Al pensar en innovación, tendemos dejar que nuestra fantasía vuele hasta la Bahía de San Francisco y creemos que lo que sucede alrededor del Silicon Valley se convierte en el germen detonador de lo nuevo en el mundo. Efectivamente, ahí se pergeñan grandes transformaciones que tarde o temprano modificaran las formas en que entendemos e interactuamos con el mundo. Sin embargo, no tenemos que ir lejos para entender que innovar es introducir algo en el mercado que no existía antes, pero también es encontrar soluciones prácticas a nuestros problemas cotidianos. Es decir, podemos innovar aquí y ahora, sin necesidad de abandonar el día a día. Por supuesto, lograr que nuestro equipo de trabajo resuelva el acertijo, es lo que muchos líderes buscan con el afán de Diógenes.

El problema al que nos enfrentamos tiene dos vertientes peligrosas: dejamos de innovar porque tenemos miedo de equivocarnos y nos olvidamos de innovar porque estamos muy cómodos en el lugar que ocupamos. La realidad es que matamos la chisma de la innovación porque nos han hecho creer que se trata de hechos grandilocuentes que implica una serie de sucesos sin precedentes. Así, esta mala concepción se nos pega como una ventosa viscosa al cerebro que nos lleva a una actitud contagiosa de parálisis. Si no estoy destinado a hacer algo enorme, entonces, ni me muevo.

Recientemente, estuve entre un grupo que tomó conmigo la clase de Emprendimiento. La idea de la grandilocuencia estaba tan arraigada en su mente que le llevaba a desestimar buenos proyectos. Al hablar con ellos sobre el proceso que lleva un proyecto para emprender, se sentían sumamente confundidos, puedo decir que hasta desilusionados. Les costaba mucho trabajo entender que las innovaciones llegan de lugares donde generalmente no se esperan: espacios humildes, pequeños que detonan un cambio, una mejora.

Pareciera que lo obvio, lo que tenemos frente a nuestra nariz, se convierte en una especie de lunar en la nuca que no podemos ver. Despreciamos la posibilidad de que algo nimio pueda transformarse en algo que encienda un proceso innovador. Claro, es difícil entender que no se necesita ser un genio para innovar, lo que se requiere es poner atención. Eso es lo realmente complicado. Vivimos un mundo de espejos, en los que nos entretenemos con reflejos que no muestran la realidad. Nos encandilamos con ideas que nos distraen y en vez de fijarnos en los detalles del camino, miramos al punto inalcanzable. Desde luego, da miedo no poder llegar o da flojera si quiera intentarlo.

No obstante, cuando nos fijamos en un punto accesible, la posibilidad de logro se vuelve más cercana. Las innovaciones rara vez son golpes de genialidad. Si a Isaac Newton le cayó la manzana en la cabeza y esa serendipia lo llevó a ser el padre de la Física fue porque estuvo abierto a entender lo que ese hecho pequeño, tal vez insignificante, puede representar. Es decir, Newton tuvo dos cosas: atención y humildad. Fue capaz de fijarse lo que el golpe en la cabeza significó y encontró la grandeza de la ley de la gravedad en una pequeñez.

Claro, estamos tan acostumbrados a relacionar la palabra innovación con revolución, con maravilla, con irrupción intempestiva, que creemos que nos encontramos fuera de esas ligas. Lo cierto es que podemos innovar en temas de comercialización, de procedimientos, de organización. Innovar no se circunscribe a introducir productos únicos e irrepetibles. También se trata de mejorar algo que ya existe o de ver nuevas posibilidades de uso para algo que ya está ahí.

Podemos innovar al combinar nuevos elementos, al atrevernos a buscar rutas distintas, al dejar lo que conocemos. Pero, es importante entender que la innovación no llega por sorpresa: es necesario propiciarla. Contrariamente a lo que pudiéramos imaginar: los procesos de innovación no llegan solos productos de una inspiración furtiva. Podemos provocarlos.

Hay ejercicios corporativos que son sencillos y relativamente útiles. Invitar a los hijos de quienes trabajan con nosotros y explicarles lo que se hace, nos lleva a recorrer procesos en forma sencilla —tenemos que lograr que los niños entiendan— y eso nos lleva a encadenar la cotidianidad y ver oportunidades.

También, existen talleres de creatividad en los que la gente explora formas distintas de hacer las cosas. Mientras más alejado a lo que hacen todos los días, mejor. Si alguien dice que no es bueno para dibujar, en ese taller lo intentará; si alguno dice que no le gusta leer, probar la lectura le puede iluminar ideas nuevas. Hay, para los directivos, retiros de creatividad en los que aprenden a construir proyectos a partir de pocos elementos: escribir, pintar, esculpir, cocinar. Los procesos innovadores se activan cuando el cerebro se activa al llevar a cabo actividades que no suele hacer.

Las buenas ideas que llevan a la innovación provienen de reunir recursos dispersos para lograr con ellos algo que solucione una necesidad preexistente. ¿Cómo vamos a innovar si estamos tan distraídos que no podemos detectar esa insuficiencia? Las ideas que impulsan la innovación son hijas de la voluntad de quererse mover de la zona de confort y del placer de descubrir en los lugares más insólitos una solución. En otras palabras, vienen de esa curiosidad que nos acompaña desde la infancia y que, por alguna razón, hemos ido inhibiendo en la edad adulta, con el paso de los años.

Claro que, tal como le sucedió a Arquímedes antes de gritar Eureka, necesitamos entender cuáles fueron los pasos que nos llevaron a descubrir la necesidad y entender cómo solucionarla. Poner atención requiere de un método. Cuando tenemos claros los pasos, podemos traducirlos en información que se puede sistematizar. Esto sirve en dos vías: si tenemos éxito, lo podemos replicar tantas veces como sea necesario. Si fracasamos, conocemos los pasos para detectar dónde estuvo el error y arreglarlo.

Un traspié común al tratar de innovar es creer que, si fracasamos, todo lo que se hizo tiene como destino el bote de basura. No es así. Los errores en el método científico representan caminos que no nos llevaron al resultado deseado, por lo que podemos tomar otros. Verificar dónde nos desviamos y evitar ese rumbo. Un fracaso no es el final del camino. Por eso, aquellos que tienen ideas rutilantes que cambian el mundo, entienden que los problemas que se quieren resolver son oportunidades. Los errores se pueden transformar en fortalezas que se pueden aprovechar si sabemos cómo abordarlas.

En fin, las ideas que detonan la innovación están en la forma en que ponemos atención, la voluntad que hay para encontrarlas, la visión para aceptarlas, el método para ponerlas a prueba y las ganas que tengamos de pelear contra el miedo al fracaso y a la comodidad del status quo. Salir de la zona de confort.

 

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