Por Luis Javier Álvarez Alfeirán*

Todos entenderíamos que cuando hablamos de turismo nos referimos a la actividad económica que se deprende de una industria relacionada principalmente con el descanso, el comercio, la cultura y la gastronomía principalmente. Poco a poco esta sencilla percepción se ha vuelto más compleja añadiendo componentes como salud y bienestar por mencionar sólo algunos, pero sin duda no se aleja del sentido primario que es el viajar; es decir, salir del propio lugar de origen para conocer de primera mano lo que otro lugar ofrece. Los motivos pueden ser tan variados como los propios viajeros. Como actividad económica sabemos que representa un pilar para muchas de las economías del mundo sin ser México la excepción ya que representa un porcentaje cercano al 10% del PIB nacional.

Económicamente el turismo está llamado a seguir siendo protagonista; el acercamiento global, las facilidades de transporte y hospedaje, la digitalización bancaria y muchos otros factores, hacen que la actividad de viajar sea cada día una constante en crecimiento, ya sea por carácter social o comercial. Pero hay un factor que ha detonado de forma exponencial, y quizás descontrolado, el desarrollo turístico de ciertos destinos o lugares en particular: las redes sociales.

Una nueva generación de viajeros, –jóvenes y no tan jóvenes–, ávida de conocer y explorar, aunada a las facilidades de viaje, así como de las herramientas que la tecnología pone al alcance de su mano por medio de los teléfonos inteligentes y la conectividad, han provocado en ciertos lugares una vorágine de visitantes que desquicia la experiencia que debería ser el turismo. No se trata en muchos casos de vivir y conocer sino simplemente captar la imagen para subirla a Instagram, Snapchat, Facebook o cualquiera que sea la red.

El fenómeno de la imagen ha restado protagonismo al propio lugar y se ha convertido meramente en un accesorio necesario para la imagen. Ejemplos alrededor del mundo hay muchos, quizás uno de los más evidentes es lo que vive el museo más visitado del planeta: El Louvre en París. Teniendo una de las colecciones de arte más importantes, variadas y numerosas del mundo, es prácticamente sólo una sala la que se satura, aquella en la que se encuentra La Gioconda o Mona Llisa de Leonardo da Vinci. Son cientos los turistas que se atropellan para conseguir la imagen deseada de la pequeña pintura sin tener el tiempo en apreciar el arte que la ha convertido en una pintura de referencia mundial, este tumultuoso fenómeno ha hecho imposible hacerlo aun queriéndolo. Sucede lo mismo en Italia en la Capilla Sixtina o con el David de Miguel Ángel que llena de visitantes la Galería de la Academia de Florencia mientras que el Moisés, aquella escultura que por su perfección se dice que el propio Miguel Ángel le da un golpe espetándole ¡parla! descansa en la iglesia de San Pietro in Vincoli con mucho menos visitantes y a sólo unos metros del saturado Coliseo Romano.

Muchos otros son los ejemplos que podemos mencionar; Dubrovnik en Croacia se ha desbordado después del éxito mundial de Game of Thrones que fue filmado en la ciudad amurallada; Santorini en Grecia, se satura de cruceristas que inundan las calles sin poder apreciar su arquitectura, incluso un paso peatonal como lo es el de Abbey Road en el que filas de turistas esperan su turno para imitar la famosa fotografía de los Beatles desquicia la vida local.

¿Qué vale más entonces, el destino, el lugar o la fotografía?, ¿se hace turismo por conocer, como en antaño, la cultura propia de un lugar, el arte, la riqueza, la gastronomía o simplemente para tener la foto y enviarla de inmediato a los seguidores de una cuenta en Instagram? ¿Qué destino le espera al turismo como actividad social y cultural? Económicamente al parecer tiene el éxito asegurado, pero hay que analizar la sustentabilidad de una actividad que si es sobre explotada puede sufrir el mismo destino que muchas otras donde la mano del hombre no ha sabido conservar el necesario equilibrio.

Como en muchos otros temas, hoy tenemos señales de alarma (se ha acuñado el término que Overtourism) que hay que atender y mirar más allá de los ingresos económicos para preservar una actividad que enriquece mucho más que las cuentas del banco de los gobiernos y las personas. Viajar para vivir y no dejar de contemplar el amanecer, las estrellas, el mar, el arte que rodea el planeta y compartirlo no sólo con aquellos que se encuentran del otro lado de la pantalla sino con la compañía de aquellos que pueden estar junto a nosotros alrededor de la mesa y bajo el aroma de un buen café.

*Director de Le Cordon Bleu Anáhuac

 

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