Una de las consecuencias de la popularidad del presidente López Obrador en la elección del primero de julio del año pasado, fue que los partidos más grandes hasta ese momento, en conjunto con Morena, el PRI, PAN y PRD, quedaron desdibujados y con fuertes conflictos internos que les ha generado una posición de debilidad, cuya consecuencia inicial es su incapacidad para generar incidencia en las políticas generadas hasta ahora, plegándose incluso a la decisión presidencial.

En buena medida, parte de la popularidad del presidente, se da por el hecho de que no hay posiciones políticas sólidas que puedan hacerle frente o que, por lo menos, construyan alternativas sólidas y creíbles que generen debate ante las propuestas presidenciales o de Morena. No digamos de la ausencia de liderazgos al interior de los partidos ahora opositores, pues si buscamos a alguien que pueda tener no únicamente capacidad de aglutinar alianzas al interior de sus propios partidos, sino que en el futuro puedan ubicarse como posibles candidatas o candidatos, frente a quienes ya están en la lista de Morena, incluyendo al mismo presidente López Obrador, no podemos encontrar nombres que realmente tengan la presencia y capacidad para dicha tarea.

Si vamos a lo largo de las decisiones relevantes que el congreso ha tomado, es precisamente esa debilidad lo que ha permitido que se hayan, y se sigan generando, mayorías calificadas para la aprobación de reformas constitucionales o nombramientos en diversas entidades. Tal vez los casos más sonados tienen que ver con las designaciones de la y el ministro en la corte recientemente, donde por el voto de senadoras y senadores de oposición, no se sabe quiénes por el tipo de votación que se realiza para esos casos, avalaron las designaciones en ambas posiciones, además de haber avalado las ternas respectivas, tanto en comisiones como en el pleno.

El problema para la construcción de una oposición no es de Morena, pues los coordinadores de las fracciones parlamentarias de ese partido están haciendo su trabajo para sumar votos y tener eficiencia legislativa, sino de las posiciones de las y los legisladores del resto de los partidos, que no logran articular una posición, o posiciones, coherentes, sobre los temas que se plantean en la agenda. Cabe señalar que, en el caso de la Guardia Nacional, la aclamada unanimidad se debió más al activismo y presión del presidente, que a una propuesta articulada y convincente que proviniera de los espacios de oposición.

Esta debilidad se traslada también a los Ejecutivos estatales, quienes serían el contrapeso natural a la autoridad federal, además de que han sido en otros momentos, quienes han hecho un amplio uso de mecanismos de control constitucional en la corte, pero que ahora parecen pasmados ante las capacidades políticas e institucionales del presidente. A pesar de que muchos de ellos mostraron posiciones que parecían desafiantes con respecto a la administración federal, prácticamente ninguno de ellos ha sido capaz de plantear una condición de oposición, ni siquiera aquellos que podrían tener rasgos de liderazgo como el gobernador de Chihuahua o el de Jalisco, para quienes sus propios problemas les han minado sus capacidades y credibilidad opositoras.

Ante ello, sólo tenemos gobernadores o partidos con potencial legislativo que son utilizados para la configuración de mayorías, pero cuya capacidad de incidencia es reducida en las decisiones de la administración federal. Lo que articulará nuevamente una estructura opositora son las elecciones de 2020, pues entonces se reconfigurarán las capacidades de movilización y obtención de candidaturas, al interior de los partidos.

La ausencia de una posición opositora ágil, estructurada, con capacidad de respuesta, de construcción de alternativas, etc., es fundamental para entender el dominio e incremento de capacidades del presidente López Obrador.

 

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