Como era de esperarse, el juicio contra Joaquín “El Chapo” Guzmán terminó con veredicto de culpabilidad. Era muy difícil que se escabullera, porque existían pruebas en su contra, y sobre todo por lo que estaba en juego el prestigio de la Fiscalía y el sistema de justicia en Estados Unidos.

Los 58 testigos, cada uno a su modo, ayudaron a entender el funcionamiento del Cártel de Sinaloa y la extensión de su influencia y negocios.

Quedó clara la influencia de Guzmán Loera en Colombia y cómo fue hilando una alianza que le significó recursos, pero sobre todo capacidad logística.

Ello puede servir en el futuro, porque hay comportamientos criminales que se repiten y se pueden plantear estrategias preventivas para debilitarlos.

Tampoco faltó la ponzoña y la estridencia, con acusaciones a policías, generales y políticos que no eran parte del proceso, pero que podían servir para abonar a los argumentos de la defensa o la Fiscalía.

Una enseñanza, por supuesto, es la tomar con mucha cautela lo que pueden decir criminales que han negociado con las Fiscalías y que ya no tienen mucho que perder y pueden contar cuanta historia sea necesaria.

Lo que sí sirve, es quitar la paja y observar el mundo en que vivió “El Chapo” Guzmán y se hizo poderoso. Un espacio de reglas muy duras y donde las infracciones se suelen pagar con la propia vida.

Un personaje central es Emma Coronel, la esposa que asistió a casi todas las sesiones de la Corte y que trató de establecer una narrativa distinta, la de Guzmán Loera padre de familia y sujeto a calumnias desatadas por autoridades y enemigos.

Es raro que las familias de los capos figuren públicamente, pero las organizaciones criminales también interactúan con los medios de comunicación y con la sociedad, y en no pocas ocasiones con una visión estratégica.

Coronel, después de todo, también proviene de un linaje de los bajos fondos, ya que es hija de Ignacio “Nacho” Coronel, un jefe importante del clan hasta su muerte, en junio de 2010, en Zapopan, Jalisco, en un enfrentamiento con el Ejército.

No extrañó que uno de los ángulos de las crónicas sobre la resolución de la corte de Nueva York fueran el saludo con el pulgar de Emma y los brazos en el pecho de “El Chapo” como despedida.

En junio se volverán a ver, cuando se dicte la sentencia, la que, por el número de cargos, puede significar un encierro de por vida.

Terminó, ni duda, una etapa del narcotráfico en nuestro país, pero los relevos de Guzmán Loera trabajan ya desde hace años y en circunstancias que los han fortalecido.

 

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