“No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos.”

Albert Einstein

Por Jorge J. Vega Iracelay*

El ciberespacio es el nuevo Estado de Bienestar de nuestro siglo, donde millones de personas pueden acceder a oportunidades de aprendizaje, información, entretenimiento, y comunicación.

Pero el ciberespacio y sus bonanzas no están libres de amenazas. Por ejemplo, a nivel mundial casi 82% de las empresas sufren al menos un ataque informático cada año; y se espera que las pérdidas económicas causadas por el cibercrimen sumen 3 trillones de dólares hacia 2020 (2016 State of Cybersecurity Study, ISACA). Los otrora casi románticos hackers ya no espían, ahora destruyen o lucran con sus ataques.

En ese aspecto, el ciberespacio se ha convertido en un nuevo teatro bélico, tanto como antes lo fueron el aire, el mar o la tierra. Para que Internet continúe siendo un espacio abierto y libre, necesitamos seguridad y combate al cibercrimen.

El ciberespacio no conoce fronteras físicas. Por ello, el reto de combatir al cibercrimen es global. Brad Smith, presidente de Microsoft Corporation, llamó recientemente a crear una “Convención Digital” y la creación de una Agencia que asegure su cumplimiento, en la misma forma en que en 1949 los países adoptaron la cuarta Convención de Ginebra. Una “Convención Digital” podría establecer normas explícitas sobre la seguridad, estabilidad y paz en el ciberespacio.

El reto es también multidisciplinario. Por ejemplo, la ONU, a través de la UIT, publica bianualmente el Índice Global de Ciberseguridad, que analiza el desarrollo de los países en cinco categorías: legal, medidas técnicas, medidas organizacionales, infraestructura, y cooperación internacional.

Veamos la situación de México: en el más reciente Índice Global de Ciberseguridad disponible (2014), México ocupó la posición 18 de 29 a nivel mundial, y la 9 de 18 para la región americana (se trata de un índice numérico, donde varios países pueden compartir la misma posición).

En buena medida, esta situación de “media tabla” parece provenir de la principal carencia que identificó el reporte en ese momento: “No existe un mapa de ruta para la gobernanza nacional de ciberseguridad en México” (Sección 1.3.2. del apartado Country Cyberwellness Profile).

En efecto, el Programa para la Seguridad Nacional 2014-2018 de México reconoce que “la existencia de una acotada cultura de seguridad de la información es quizás la principal vulnerabilidad del país actualmente”, y anticipa la necesidad de desarrollar “una política de Estado en materia de ciberseguridad y ciberdefensa…”

En mi opinión, dicha política de Estado debe promover una Estrategia Nacional de Ciberseguridad, que impulse una convención digital internacional; la adhesión de México al Convenio de Budapest para tipificar los ciberdelitos; el establecimiento de un robusto modelo de gobernanza con un procurador especial y una Agencia Nacional; la creación de tribunales especializados; campañas de educación en civismo digital; la actualización del marco jurídico, fortalecimiento de la infraestructura crítica, adopción de estándares, y la creación de un consejo plural con participación del gobierno, industria, academia y sociedad civil. En este sentido la reciente Misión de Asistencia Técnica de la OEA para la creación de la señalada Estrategia resulta promisoria al menos para crear un diálogo abierto sobre los componentes y alcances de la misma.

Es imprescindibles y urgente consolidar una política de Estado contra el cibercrimen, construyendo un entorno digital que nos permita capitalizar los beneficios de la Cuarta Revolución Industrial, preservando un Internet abierto, libre y seguro, así como derechos universales subyacentes, como la libertad de expresión y de acceso a la información como premisas básicas. Es tiempo de pensar este problema de manera diferente a la ilusión romántica del nacimiento y desarrollo del ciberespacio.

*Jorge J. Vega Iracelay es experto, investigador y profesor universitario en Tecnología y Sociedad.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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