A Iker Bilbao

Frente a los embates que sufren los proyectos globalizadores y los golpes que se asestan a tratados de libre comercio, además de un sentimiento de precaución, hay un franco desencanto frente al emprendimiento. La búsqueda de innovación y creatividad desfallece en un mundo que le atiza duro al pequeño empresario y que, en vez de protegerlo, impulsarlo y protegerlo, le enseña los dientes y no le ofrece garantías para dejarlo crecer y acompañarlo en el camino a la productividad. Las cifras no son halagadoras, el porcentaje de proyectos que elevaron cortina y empezaron a trabajar en enero y seguirán operando en diciembre es muy bajo. El 87.5% de las pequeñas y medianas empresas no llegan cumplir dos años de ejercicio. Así, ¿cómo podemos hablar de las mieles del emprendimiento?

Muchos jóvenes no ven al emprendimiento como una opción viable para el futuro. Prefieren la seguridad del mundo corporativo o la solidez de la burocracia; sienten que son opciones mucho más factibles y sin duda, más fiables. Es verdad, no todos nacimos para ser emprendedores. Para serlo, hay que tener un espíritu aventurero, un gran amor al riesgo, una valentía a prueba de balas y también un tornillo que esté algo flojo. Si no, no hay forma de explicar los motivos por los que alguien haciendo uso de la razón, frente al análisis de las posibilidades, quisiera adentrarse a un territorio cuyas posibilidades de éxito son alrededor del 28%. También hay que haber educado el ojo para detectar oportunidades y para entender las necesidades que el mercado requiere. Sobre todo, hay que saber cómo ofrecer soluciones. Hay quienes, al hablar de emprendimiento, se sienten tan gráciles como cisnes caminando en la playa. Prefieren deslizarse sobre las aguas, se entiende.

Es muy honesto y preferible decir con sensatez que hay terrenos en los que no nos gusta caminar y actividades que sencillamente preferimos evitar. Así, de antemano, evitamos una desilusión, ahorramos una cantidad de pesos y dedicamos el tiempo a actividades de mayor eficiencia. Hay muchas personas que han entrado a las esferas del emprendimiento animadas por razones falsas y motivos equivocados. Quienes piensen que el emprendimiento es el mundo donde no hay jefes ni horarios y uno se convierte en el amo del reloj y ese es el motivo para iniciarse, mejor hagan un alto. Quienes crean que su idea es tan maravillosa que merece una oportunidad y que no han pensado qué solución va a aportar o quiénes pueden ser sus clientes potenciales, mejor deténganse antes de empezar.

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El mundo del emprendimiento no es para personas que tienen baja tolerancia a la frustración ni para aquellos que el desencanto les llega muy pronto. Tampoco es para personas que soportan mal la crítica o para los optimistas que creen que todo les va a salir bien y que se van a volver millonarios a la primera. ¿Hay historias de éxito en las que una idea ha sido suficiente para respaldar un camino dorado de triunfos y utilidades? Seguro que sí, pero no son muchas ni son el común denominador. Para entrar a emprender hay que saber interpretar los números, estar fuerte en métodos para administrar, entender el ciclo del negocio, el flujo de efectivo y saber descifrar la información de los estados financieros. Claro que no es un universo en el que todo el mundo sea bienvenido.

Sin embargo, las pequeñas y medianas empresas han demostrado ser una opción estratégica de desarrollo local para la inserción social y laboral. Estos proyectos tienen un importante papel a desarrollar como entidades creadoras de empleo, generan riqueza, incrementan el tejido empresarial con calidad de empleo y actúan con eficiencia y eficacia como elementos de cohesión social y territorial. Además, las pequeñas y medianas empresas en México forjan alrededor el 72% de los empleos formales de la economía, lo que las lleva a ser el mayor empleador del país. Estos proyectos se constituyen como una plataforma ideal para generar innovaciones propias y el mejor trampolín de talento emprendedor con una serie de ventajas como flexibilidad y creatividad para llevar nuevos productos y servicios.

Lo cierto es que, aunque hay quienes no quieren participar en el banquete del emprendimiento, nadie debiera de desentenderse de esta actividad primordial para la economía. Todos estamos invitados a apoyar al emprendedor. Desde la trinchera corporativa, la mayoría de las grandes empresas del mundo tienen contacto con la actividad de los pequeños y medianos negocios. Sea para que los contraten o que les vendan sus productos. Los modelos de negocios que en México se conocen como changarros son, sin lugar a dudas un punto de venta donde muchos fabricantes hacen más del 50% del total de sus ingresos. Empresas como Unilever, Procter and Gamble, Lala, Bimbo, Nestlé y muchas otras más saben del impacto que tienen estos negocios en la integración de sus ingresos totales.

Pero, a pesar de su relevancia, estos puntos de venta siguen desagregados, sin una representación corporativa real, sin cuidados y protección. Alguna vez tuve la inquietud de saber cuántas tienditas, peluquerías, sastrerías, zapaterías, en fin, cuántos negocios pequeños existen en la República Mexicana y descubrí que nadie tenía una respuesta precisa y contundente. Tampoco existe información precisa sobre cuántos trámites se necesita cumplimentar para iniciar una actividad empresarial. Todo depende de la dependencia a la que se le pregunte, para calibrar la respuesta. Hay lagunas de información muy extensas.

Así, existe mucho que se puede hacer para apoyar al emprendimiento, aunque no se tenga un espíritu emprendedor. Se necesita desarrollar proveedores que apoyen el florecimiento de sus clientes y que los ayuden a crecer. Se requiere de funcionarios que desde su posición de autoridad velen por esos valientes que, a pesar de la adversidad, quieren invertir su dinero y lanzarse a la aventura de hacer realidad un proyecto. Necesitamos organizaciones de la sociedad civil que cuiden el crecimiento de pequeños empresarios. Hacen falta asesores que estén ahí para guiar al empresario por el buen camino y urgen proyectos educativos que desde la academia respalden al emprendedor y lo eduquen en forma asertiva para generar proyectos que satisfagan la demanda del mercado.

Es cierto, en México en particular y en el mundo en general no necesitamos más emprendedores que se lancen al ruedo con la ilusión el alto y ningún otro elemento de respaldo. Si alguien no tiene el gusanito del emprendimiento, es mejor no forzarlo a un mundo en el que las posibilidades de éxito son esquivas. Es preferible, encarar a todos los que con honestidad declaran no sentirse atraídos por esta alternativa. Eso no quiere decir que no debemos sensibilizarlos al tema. El emprendimiento es un asunto que le concierne a todos: a propios y a ajenos. A los que sienten la adrenalina que surge de concretar un negocio y a los que simplemente no se ven ahí. A todos, porque sea que estés de un lado o del otro: siempre hay forma de fomentar el emprendimiento.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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