Muchos jefes del narcotráfico viven sus días de tedio en las prisiones de Estados Unidos. De la mayoría ya no se vuelve a saber nada, o muy poco, porque la incomunicación o es nula o se les dificulta.

Es el rigor de las prisiones de máxima seguridad y el modelo que impide que los centros de detención se autogobiernen.

Hay formas de hacer menos rudo el paso de los años y los menos logran beneficios si pactan y colaboran con los fiscales y entran en la categoría de sapos, lo que imprime más riesgos de los que ya enfrentan por su historia. Osiel Cárdenas, del Cártel del Golfo y reclutador de Los Zetas, es un ejemplo.

Juan Pablo de Tavira, quien estableció las líneas de lo que sería Almoloya de Juárez, planteó una cárcel que evitara la servidumbre y la corrupción. Inclusive escribió un libro: “¿Por qué Almoloya?”

Por eso los narcotraficantes tenían sus celdas junto a otros narcotraficantes, los asesinos con los asesinos, los bandidos con los bandidos y los perpetradores de cuello blanco con los perpetradores de cuello blanco.

La clave era una vida entre iguales, en fuerza y peligrosidad para evitar la subordinación.

Recordaba, De Tavira, cómo Caro Quintero se había adueñado del Reclusorio Norte, organizando fiestas, estableciendo horarios y alfombrando celdas y eso es lo que no podía seguir ocurriendo.

Almoloya funcionó, más o menos, ya que siempre hay grietas por las que se cuela la violación de la ley cuando el dinero es mucho.

Las dificultades fueron aumentando cuando, por necesidades de seguridad, se rompió la regla de que sólo se internaran sentenciados.

Es más, De Tavira fue el encargado, en su calidad de director de Almoloya, de recibir a “El Chapo” Guzmán, luego de su detención en Guatemala y su entrega a miembros del Ejército en Chiapas.

Una de las causas del vasallaje, en el encierro, es la que deriva de quienes no tienen nada que perder y eso se traduce en fortaleza y control. Sólo se somete a los reglamentos quien tiene la esperanza de recobrar una vida fuera de los muros de concreto.

Pero no todas las prisiones son iguales y por ello Joaquín “El Chapo” Guzmán logró, en dos ocasiones, su traslado al penal de Máxima Seguridad de Puente Grande, del que, de modo inusitado y hasta de película, escapó en un par de ocasiones.

La primera lo hizo escondido en un carrito de la lavandería, en el que cruzó, sin problema, las siete puertas que lo separaban de la libertad.

La segunda fuga significó una obra ingenieril de buen calado, y miles de metros cavados bajo tierra. Por algo era el “señor de los túneles”.

Uno de los costos de su nueva situación, en la cárcel de Florence, en Colorado, es que se tendrá que conformar con el recuerdo de lo que fue, porque nunca más verá la luz del día, como no sea en horarios establecidos y rigurosos.

 

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