Ya sean las estancias infantiles, la Guardia Nacional, el Tren Maya, Santa Lucía, los programas sociales, y demás iniciativas que ha emprendido en estos siete meses el gobierno del presidente López Obrador, han encontrado proporcionalmente la misma resistencia en la oposición que la otrora oposición en cualquiera de los periodos presidenciales anteriores. Pero hoy, existe sin duda un impacto diferente, una resistencia mayor desde el gobierno hacia la crítica, el cuestionamiento y la misma oposición.

Personalmente no entendí la amplia necesidad de celebrar un año del triunfo electoral, ni por qué se emprendió una estrategia mediática enfocada a un informe de gestión contrario al ordenamiento constitucional que indica la presentación de un informe del Ejecutivo al Congreso, el 1 de diciembre de cada año. No obstante, se llevó a cabo la voluntad del presidente aún a pesar de las contradicciones legales que implicó su evento.

El cuestionamiento proviene de los incontables cambios de señal, los desatinos de un gabinete que no ha sido capaz de fortalecer al presidente y que, por el contrario, se ha encargado de decir para luego desdecir.

Nadie dijo que la transición sería fácil, pero en general los mexicanos estábamos dispuestos a asumir el reto, y digo “los mexicanos” sin importar que hubiéramos votado o no por el proyecto de López Obrador, el reto de continuar con los aciertos (porque ciertamente, los hay) y empezar la redirección en los temas necesarios. El problema es que a lo largo de estos meses el país no ha logrado emprender un proyecto de Nación, un proyecto incluyente donde estén representadas todas las voces, todos los intereses y todos los grupos.

A partir del 1 de diciembre de 2018, hemos aprendido a vernos en el servidor público que pierde su trabajo injustificadamente, en la madre jefa de familia angustiada por la desaparición de las estancias infantiles, en los policías federales que alzan la voz ante una incomprensible transición hacia la Guardia Nacional, en los enfermos sin medicamento en los hospitales por recortes presupuestales, en las familias de los secuestrados, los asesinados y los asaltados, y en los periodistas perseguidos o descalificados. Estos meses de la prometida 4T, nos han llevado a enfrentarnos con el lado más oscuro de la Mafia del Poder, esa que está incrustada en el sistema político mexicano y que, sin importar color o partido, mueve los tentáculos para saquear, mentir, abusar y delinquir desde la trinchera del poder. Esa que, aunque nos digan que ya se acabó con la corrupción, nos sigue demostrando que la corrupción es sistémica y apartidista.

Hemos aprendido el valor de las instituciones que no pensábamos que existían y que en algún momento del pasado estuvimos mejor, no porque nos hayan robado o mentido menos, sino porque otros presidentes no arremetieron contra los mexicanos ni buscaron su fortaleza en la división y la polarización.

Más allá de las expectativas económicas de las calificadoras y del grisáceo panorama que se vislumbra ante el creciente desempleo, la tensa relación con los Estados Unidos y el claro desinterés por los asuntos multilaterales nos debe de preocupar la estrategia a través de la cual el mexicano se reconciliará con el mexicano, y en aquella que nos permita recobrar la confianza en nosotros mismos y en nuestros juicios y elecciones.

Sin consultas a mano alzada, sin estar a merced del ambiente político en el exterior y con el pleno respeto a la Constitución y a nuestras instituciones, los mexicanos tenemos que entender que México, solo nos necesita a nosotros.

 

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