y certidumbre en el nuevo gobierno. Los efectos multisectoriales del desabasto de gasolina en nuestro país, permea todos los niveles y actividades económicas.

Los combustibles son fundamentales para el desarrollo económico del país y a pesar de que la retórica oficial insista en reafirmar que todo está bien, la realidad es que ya no es una cuestión de percepción sino de evidente desajuste.

A este punto, las disculpas ofrecidas por la secretaria Nahle, no alcanzan a devolver la confianza y certidumbre. Es evidente que la culpa no es del ciudadano por abarrotar las pocas gasolineras con combustible disponible, también es evidente que el tema no es político sino de planeación y es aún más evidente que el resguardo hecho por el Ejército a las refinerías es necesario, pero no soluciona en el corto plazo los problemas de distribución ilícita de los combustibles.

Erradicar la corrupción sistémica en México sin lugar a duda debe ser tarea prioritaria, aunque el costo de hacerlo sea alto. La promesa de una transición ofreció a México la promesa de una lucha frontal y absoluta contra la corrupción y las añejas y nocivas prácticas de gobierno.

No obstante, el gobierno está en marcha y no hay lugar para la prueba y el error. El ensayo en la toma de decisiones tiene un costo aún más alto.

Corregir las decisiones tomadas sin la proyección de escenarios futuros, pone en el ambiente la idea de la improvisación y más allá de fortalecer las políticas públicas, crisis como la que se vive hoy en día en el sector energético, debilitan la gobernabilidad y carcomen la confianza.

 

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