México tiene un nuevo presidente. Este 1  de diciembre, Andrés Manuel López Obrador tomó protesta como el mandatario número 65 de nuestro país, en un ambiente de alegría y esperanza que contrastan con el final de un sexenio cuyo daño al país en términos de la confianza institucional, aún está por dimensionarse. Eso lo sabe López Obrador y aprovechó su discurso de toma de protesta para poner las cartas sobre la mesa.

El presidente de la República planteó la que será la ruta de su gobierno, al mismo tiempo que desdibujó a su tradicional oposición; aquella que no le permitió llegar al poder en 2006 y 2012: el PAN y el PRI.

Lo que inició este 1 de diciembre fue una ruptura con los últimos 30 años de gobiernos tecnócratas neoliberales que, a decir de las cifras presentadas a lo largo de su discurso, son responsables de la profunda desigualdad del país, la falta de oportunidades, la concentración de riqueza, la informalidad y otros fenómenos sociales. Sin embargo, una ruptura de esas dimensiones que no sólo tendrá resistencias nacionales sino globales, necesita una narrativa que le permita mantener la base de apoyo con la que llegó, pues como lo dijo ayer en el Zócalo: “sin ustedes, los conservadores me avasallarían; pero con ustedes, me hacen lo que el viento a Juárez”. En ese sentido, Andrés Manuel comenzó ayer mismo esa tarea pedagógica, como jefe de Estado.

¿En qué consiste? Como sabemos, la corrupción es la principal razón del descrédito del sistema político y todas sus instituciones. En ese sentido, busca explicar la manera en que ésta se asocia al neoliberalismo. Las referencias a las privatizaciones, a los negocios de cuates, a los rescates bancarios, a la informalidad y la desigualdad, le permiten al presidente explicar por qué es necesario transitar a un nuevo modelo económico.

El distintivo del neoliberalismo es la corrupción”, dijo ayer Andrés Manuel frente al Congreso de la Unión, para luego apoyarse en un dato que incluye por igual a gobiernos panistas y priistas de los últimos 18 años: “en el año 2000, Transparencia Internacional nos ubicaba en el lugar 59 de entre 176 países en materia de corrupción; en el año 2006 pasamos al lugar 70; en el año 2012 al 106 y en el año 2018 al 135”. Explicó en cadena nacional que, en materia de corrupción, caímos 76 lugares en tres sexenios a los que califica como neoliberales. Con todos los datos presentados sobre la reforma energética, la deuda pública, temas de salud, migración, remesas, entre otros, se inicia una pedagogía del neoliberalismo y sus efectos en la población. Durante el neoliberalismo, dijo, sucedió “la más inmunda corrupción público-privada”.

Esta estrategia en su primer día dio resultados. En google, las búsquedas principales durante el discurso de López Obrador fueron: definición de neoliberalismo, globalización, en qué consiste el neoliberalismo y concepto de neoliberalismo. Entre mayo y julio pasado, previo a las elecciones, también se registró un pico en la búsqueda del concepto.

Si algo ha caracterizado al neoliberalismo en el mundo, es la manera exitosa en la que ha logrado no ser tema central en las discusiones estructurales del sistema global. En los foros, espacios e instituciones mundiales más importantes para discutir el desarrollo, se ha logrado evitar nombrarle, desligando así la discusión de la desigualdad de las premisas del modelo económico. Como consecuencia, la ciudadanía discute muchos fenómenos socioeconómicos y políticos, pero no los fundamentos que rigen la economía. A raíz de eso, la democracia, la justicia, la inclusión, el multilateralismo y la cooperación están en crisis, pero el neoliberalismo está intacto.

La intención de seguir haciéndolo invisible pasa por el extremo de muchos de sus promotores- que leímos el sábado en twitter- de afirmar que el modelo “ni siquiera se ha implementado”; recordándonos a quienes afirman que el comunismo nunca se aplicó como lo planteó Marx. La lucha ideológica de las últimas décadas a nivel global la ha ganado el neoliberalismo y, en ese sentido, parece que López Obrador tiene claro que, para transformar el modelo, tiene que ganar también en el terreno de las ideas, creencias y emociones, es decir, el ideológico.

Frente a ello, casi toda su oposición, incluyendo el sector privado, necesita nuevos recursos discursivos, nuevas narrativas y, sobre todo, nuevas formas de actuar para legitimarse frente a la sociedad. Tendrán, por ejemplo, que atreverse a criticar elementos neoliberales del programa López-Obradorista y, como consecuencia, el espectro político mexicano, podría estar obligado a moverse hacia la izquierda; lo cual sería otro triunfo de Andrés Manuel.

Parece fácil, pero su éxito no está garantizado y sus enemigos no son pequeños ni solo nacionales. Ganar esa batalla- que es muy grande- le exigirá que su idea de modelo económico funcione en la vida de las personas y en el crecimiento del país; algo que no sucede solo con transferencias monetarias, sino con políticas públicas exhaustivas y, para lo cual, necesitará al sector privado, con el que habrá de definir los términos de relación.

En este último aspecto, la pinza de Andrés Manuel cierra con la Guardia Nacional y sus 266 coordinaciones territoriales. No hay manera de impulsar los niveles y proyectos de inversión que planteó a la gente en el zócalo de la ciudad de México, si no garantiza el control del territorio. El proyecto, en buena parte militarizante de Andrés Manuel, sirve para garantizar que su proyecto económico sea factible en un país en el que regiones enteras están controladas por el crimen, en el que todos los días cierran empresas por eso y en el que el crimen organizado roba hidrocarburos al Estado mexicano sin consecuencia alguna. De ello depende poder llevar su narrativa a la realidad y difícilmente cederá en ese proyecto; con lo cual, el modelo de pacificación prometido a las víctimas estaría en jaque.

El presidente de México ha dejado claras sus prioridades, no en un discurso de campaña sino en uno de Estado, aunque para muchos no lo parezca.

 

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