El Papa Francisco lidera a la Iglesia Católica en una de sus etapas más complejas. La crisis que se vive en el Vaticano es quizás la más profunda de su historia moderna.

No sólo le ha tocado presenciar los cuestionamientos más duros, ha tenido que encontrar junto con la estructura eclesiástica nuevas formas de acercarse a una población global más distante, más crítica y más reacia a dejar de lado los errores, crímenes y omisiones cometidos por miembros de la Iglesia contra personas altamente vulnerables, en su mayoría menores.

En sus años de pontificado, Jorge Mario Bergoglio, ha tenido que enfrentar un sinnúmero de solicitudes de revisión y consignación de casos de pederastia alrededor del mundo, protagonizados incluso por miembros de la alta jerarquía eclesiástica.

Esta compleja etapa, no sólo ha debilitado la estructura política al interior de la Iglesia, ha dejado también una profunda huella de dolor y decepción en la sociedad que se ha sentido identificada con los casos que han salido a la luz.

Como parte de las acciones comprometidas con las familias de las víctimas y en un intento por apelar a la congruencia, el Papa Francisco protagonizó la cumbre extraordinaria sobre abuso sexual y se ha comprometido a fortalecer la tolerancia cero ante estas aberrantes situaciones.

Por tercera vez en los últimos 10 años (2011, 2014 y 2019) la Iglesia Católica se ha comprometido a desarrollar una serie de leyes, códigos de conducta y normatividad que permita proteger a los menores y, por otro lado, sancionar duramente las desviaciones conductuales de los sacerdotes que incurran en delito.

Más allá de los principios, la ética y la moral al interior de la Institución; definitivamente se debe trabajar en aquellos mecanismos que hasta el día de hoy han sido la puerta de entrada para los depredadores.

La crisis que atraviesa la Iglesia como institución se acentúa con la crisis de fe que ha traído la posmodernidad, las redes sociales y como lo expresa Bauman, “la sociedad líquida”. Los patrones sociales y culturales han llevado a la sociedad a buscar espacios de denuncia, debate y cuestionamiento más abierto y en la era de la posverdad, también se han abierto más oportunidades para la difusión de noticias falsas y la sobrevaloración y sobreexposición de ciertos temas. En este contexto, la cumbre extraordinaria recientemente celebrada en el Vaticano debe tener resultados contundentes y claros.

Si bien no se ha hablado de la expulsión de los miembros del clero que enfrenten acusaciones por abuso sexual, si se ha hecho un pronunciamiento categórico, se ha esbozado una serie de acciones preventivas, de monitoreo y de castigo para evitar el encubrimiento, la impunidad y la comisión recurrente del delito.

Hoy, es importante pedir perdón, reconocer los errores humanos cometidos desde posiciones en las que la ética, la moral y la fe se entrelazan; pero no es suficiente.

La Iglesia como institución requiere de acciones congruentes, contundentes y firmes que erradiquen prácticas que estigmatizan negativamente y ponen en tela de juicio la relevancia de acciones positivas innegables, como lo son programas sociales, de voluntariado y de asistencia humanitaria.

Urge la humanización del sacerdocio, el replanteamiento de nuevos esquemas de preparación, de vida sacerdotal, de orientación vocacional e incluso de higiene mental.

El reto no es sólo el acompañamiento y el monitoreo, el verdadero reto está en que la Iglesia pase de la voluntad a la acción. El Papa Francisco requiere de acciones tajantes de toda la institución para erradicar un vicio sistémico que ha sido negado y hasta tolerado por décadas.

Responsabilidad, rendición de cuentas y transparencia son los pilares de lo que podría ser un cambio profundo al interior de la Iglesia; sin embargo, en el punto más álgido de la crisis, es imprescindible sentar precedente y permitir que se vincule a proceso a los perpetradores de abuso sexual, sin importar su jerarquía o su vínculo con ella.

 

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