El sonido de la voz es idéntico al de ella. Suena el teléfono y te asalta entrecortada, llorando, diciendo que se metió en un problema muy grave y que necesita que la ayudes. Inmediatamente después una voz masculina, agresiva te dice que esto es serio, que es un secuestro express y que si quieres volver a ver a la víctima tienes que pagar un dinero. Si, ya sé que suena harto predecible y que parecería imposible que cayera por un momento en el susto del momento, pero es necesario hacer una importante anotación: esa mañana ella se despertó más temprano que de costumbre, preocupada por una reunión de trabajo así que salió dejando un patrón de su paso no común. La luz prendida, ropa tirada, baño desordenado. Con esa sensación presente, un leve desasosiego por la situación en que partió, que me imaginaba tensa, veo las noticias. La primera nota es la de una mujer española que secuestraron y que acababa de aparecer muerta en un canal de desagüe. En ese momento es cuando entra la llamada del supuesto secuestro express. Después del primer susto y entendiendo el fraude -llame a su trabajo por otro teléfono en lo que me ‘hacia la victima’ y hable con ella-, me quede reflexionando sobre la funcionalidad de los medios en los tiempos que estamos viviendo. Dar la nota de una mujer secuestrada que aparece muerta, sin nunca anunciar el seguimiento o conclusión de la misma, no solo abona al stress del público, también abona a la sensación de impunidad de los delincuentes que reciben la información de que no importa lo que hagan, que sea nota nacional, no tienen consecuencias. No son castigados por ningún delito. Entonces, ¿qué sentido tiene difundir una información alarmante?

En la década de los 90 la media convencional en México inició un descenso en contenidos de la mano de los intereses de la política en acción. Atacada la media por negociaciones publicitarias cada vez más complejas y exigentes de contenidos de calidad e innovadores en el área de entretenimiento, encontró una ruta de fácil y rápida retribución: solo era cosa de crear un espacio informativo y el presupuesto público, político, gubernamental, comenzaría a fluir. Así, entre 1995 y 2016 nos hemos visto cada vez más inundados de programas de comentario, noticiarios, programas de análisis, de debate, mesas redondas, etc., en radio y tv, que representan el mayor ingreso financiero de los corporativos de comunicación irónicamente contribuyendo con esta acción a un control gubernamental de la información como nunca antes, y, por otro lado, a una decadencia total en los contenidos de entretenimiento, función complementaria necesaria de la mass media.

Las reiteradas crisis económicas nacionales e internacionales que presionan los presupuestos publicitarios en busca de mejores y creíbles inversiones, solo han hecho cada vez más estrecha la colaboración entre medios y presupuestos públicos, lo mismo que las crisis políticas que han encontrado en la media el terreno para el combate faccioso, así como la herramienta para denostar, atacar, amenazar a contrincantes o enemigos del sistema, y distribuir propaganda disfrazada de información.

Pero el desgaste en credibilidad al abusar de un solo formato, alcanzo a la media que, sin inversión en talento y contenidos de entretenimiento en 20 años, se encontró en una profunda crisis de contenidos en general, incrementada por el surgimiento de nuevas tecnologías de entretenimiento que han penetrado el mercado agresivamente –como Netflix, Roku, Radio por Internet-, exponiendo la vulnerabilidad de la media que, al no armonizar todos sus contenidos en un sentido creativo y expansivo, ha perdido credibilidad en la excesiva exposición de contenidos informativos y politicos tendenciosos, de los que ha perdido el control debido al compromiso que significa el ingreso por ese medio para garantizar su supervivencia.

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Claramente llegando tarde a la competencia por la atención del gran público, radio y tv en México cada año pierden más sus ingresos publicitarios y los números de audiencia y share, todos, los presupuestos publicitarios y la audiencia, emigrando a Internet en donde se está dando la nueva batalla del siglo XXI por la atención, información y entretenimiento, con una total libertad del usuario de poder evitar informaciones estresantes sin sentido que, sin ninguna reflexión del momento por parte de los corporativos de la media convencional, siguen transmitiéndose, incluso, sin un solo sentido de responsabilidad social.

 

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