Por Anu Madgavkar, Eduardo Bolio y Angela Spatharou*

Los beneficios económicos de reducir las brechas de género son entre seis y ocho veces más altos que la inversión adicional requerida.

A medida que el Día Internacional de la Mujer vuelve a centrar la atención en la persistente desigualdad de género en todo el mundo, México tiene un gran reto, pero al mismo tiempo una gran oportunidad económica en torno a la paridad de género.

Si bien las mujeres mexicanas aún tienen menos oportunidades económicas que los hombres y a su vez enfrentan altos niveles de violencia de género, la evidencia demuestra que las sociedades necesitan que las mujeres sean participantes iguales en el trabajo y en la vida económica de las naciones.

El Índice de Paridad de Género de McKinsey Global Institute (MGI) o Gender Parity Score (GPS) se compone de 15 indicadores económicos y sociales de igualdad de género, y mide la distancia que los países necesitan recorrer para alcanzar la paridad de género.

México tiene una alta desigualdad de género en su GPS con un promedio de 0.62, cifra que nos ubica como el país de mayor desigualdad entre 10 países de América Latina que consideró el estudio. A pesar de que el GPS de México todavía está lejos de países como Yemen (GPS de 0,39) o Arabia Saudita (GPS de 0,42), las mujeres aquí aún están lejos de lograr la igualdad de oportunidades en la sociedad y el mercado laboral.

Los indicadores en los que encontramos la mayor desigualdad son: representación política (actualmente hay aproximadamente una mujer por cada tres hombres en las legislaturas latinoamericanas); protección legal; violencia contra las mujeres; y empoderamiento económico.

En cuanto a la desigualdad de género a nivel laboral, México es extremadamente desigual respecto a la brecha salarial percibida por un trabajo similar y la cantidad de trabajo no remunerado realizado por las mujeres en comparación con los hombres.

La tasa de participación en la fuerza de trabajo de las mujeres mexicanas es de alrededor del 55% de la que representan los hombres, lo cual es significativamente inferior a cerca del 80% que se observa en las economías desarrolladas e incluso por debajo del promedio latinoamericano que se encuentra en 68%.

Esto no sólo es inequitativo en términos sociales, sino que es un desperdicio en términos económicos. Promover la igualdad de las mujeres es positivo para el desarrollo económico de México, que es uno de los países con mayor potencial de crecimiento en el mundo. Esto es particularmente relevante en un contexto de estancamiento del crecimiento económico, disminución de las tasas de natalidad, fin del auge de los commodities, y riesgos de un mayor proteccionismo en los flujos comerciales en la región.

Si México alcanzara los estándares de paridad de género de los países que mejoran más rápidamente en la región, se podrían agregar 0.2 billones de dólares al PIB mexicano para el año 2025, un 11% más de lo que se puede lograr a los ritmos actuales. Si las mujeres mexicanas participaran en la economía de manera idéntica a la de los hombres, el aumento total del PIB podría ser de 0.8 billones de dólares, es decir 43% más del PIB. Esto supone borrar las brechas de género en las tasas de participación en la fuerza laboral, las horas trabajadas y la representación dentro de cada sector económico (lo que afecta a la productividad).

Entonces, ¿cómo se puede acelerar el progreso en materia de paridad de género? La hoja de ruta sugerida por MGI para captar el potencial económico de las mujeres se enfoca en seis indicadores: educación, planificación familiar, mortalidad materna, inclusión financiera, inclusión digital y trabajo no remunerado.

Algunos de ellos están fuertemente correlacionados con la igualdad de género en el trabajo, mientras que otros con el matrimonio infantil y la violencia contra las mujeres.

Para avanzar en estas cuatro áreas se requerirá inversión, MGI estima entre 1.5 y 2.0 billones de dólares adicionales o de 20 a 30% más que la tendencia actual hasta 2025. La inversión en educación desde la primera infancia hasta la universidad representa la mayor parte del gasto adicional necesario.

Esto representa enormes desafíos en la región, tanto a nivel político como económico. Por ejemplo, para abordar las diferencias de género puede ser necesario enfrentarse a barreras culturales y tener una mejor comprensión de las preferencias en la selección de puestos de trabajo. Sin embargo, los beneficios económicos de reducir las brechas de género son entre seis y ocho veces más altos que la inversión adicional requerida.

En un mundo envejecido que es probablemente un mundo de crecimiento más lento, pasar por alto los beneficios económicos de la paridad de género no tiene sentido. Empoderar económicamente a las mujeres es la mejor manera de protegerlas y reforzar su posición en la sociedad.

 

*Anu Madgavkar es socia de McKinsey Global Institute, Eduardo Bolio es socio Senior de McKinsey  & Co. México y Angela Spatharou es socia de McKinsey & Co. México

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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