Con su nombre impreso en la boleta y lo que parecía un espíritu renovado por el apoyo de ciertos grupos panistas, Margarita Zavala iniciaba esta semana convencida de que es posible hacer política con valores y con principios. No obstante, el anuncio hecho esta mañana de retirar su candidatura de la contienda electoral en nombre de la congruencia y de la honestidad política cimbra el clima político electoral en nuestro país.

En una democracia, se supone que caben todas las expresiones, pero Margarita ha sido testigo fiel de que en la política (y sobre todo en tiempos electorales) las traiciones vienen de los círculos más cercanos, de aquellos cuyos intereses voraces no reparan en trayectorias, desempeños o preparación.

A Margarita, como a muchas mujeres en México, le ha tocado asumir el costo que tiene ser mujer en un ambiente de hombres, hecho por hombres, pensado por hombres y liderado por hombres.

Ella nunca escondió su intención de contender por la presidencia de la República, incluso en el apoyo que le dio en su momento a Josefina Vázquez Mota se leía su institucionalidad y el respeto a los tiempos. Durante seis años fue cocinando un proyecto político a pesar de las turbulencias al interior de su partido, que derivaría según lo esperaba en el abanderamiento de su candidatura.

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No contaba con que la falta de consenso al interior del partido y el debilitamiento de la figura de su marido, pondrían las condiciones para que Ricardo Anaya la bajara de la forma más arbitraria e impositiva pasando por alto las voces al interior del partido.

Es cierto que las encuestas no le favorecieron a Margarita, que la sombra del amor y lealtad que tiene hacia Felipe Calderón le acompañarán durante toda su vida política; pero también es cierto que su renuncia parece ser más el resultado de la presión política que del resultado de las encuestas.

Una declinación a favor de Anaya no sólo resulta indigna e insultante, con la posibilidad de armar un nuevo proyecto político en el mediano plazo, apoyar al Frente sería un acto de absoluta incongruencia, el punto final a su carrera política (y a su amor propio).

Margarita se ve acorralada, presionada, frustrada. Como se ve una mujer que quiere destacar en un ambiente de hombres, como quien sabe que remar contra la corriente no es la mejor estrategia cuando se trata de una lucha por el poder.

El escenario político no está exento de violencia de género y de discriminación, muestra de ello es el comentario de López Obrador en el Tec de Monterrey, cuando al pedirle que mencionara dos cualidades de sus adversarios, al tocar el turno de Margarita, el señor, dijo que prefería ahorrarse sus comentarios. O, los interminables memes y burlas de las que es objeto por el presunto alcoholismo de Calderón. Cierto es que, en la arena política, el fuego amigo, los golpes bajos, las descalificaciones y el escarnio se han vuelto cosa de todos los días.

Qué tiempo aquel en el que Margaret Thatcher abría brecha en la política británica, reiterando que quien sabe llevar una casa, puede administrar un país. Compartiendo liderazgo con Reagan y Gorbachev, Margaret Thatcher se ganó el mote de La Dama de Hierro.

Ojalá que pronto, en México, el panorama cambie a favor de las mujeres. Sin duda la participación de Margarita Zavala en esta contienda es ya un precedente en la historia política de nuestro país, lo cual es relevante ejemplo de valor y estoica lucha.

 

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