Hace poco, la BBC dedicaba un espacio para hablar de una investigación de Erica Chenoweth, académica de la Universidad de Harvard, que luego de estudiar los movimientos sociales ocurridos entre 1990 y 2006, encontró que la resistencia civil pacífica tiene dos veces más posibilidades de ser exitosa que las campañas violentas. Además de la no violencia, el número de apoyos parece determinante: cuando se logra más del 3.5% de participación de la gente en una causa, “el éxito parece inevitable”.

Desde las multitudinarias protestas en Hong Kong por una nueva ley de extradición de criminales, hasta las recientes manifestaciones en México frente a la violencia de género, los desafíos para sus promotores y simpatizantes es justamente cómo hacerse visibles, hacerse escuchar y volverse actores de cambio en las causas que persiguen, por vías pacíficas. Algo deseable pero no simple. La protesta social supone un conflicto por definición, pues a fin de cuentas se protesta contra un orden establecido que una colectividad considera injusto, y que no puede ser modificado o corregido desde el ámbito individual de cada persona y por los recursos disponibles desde ahí. Y si el Estado es el monopolio legítimo de la violencia, cualquier violencia ajena resulta ilegítima e ilegal y por tanto hay una tentación permanente para reprimir y criminalizar esas expresiones.

Sirvan los párrafos previos para pensar sobre los hechos ocurridos el pasado viernes en la Ciudad de México, en torno a las manifestaciones de cientos de mujeres que salieron a las calles para exigir justicia para las víctimas de violación. Junto con las marchas de principios de la semana pasada para exigir justicia ante casos de violación, en los que presuntamente estarían involucrados policías, pasando por la reacción de las autoridades de la Ciudad de México, y la cobertura de tales acontecimientos por los medios de comunicación y redes sociales, esta historia incita, por lo menos, a pensar hasta dónde la violencia puede ser un recurso legítimo por parte de la ciudadanía.

Lo que hemos visto en torno a estas manifestaciones es una narrativa que se ha ido desviando de manera lamentable. Los reclamos de resolver la violencia sexual ejercida contra las mujeres parecían no corresponder con las imágenes captadas en videos donde se les muestra con el rostro oculto y pasan de violentadas a violentas. La quema de una estación de policías, la destrucción de una estación de Metrobús y otros actos vandálicos fueron reproducidos de manera viral. La agresión perpetrada por un hombre contra un conocido reportero y transmitida en tiempo real en televisión, se convirtió en pocos minutos en el centro de la atención e hizo pasar del #NiUnaMás al #EllasNoMeRepresentan. De la legítima denuncia se pasó a la brillantina y luego a las agresiones y a actos violentos.

Lo ocurrido en las protestas de la Ciudad de México reflejan la complejidad de la acción colectiva y la facilidad con la que provocadores o infiltrados pueden desviar a la opinión pública de las causas originarias de estas expresiones legítimas y necesarias, en un país donde se empieza a reconocer, a fuerza de protestas y denuncias, que enfrentamos un severo problema de violencia contra las mujeres.

Mientras que la atención mediática parece desviarse de los motivos de estas manifestaciones organizadas por mujeres, la mayoría de ellas jóvenes, que alzan la voz contra una sociedad violenta y que discrimina, persiste cierta dosis de optimismo de que el tema puesto ya en la agenda pública seguirá elevando el costo social de la no respuesta por parte de los gobiernos a este problema.

 

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