Hablar de liderazgo causa dos reacciones en sentido contrario: por un lado, causa interés y por el otro hay quienes creen que ya todo está dicho. Especialmente, si el tema se aborda entre personas que dirigen grupos. Me he topado con caras largas, con actitudes de fastidio que piensan que ya han escuchado tanto del tema, que ya no hay nada nuevo que aprender. Sin embargo, estoy segura de que a nadie que esté en el lugar del líder le gustaría perder esa posición por negligencia. Estoy segura de que a muchos les gustaría saber cómo detectar que el liderazgo está llegando a su etapa final, muchos habrían preferido escuchar las advertencias antes de asumir las consecuencias.

El mundo está viviendo una etapa convulsa en muchos sentidos y nos ofrece ejemplos de liderazgos que no funcionan y de líderes que no se enteran de que lo que hacen no les va a funcionar. Parece que estamos atestiguando el final de cierto tipo de liderazgos porque en el camino extraviaron la misión, el propósito y la propuesta de valor.  El terreno político nos permite ver los daños de estos líderes que manejan el poder con desaseo, a base ocurrencias, sobre rieles cercanos a la paranoia. La economía mundial lleva tintes ralentizados en los que algunos expertos ven las puertas de la recesión y otros dan gracias al cielo de que al menos no haya decrecimientos. En fin, muchos liderazgos en el mundo han olvidado el principio que da naturaleza a la administración: evitar el caos.

El liderazgo que provoca caos y admite el desorden suele ser muy popular, al principio. Es muy atractivo ver que alguien llama a la disrupción, al cambio de paradigmas. Sin embargo, cuando un líder deja de tener características que lo hacen ser un referente, sabemos que la curva ascendente llegará a su punto de quiebre y empezará a descender hasta llegar al final. El desorden es el extremo contrario a la buena gestión.

Es verdad, la posición de líder es muy difícil. Por un lado, es un lugar lleno de soledad. El vértice de la pirámide jerárquica en cualquier institución sólo tiene espacio para una persona y por más que se acompañe de consejeros y asambleas, al final, la responsabilidad recae en un par de hombros. Por otro lado, el líder es una persona que debe tener las suficientes competencias para formar equipos eficientes que transformen ideas en realidades a través de un método que dé resultados rentables y productivos.

Por esa soledad, un líder se puede confundir y extraviar el camino. La principal competencia de un líder es la comunicación, no hay duda. A los líderes, en general, les gusta hablar. Tristemente, no les gusta escuchar. Dejar de escuchar es el paso más importante que alguien que dirige un equipo da para caer al desfiladero. La cara del que no sabe abrir los oídos y el corazón se avinagra, se vuelve crítica, intolerante, xenófoba, necia, territorial, dictatorial.

Es decir, un líder tiene la obligación de escuchar a su equipo de trabajo y sancionar si las propuestas que recibe le parecen adecuadas o no; el problema es cuando ya es incapaz de ver más allá de sus propias ideas y es capaz de torcer la realidad para adecuarla a su perspectiva. A un líder puede o no gustarle cierta preferencia ajena, pero la intolerancia que lleva a la intransigencia, al fanatismo, al sectarismo, a la superstición es una seña del final de sus tiempos. Los líderes xenófobos que se están eligiendo en muchas partes del mundo y en algunos sectores empresariales siembran caos en el mundo; es verdad, a rio revuelto ganancia de pescadores; sin embargo, aunque la demagogia, la ignorancia y el sectarismo hayan llegado a la cúspide, también vemos como sus actitudes les van privando de oxígeno a la sangre, nadie que corte el flujo de la comunicación puede sobrevivir: el cuerpo se va gangrenando sin remedio.

Cuidado, uno de los signos del final de un líder es la arrogancia. Los elementos de la arrogancia —además de tener cerrados oídos y corazón— son la necedad, la territorialidad y la actitud dictatorial. Un necio es capaz de exhibir su majadería y tontería sin que medie pudor alguno. Un líder territorial es aquel que es incapaz de compartir ni información ni recursos ni ideas, incluso cuando eso sea necesario para su propio desempeño efectivo. Siente que ceder es sinónimo de debilidad y es el tipo de persona que sostiene que el hambre lo tira, pero el orgullo lo levanta. Un dictador eleva el principio de autoridad que debe regir en toda institución a niveles en los que el dialogo se corta porque en vez de generar orden y disciplina se causa miedo.

En el pasado, el final de un líder se detectaba por el aislamiento en el que se encontraba quien tomaba las decisiones. Por ejemplo, Luis XVI desde Versalles no alcanzaba a ver lo que sucedía en las calles de París. El zar Nicolás II no tuvo la sensibilidad para entender lo que su pueblo requería. En ambos casos, la comunicación del líder con sus seguidores estaba cercenada por lo que su capacidad de gestión influía negativamente en el ánimo de los demás. No supieron gestionar con éxito las dificultades que se les presentaron. No entendieron la información que daba evidencia de la realidad. Les falló la capacidad de coordinación. No se les notó el compromiso con su gente. El final en ambos casos fue trágico, lo sabemos.

Hoy, los aislamientos son más sutiles. No se trata de palacios amurallados ni de fortalezas que marcan distancias. De hecho, hoy vemos a ejecutivos que trabajan codo a codo, en la misma mesa, en oficinas que no tienen puerta. Las barreras físicas se han derribado. No obstante, la tecnología se está convirtiendo en un muro tan difícil de zanjar como el foso de los castillos de antaño. Vemos a gente metida en una pantalla que no escucha. Vemos a líderes absortos en lo que les muestra un dispositivo y que no tiene la disposición de atender al que tiene enfrente. Hay un hambre por estar cerca de lo lejano y alejar lo cercano. Es alarmante el nivel de distracción que nos contamina como un mal endémico. De repente, parecemos profetas dando voces en el desierto quienes estamos tratando de captar la atención de alguien. Es una labor titánica intentar que un semejante tenga una conversación con nosotros sin que esté viendo su teléfono, como si lo que está consultando fuera un tema de vida o muerte. Se nos cae las telas del corazón cuando nos damos cuenta de que una fotografía o un meme fue más relevante que el informe que se estaba presentando o el curso que se estaba dando.

Sabemos que un líder está enfrentando su ocaso cuando no muestra habilidades de comunicación efectiva. Cuando, en su relacionamiento con los otros no puede identificar ni analizar el contexto, la situación. Cuando es incapaz de ver a su interlocutor, de manera de encontrar el estilo de comunicación y las actitudes que mejor se adapten al logro de sus objetivos. Entonces, en medio de ese aislamiento, podemos detectar el ocaso de un líder. Así, si logramos detectar las fallas de liderazgo en otros y en nosotros mismos, sabemos que las alertas se están encendiendo en el tablero de control. Así, podemos retomar el rumbo, recuperar misión, propósito y propuesta de valor.

 

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