Una humanidad con pocos recursos para la vida real, aunque sí con grandes recursos para la vida ficticia, dice Dorelia Barahona de los escritores, que “podemos escribir y resolverle la vida a todos los personajes, pero no podemos resolver la nuestra…”

 

Me dejó mudo. De pronto, la confesión de Dorelia Barahona me dejó mudo:

“¿Sabes?, por razones personales, pero también por edad, estoy en un momento en el que termino una gran etapa de mi vida y empiezo otra. Sé que las cosas irán bien. Hoy, estoy más segura que nunca de que quiero seguir escribiendo, de que tengo confianza en lo que escribo.”

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Dicho esto, Dorelia Barahona guardó silencio. Yo también: de pronto, me habían dejado desarmado sus palabras. Verán, aquí estaba ella, Dorelia Barahona, una de la más reconocida escritoras de Costa Rica, confesándome con una sinceridad de plomo, real, verdadera, el sentir actual de su vida. Ella había llegado a México, procedente del país centroamericano, para presentar la edición mexicana de Los deseos del mundo, uno de sus libros más importantes que Editorial Terracota ha puesto ya en circulación aquí.

Hija de mallorquina y costarricense, Dorelia nació en Madrid (España), pero vive desde muy niña en la nación centroamericana, país que la adoptó, la hizo una de las suyas, en donde ha desarrollado su vida y trayectoria, y que ahora la consagra como una de las voces más destacadas de su generación en la literatura tica.

Con justa razón. Viajera y agricultora de corazón, ella prácticamente ha ejercido todos los género literarios —ha escrito poesía, novela, cuento, teatro, y ha escrito artículos periodísticos—; como es obvio, en algunos casos con mejores resultados que en otros. Y no sólo eso: en sus inicios se adentró en las artes visuales, y dedica gran parte de su tiempo a la filosofía, materia que imparte a universitarios. Pero, además, es una agitadora cultural nata, pues ha organizado numerosos proyectos en favor de la lectura y para el desarrollo editorial en el país.

Así que era una tarde de febrero cuando Dorelia me confesó que ahora tenía más confianza en lo que escribía, que estaba segura de que quería seguir escribiendo, de lo bien que irán las cosas, de su situación de vida, pero, sobre todo, era una tarde de febrero cuando ella me contó algunos secretos y pormenores de Los deseos del mundo.

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La historia de fondo es sencilla: tres escritores y una colega se reúnen a escribir un cuento pornográfico, pero terminan contando sus vidas, con todo lo que ello significa: se narran unos a otros sus dichas y sus desdichas, sus horas y sus días, sus antepasados y sus recuerdos y el recuerdo de los antecesores. De igual forma se cuela el sexo, el erotismo, el amor y las despedidas, hasta los espíritus tienen que ver con los protagonistas o con los narradores o con sus padres o abuelos…

Descrita de esta forma, Los deseos del mundo parece sencilla, a primera vista, en su estructura. Pero no lo es.

En realidad es una novela polifónica. El narrador omnisciente se oculta para dar la oportunidad a otras voces de contar esas historias ligadas, que giran alrededor de los personajes; todos ellos llenos de soledad, fracasos, incomunicación…

Hablamos de la novela dentro de la novela, dentro de la novela, me dijo en cierto momento Dorelia. “Está la mía, que es la uno; la dos es mientras escriben ellos, y la tres es precisamente lo que escriben ellos… Por eso la imagen que pongo es la de una serpiente mordiéndose la cola, porque es un inicio que tiene un final que tiene un inicio, como son todos los deseos individuales que conforman este gran deseo social, cultural, que se llama ‘Los deseos del mundo’.”

Eso sí: “El interés pornográfico pasa a ser erótico, y pasa a ser ideológico, y pasa a ser filosófico, como en la vida… Para mí nada está separado de nada”, me dijo Dorelia más adelante.

Dicho de otro modo: el erotismo es un tema que es secundario en la novela, pero es sumamente importante porque refleja la realidad de nuestros días:

—Es como el camino a reflejar la incomunicación entre los hombres y mujeres, el gran silencio, el gran vacío que existe, la suma de prejuicios tan grande que hay… Más que satisfacción de los deseos, es como una cuenta de deseos no satisfechos. Parece que las vidas son eso: un recuento de deseos no satisfechos, no dichos, no expresados.

La novela también tiene otro trasfondo:

—Mi intención era mostrar el mundo íntimo de los escritores para los lectores…

Dijo esto Dorelia, y soltó una risita.

—¿A qué me refiero? —añadió aún con la sonrisa en el rostro—. Fácil: ¿qué pasa cuando los escritores están escribiendo? Yo quería que el lector pudiera meterse dentro de la cocina, en el taller donde se hacen las cosas; que pudiera mirar esta humanidad «caliente» que son los escritores, ¡que somos los escritores! Sí, esta humanidad limitada con pocos recursos para la vida real, aunque sí con grandes recursos para la vida ficticia. Porque resulta que los escritores podemos escribir y resolverle la vida a todos los personajes, pero no podemos resolver la nuestra… Este sentido era el que yo quería dejar plasmado. Al final, este grupo parece que se va transformando en un recuento de carencia, de seres incompletos.

 

—No deja de resultar curioso que la vida de algunos escritores llame ahora tanto la atención.

—Es cierto. Creo que hay una especie de morbosidad por saber y conocer la vida de los escritores; llámalo interés, si tú quieres… A la gente le atrae saber cómo se cocina el arroz, qué pasa en la mente y qué pasa en la vida diaria de las personas que escribimos. En lo personal, yo tengo una vida conventual, ja-ja…

 

—Ja-ja… Es interesante esto que dice de los escritores…

—Es que es cierto. ¿Cómo invitaría yo a leer Los deseos del mundo? Por ahí: que vean cómo viven los escritores este infortunio de ser poderosos con las palabras, pero muy limitados en la vida personal… Escribir amerita muchas horas frente a una computadora en soledad… Para ser un buen escritor, yo creo que se necesita un gran aislamiento. Así que no es raro que cuando uno termine de escribir algo, trate de buscar la fiesta, porque se nos da la maníaca… Entonces el acercamiento que hago en este libro es para abrir una especie de rendija, o ser un voyeurista, al proceso creativo de los escritores…

 

—¿Se parecen los escritores de un país a otro?

—No. Hay acentos diferentes. De una cosa sí estoy segura: los escritores no están aislados de los procesos sociales y culturales; sí, son el reflejo de la sociedad en la que se vive. Una cosa que he visto en México es que aquí sí existe un gusto por la conversación, por el idioma, por la cultura literaria, por la historia… Es un gusto más visible que en Costa Rica; allá no hay nada semejante. No son estas grandes conversaciones… Incluso, la literatura es más de acción, porque el tico vive más afuera… De hecho, y no sé si tiene que ver con la influencia norteamericana, allá se da más un gusto por el hiperdeporte: todo mundo corre, todo mundo anda en bicicleta… Eso de fumar y beber café o tequila, cada vez es menos…

 

—Sí-sí, tiene razón. Ahora todo es muy saludable…

—Eso parece… Pero, a lo que voy, es que sí existen diferentes acentos entre los escritores… Ahora, te aclaro: mis personajes no son escritores costarricenses, como tampoco está ambientada en Costa Rica. Son mis “escritores”, los que yo inventé, y puede ser que estén en Buenos Aires, o Madrid, o en la Ciudad de México. Aunque, es cierto, es una novela ambientada en un país pequeño, pues el narrador empieza diciendo que es un país de provincia…

 

—La filosofía también tiene un papel importante en su obra.

—¡Por supuesto! Para mí, la filosofía sirve como base para la literatura, para mi literatura. Yo escribo de temas actuales, no de la historia o crónicas históricas… Los personajes me sirven para exponer temas filosófico, ¿qué quieres que diga? Me definí por el camino. ¿Qué implica? Para empezar, no es una literatura fácil. No es una literatura que me dará fama, dinero. Nunca me haré millonaria con lo que escribo, lo sé. Pero esto es lo que soy. Es lo que me gusta. Ya no me agobio. Y sobre todo, ya no dudo del camino que he decidido seguir. Soy más madura.

 

—Permítame una última pregunta: ¿cómo es su relación actual con la filosofía? Me parece que ahora ésta se mueve por caminos raros…

—Soy ambivalente, como buena filósofa, ja-ja. Porque, por un lado, siento que la filosofía ha perdido los grandes temas, y ahora se dedica como a la miscelánea, se dedica a hablar de todo lo que tiene enfrente… Supongo que van a pensar mal de mis prejuicios, pero, por ejemplo, estamos exagerando en hacer filosofía de los derechos de los animales. Un rato está bien, pero no lo hagamos un tópico. (Ahora ya existe una serie de subtópicos filosófico muy domésticos; al menos así lo percibo.) Por otro lado, y esto me parece más excitante, también existe toda la parte de fusión entre la filosofía, las neurociencias, la experiencia cognitiva; son asociaciones que me parecen muy interesantes. Éticamente, son desafíos para las sociedades, para el futuro. Me interesa mucho todo esto… Me causa un gran agobio, porque siento que cada vez somos menos libres los seres humanos. Y, en el fondo, la filosofía nace para eso, para respaldar y mantener la libertad del ser humano…

 

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