Por Mariano Montero*

Más de 260 mil organizaciones filantrópicas alrededor del mundo invierten alrededor de 1.5 billones de dólares cada año, pero ¿podemos estar seguros de que con esto se genera un verdadero impacto positivo en la sociedad?

Una de cada diez personas en el mundo sobrevive con menos de 1.90 dólares al día. Esta condición de vulnerabilidad, además de impactar al desarrollo individual, tiene grandes consecuencias para la paz y el progreso de nuestros países. A lo largo de la historia ha prevalecido la idea de que es responsabilidad del gobierno utilizar los recursos públicos para enfrentar los retos sociales y proveer los servicios necesarios para el bienestar de sus ciudadanos. Pero hoy en día los desafíos son tan formidables que claramente una estrategia que busca la solución sin una participación colaborativa no ha surtido, ni surtirá, efecto. Es momento de entender que la responsabilidad es compartida y que todos los sectores tenemos la capacidad de actuar.

Los retos sociales, económicos y ambientales que presenta el siglo XXI son muy diferentes a los de hace veinte, treinta o cincuenta años, ¿por qué habríamos de enfrentarlos de la misma manera? Necesitamos evolucionar los paradigmas de resolución y encontrar nuevos mecanismos de colaboración para sumar esfuerzos de todos los sectores y diseñar intervenciones sostenibles que generen retornos sociales sobre la inversión traducidos en beneficios para todos a largo plazo.

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La Organización de las Naciones Unidas presentó hace algunos años la Agenda para el Desarrollo Sostenible 2030, adoptada por los 194 países miembros de la Asamblea. El objetivo de esta agenda es proveer una ruta compartida para la paz y prosperidad de las personas y el planeta, hoy y en el futuro. Al centro se encuentran los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), que reconocen que terminar con la pobreza y otras privaciones debe ir de la mano con estrategias para mejorar la salud y educación, reducir la inequidad y estimular el crecimiento económico, abordando al mismo tiempo el cambio climático y la conservación de nuestros ecosistemas.

El sector privado necesita impulsar la organización de la sociedad civil para crear soluciones innovadoras y de largo plazo a los retos de nuestros países. Solamente así se pueden construir comunidades sostenibles para, al mismo tiempo, tener empresas sostenibles. Al ajustar las estrategias de filantropía o responsabilidad social corporativa y comenzar a ver estos proyectos como inversiones que deben generar beneficios cuantificables para la sociedad, damos un paso firme en esa dirección. La experiencia de las empresas en la búsqueda de la eficiencia y en la rendición de cuentas puede sin duda contribuir a esta meta, implementando mecanismos de monitoreo, medición de resultados y procesos de mejora continua.

Debemos definir líneas de acción claras y alineadas con los ODS que ataquen los problemas desde la raíz. Tomemos como ejemplo las intervenciones enfocadas en el desarrollo integral durante la primera infancia, etapa en la que construimos los cimientos para nuestro futuro. Según diversos estudios, incluyendo investigaciones del James Heckman, Premio Nobel de Economía en el año 2000, enfocar esfuerzos en mejorar las condiciones de vida durante el embarazo y los primeros cinco años contribuye a reducir la pobreza y desigualdad, generando retornos sociales hasta 13 veces mayores sobre la inversión inicial.

Hoy en día, casi 11 millones de niños menores de cinco años en América Latina están en riesgo de no alcanzar su máximo potencial, situándolos en desventaja con sus pares nacidos con mejores oportunidades. De hecho, se ha calculado que ellos podrían perder hasta el 25 por ciento de sus ingresos en la vida adulta. Los niños necesitan vivir en entornos saludables y estimulantes para alcanzar un mejor desarrollo físico, socioemocional, lingüístico y cognitivo. Asegurar esto se traducirá en beneficios para el individuo y la sociedad como mejoras en la salud de por vida, en el desempeño escolar y la productividad, así como reducción de los índices de criminalidad.

Para las más de 260 mil organizaciones filantrópicas que analizó el Reporte de Filantropía Global desarrollado por The Hauser Institute for Civil Society de la Universidad de Harvard, apoyado por UBS, la educación es la prioridad número uno. Sin embargo, a pesar de que más de un tercio de estas organizaciones trabajan en este rubro, apenas 11% se enfocan en primera infancia. El esfuerzo es digno de reconocerse, pero la educación es solamente una de las aristas que componen el desarrollo infantil temprano: la salud, nutrición, desarrollo de vínculos afectivos y otros aspectos también juegan un papel preponderante. Además, sigue siendo un reto contar con información suficiente para determinar el verdadero impacto de las intervenciones.

El desarrollo de la primera infancia es sólo un ejemplo de las grandes oportunidades que tenemos como sociedad. Basta con dar un vistazo a las noticias del día para recordar que la salud de los ecosistemas y disponibilidad de recursos naturales están en juego, que cada vez hay mayores desplazamientos humanos causados por la desigualdad y que la violencia pareciera no terminar. Es importante considerar que todos estos retos tienen origen en múltiples factores, lo que significa que necesitamos atacarlos desde todos los sectores.

En años recientes ha crecido el interés de los creadores de políticas públicas y los profesionales del impacto social por entender hasta qué punto las organizaciones filantrópicas alinean sus actividades con las prioridades de los gobiernos y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Desde que se dieron a conocer en 2015, se han realizado esfuerzos concertados para alentar a estas organizaciones para que apoyen y se involucren en actividades que aborden los 17 objetivos, ya sea de manera independiente o a través de entidades públicas y privadas.

Pero tal alineación es a veces difícil de evaluar. La mayor parte del seguimiento a las inversiones filantrópicas a nivel mundial reporta el apoyo centrado en los resultados directos y menos frecuentemente en el impacto en la población que se beneficia o las actividades que contribuyen al desarrollo sostenible. Este es uno de los puntos en que el sector privado puede contribuir de gran manera: sus conocimientos y procesos pueden trasladarse a este tipo de intervenciones, buscando garantizar su rentabilidad social.

Si bien las empresas tienen un rol clave, no es trabajo para una sola persona ni un solo sector. Necesitamos colaborar y traer a la mesa las capacidades y recursos de todos. Por un lado, la academia nos brinda la posibilidad de diseñar modelos basados en ciencia que puedan ser replicables en distintos contextos. Los gobiernos, por su lado, representan la capacidad para escalar los proyectos y asegurar el impacto a través de políticas públicas.

Estoy convencido de que el primer paso, como en tantos otros asuntos complejos, es reconocer que los retos que enfrentamos son monumentales. Necesitamos construir una visión compartida y aceptada por todos (gobierno, academia y empresas) para detonar una verdadera acción colectiva. Solamente así podremos impulsar las acciones que nos permitan comenzar a construir un mejor futuro para todos.

*Director de Fundación FEMSA.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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