Junto con el combate declarado al robo de combustibles se han abierto diversos frentes en la discusión pública acerca del desempeño de López Obrador como figura presidencial y de quienes ocupan espacios claves en su gabinete. El inicio del sexenio ha sido una vorágine de decisiones presidenciales, críticas acérrimas y esperanzas depositadas en la Cuarta Transformación. En apenas 60 días del gobierno de López Obrador hemos visto el arranque de los grandes programas anunciados en los días de campaña, la cancelación de un megaproyecto con base en una consulta ciudadana cuestionada y una batalla que apenas comienza en contra del llamado huachicoleo. De la mano del Congreso, el presidente comenzó su administración con una prisa que se justificaría en la promesa del propio López Obrador de no reelegirse al cabo de su mandato.

No obstante que los meses de transición dieron un adelanto de la intensidad del nuevo gobierno, y que las controversiales decisiones del presidente fueron anunciadas siendo candidato, lo cierto es que la realidad ha superado las expectativas. Si alguien hubiera vaticinado las decisiones presidenciales en los primeros 100 días de gobierno, difícilmente habrían sido tomadas en serio. Quién hubiera dicho que en el mes de enero de este año miles de ciudadanos de diversas regiones del país tendrían que dedicar horas del día para poder cargar combustible. Y todavía más, quién hubiera pronosticado AMLO apenas sentado en la silla presidencial declararía una batalla en contra del huachicol, en una historia narrada desde su particular estilo, en la que gente esencialmente buena será capaz de redimirse si tienen empleo digno y estudio.

A pesar de la tragedia en Hidalgo por la explosión de un ducto de combustible que fue ilegalmente perforado, o de las incomodidades que ha traído a la vida cotidiana la falta de combustible en ciudades y pueblos del país, lo que nos dicen algunas encuestas es que el nivel de aceptación del presidente López Obrador no solamente no ha disminuido, sino que ha aumentado. Estos datos contrastan con las batallas campales que se viven en redes sociales, donde parece que las opiniones a favor o en contra del nuevo gobierno se distribuyen casi equitativamente.

El capital político se desgasta en el ejercicio del poder. Es casi una premisa cuando hablamos de éste, que no es más que la suma de ciertos valores, símbolos y circunstancias que rodean a un actor en un momento determinado. Nadie puede dudar del capital político con el que ganó democráticamente López Obrador como presidente de México, como tampoco puede dudarse la magnitud del fenómeno AMLO. Sin embargo, hoy se abren diversas dudas de hasta dónde le alcanzará el manto de legitimidad democrática para cumplir con las enormes esperanzas despertadas en la población.

En días pasados el líder de Morena en el Senado, Ricardo Monreal, declaró que el presidente pagará con gusto el costo político del combate a la corrupción, aún a costa de su popularidad. La lucha contra el huachicoleo apenas comienza y la experiencia internacional ni el sentido común nos dicen que será una batalla de mediano plazo. Quizá hoy parezca no importar tanto el desgaste del capital político del presidente, pero sería ingenuo pensar que ese cálculo será el mismo hacia 2020 cuando inicie el proceso electoral para elegir nuevos diputados federales y 13 gubernaturas, y miles de presidencias municipales, con la posibilidad del presidente de estar en la boleta electoral, con la justificación de poner a consulta la revocación de su mandato. En estos meses por venir, veremos cómo confluyen el desgaste del capital político de AMLO, la legítima ambición de ganar elecciones, y el anhelo, también legítimo, de pasar a la historia.

 

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