Desde que la Administración se convirtió en una disciplina académica, tanto los estudiosos de las teorías administrativas como los ejecutivos, consultores y los emprendedores nos hemos preguntado cuál es la clave del éxito de un negocio. Pensar en innovación, creatividad, oportunidad, técnica, recursos nos deja con una visión muy limitada. Hay negocios que pegan con tubo sin contar con esos elementos, sin tener una persona preparada al frente, sin un diseño novedoso, en fin, sin que nada nuevo brille en su existencia. Y, sin embargo, tienen clientes que están dispuestos a comprarles una y otra vez. Claro, hay excepciones a la regla.

Lo cierto es que México sigue teniendo un índice de éxito muy bajo en términos de creación de nuevos negocios. Seguimos siendo un país changarrero en el que creemos que el apoyo que debemos dar a las pequeñas y medianas empresas es asistencial, es decir, entregarles dinero y abandonarles a su suerte. Parece que no nos hemos dado cuenta de que el factor de fracaso que más se repite es que quienes se lanzan a la aventura de iniciar un nuevo negocio no los saben administrar.

Lo cierto es que, con la desaparición del Instituto Nacional del Emprendedor, el escenario parece más nublado. Me parece que dar dinero sin seguimiento a los proyectos, sin capacitación, sin acompañamiento, sin acceso a tecnología de punta, el emprendimiento entra en un punto bajo, cuando debiera seguir considerándose como una alternativa seria para todos aquellos que por circunstancias de adelgazamiento de sus instituciones o por cualquier otra, se quedarán sin empleo.

Pero, no todo está perdido. Hay actitudes que pueden ayudar a los emprendedores que estén decididos a iniciar un nuevo negocio. Algunas veces conectar puntos que parecen inconexos nos entregan buenos resultados. Tender puentes entre el mercado y las virtudes puede parecer disparatado y, lo sabemos, los disparates pueden acabar dando estupendos resultados. Hay virtudes que pueden ser elementos constituyentes de un buen desempeño empresarial. Una virtud es una disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza.

No hay ninguna novedad en este postulado, ya se ha hecho con anterioridad. Max Weber señaló que la Revolución Industrial tuvo tanto éxito debido a que estuvo sustentada en cuatro rasgos virtuosos: ahorro, espíritu de trabajo, honestidad y tolerancia. Encuentro muchas razones para creer que Weber estaba en lo correcto.

  • Ahorrar nos lleva a utilizar lo justo, a evitar el desperdicio, a incrementar los márgenes de utilidad y a disminuir el costo de producción. Ahorrar es la virtud que impulsa la productividad y que promueve la reserva de recursos en tiempo de bonanza para cuando llegan las épocas en las que hay austeridad.
  • El espíritu de trabajo se relaciona con una filosofía compartida y una lucha en común. Saber trabajar en equipo requiere de una misión clara, de una visión que se entiende, de una meta conocida y de objetivos que se pueden alcanzar. Es la unión y la correspondencia entre quienes participan en una labor.
  • Honestidad significa hablar con la verdad, ser decente, actuar en forma justa y llevar un comportamiento razonable. Un negocio honesto da lo que promete y no se queda con lo que no le corresponde. La honestidad es la base de la repetición de negocio pues genera confianza; un cliente que confía lo hace porque se siente satisfecho y tendrá el deseo de volver.
  • Tolerancia es la capacidad para resistir y aceptar, se relaciona con la fortaleza que le debemos imprimir a un negocio para aguantar los tiempos de vacas flacas y para aceptar los errores que se cometen así como la capacidad que tenemos para enmendarlos.

Los efectos que podemos encontrar al aplicar estas tendencias virtuosas en los nuevos negocios son de amplio espectro. Tienen bondades de consecuencia inmediata: generan un estilo de trabajo que busca la productividad y la rentabilidad en la forma correcta. Su aplicación puede contribuir en forma definitiva y potente al desarrollo de los negocios desde la etapa de construcción. Además, estas virtudes tienen un atributo maravilloso: son gratuitos. No necesitamos invertir en una licencia de uso, no requerimos un software para operarlo ni un hardware para instalarlo. Tampoco es preciso tener una capacitación costosa para conocerlos.

Estas tendencias virtuosas se oponen a las directrices viciosas que también se pueden dar en los negocios. El desperdicio nos lleva a dos callejones sin salida: o elevamos el precio con el riesgo de quedarnos fuera del mercado o disminuimos el margen de utilidad. Si no trabajamos en equipo, el esfuerzo se diluye y terminamos con resultados muy próximos al rendimiento cero. Sin honestidad, matamos la credibilidad de nuestros clientes y de nuestro equipo de trabajo. Cuando no hay tolerancia, nos frustramos rápidamente, y podemos tomar decisiones que resulten fatales para un proyecto.

La conexión entre las virtudes y la creación de nuevos negocios debiera resultar como una unión lógica, sin embargo, hemos estado tan preocupados por innovar, crear, rentabilizar, aprovechar oportunidades que no nos hemos dado cuenta de que antes de construir los muros, tenemos que tener listos los cimientos. Las virtudes son el basamento de un negocio, encima de ellas podemos elevar los elementos que edifican una empresa o un proyecto de emprendimiento.

Hay veces que estamos buscando, de la misma forma en la que Diógenes recorría las calles sosteniendo su lámpara, las razones por las que nuestros proyectos tienen un factor de éxito tan bajo. Diógenes buscaba hombres virtuosos, ojalá podamos encontrar negocios virtuosos que tengan un buen pronóstico de triunfo.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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