Pues donde siempre, sabiendo que lo peor que podía hacer era entregar mi poder personal. Nadando a contracorriente. Pensando, inventando, criticando, proponiendo, publicando, ironizando, asesorando o, de plano, de activista.

Nunca he pertenecido a partidos o clubs de ningún tipo porque en el momento que entro, siento que no pertenezco; que pierdo algo más sagrado: mi individualidad. Nunca he adorado a nada ni a nadie. Ni siquiera a la razón porque por ahí, adorando, es por donde se cuelan los dogmas. El método científico es crítico y la vida, por su parte, enseña cauteloso optimismo.

En mi casa no había fanatismos, mi madre había sufrido discriminación por ser hija de extranjera. A ella le gustaba leer a Bertrand Russell y a Freud; el primer cuento infantil que recuerdo -narrado por ella- fue el mito de Dédalo e Ícaro. Por el lado paterno había una fuerte corriente liberal y anti dictatorial. En la sobremesa había que ser ágil y tener fundamento o perdías la palabra.

Como en el Twitter, se valoraba ser breve, directo e irónico. Había alergia a la solemnidad y a los ritos del poder: nada más aburrido en la vida que un pendejo solemne. Esta actitud irreverente, no en pocas veces, me confrontó a maestros y figuras de autoridad.

Quizá por ello, por más que quise dedicarme a lo mío, siempre me cautivó la idea de contribuir a lo social, de hacer cosas que pudieran impactar en beneficio de los demás y de ellas, siempre me fascinó la idea de tener un mejor gobierno.

Sin embargo, y regresando a la pregunta, antes me enfrentaba a jerarquías, intereses poderosos o al vacío de la indiferencia. Ahora veo algo diferente, mucho más peligroso. Veo un público que ingenua y honestamente se entrega a un líder con fervor religioso.

Ni en los acérrimos tiempos del presidencialismo -o de su antípoda- veía esto. Una multitud encandilada. Dispuesta a destruir en aras de una ilusión. Dispuesta a sacrificar el frágil poder de la sociedad -y sus propias libertades individuales- para darle aún más poder al gobierno, no, no es al gobierno, seamos claros, es a quien ocupa el puesto.

Una multitud, que repite lemas, adoctrinada, como un adolescente confundido quien finalmente encuentra su jihad o su guerra cristera, su lucha trascendental, su razón de ser en un mundo binario, bizarro y violento.

Es un tsunami, un inconsciente colectivo que aflora resentimientos, minusvalía, deseo de poder y de venganza contra todo y contra todos. Un zeigeist mundial que también incluye y contagia a México.

Es el hijo despreciado o abandonado que reencuentra a su padre y que, a cambio de un abrazo o una mirada, le perdona todo y le entrega todo. Bien decía Bert Hellinger que son los hijos los que se sacrifican por sus padres, y no al revés, como lo suponemos.

Por ello, creo habrá que esperar a que la realidad haga su acto de presencia en la escena. La Sombra Colectiva, Plutón, no entiende razones, mucho menos humor o ironía, pues emerge desde el infierno más oscuro del inconsciente. Como quiera, debemos ejercerlos porque la desilusión puede ser más peligrosa que la ilusión.

Cuando muchos pensábamos que la lucha era contra el mal gobierno, se nos aparece la locura colectiva para defenderlo. Como quien quiere defender a una mujer de las agresiones de su marido y ésta se voltea para golpear a su defensor.

Pues bueno, he ahí mi respuesta larga, la breve sería: estaba distraído en el afán de un mejor gobierno, y hoy me encuentro observando con curiosidad la psicología de masas y, como a Ícaro, se le derrite la cera de sus alas por seguir al Sol.

 

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