Por Juan Fernández*

Una de mis novelas favoritas es The Hitchhiker’s Guide To The Galaxy, del inolvidable Douglas Adams. Publicado en 1979, el libro se convirtió de inmediato en un fenómeno de culto al estar escrito con extraordinario sarcasmo, y satirizando de forma brillante al género de ciencia ficción.

Una parte del libro nos narra cómo, hace muchísimo tiempo, los líderes de una raza inteligente crearon a Deep Thought – la más avanzada supercomputadora de su tiempo – y le pidieron calcular la respuesta a la pregunta suprema acerca de “la vida, el universo, y todo lo demás”. Flemática, Deep Thought les confirmó que podía encontrar la respuesta, pero le tomaría siete millones y medio de años llegar a ella. Durante todo este tiempo, múltiples generaciones descendientes de aquellos seres superiores se dedicaron disciplinadamente a cuidar y preservar el buen funcionamiento de Deep Thought mientras ésta hacía sus cuentas. Finalmente, llega la esperada fecha de la respuesta: Una multitud expectante acompaña a dos representantes de la raza inteligente, seleccionados y especialmente entrenados desde su nacimiento para este momento, quienes ingresan al edificio donde se aloja la supercomputadora. Temblando de emoción, se acercan a la terminal en donde se encienden una serie de pequeños focos. Deep Thought despierta, y les anuncia que ha finalizado sus cálculos, pero les advierte que la respuesta a “la vida, el universo, y todo lo demás” no les gustará. Los dos representantes, al borde del frenesí, gritan que no les importa y demandan conocer inmediatamente el resultado. “Siendo así”, contesta imperturbable Deep Thought, “la respuesta es cuarenta y dos”.

No cabe duda, querido lector, que Douglas Adams gozaba de un humor cáustico. Ironizó de forma sutil la obsesión que los seres humanos tenemos por obtener respuestas a todas nuestras inquietudes, por más inescrutables que sean. Está en nuestra naturaleza buscar significado en todo lo que nos rodea, e hilvanar respuestas usando toda la información que recibimos. Recordé la respuesta de Deep Thought cuando recientemente me topé con esta pregunta: ¿Cuál es el número más importante del mundo?

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Evidentemente no es cuarenta y dos. ¿Es acaso 3.14159, es decir, Pi? ¿O la constante natural e, 2.71828? Por otra parte, los números cero y uno representan el lenguaje binario, tan importante para los procesadores digitales… ¿O es el número 911, que se utiliza en caso de emergencias, y que ha salvado tantas vidas?

En mi trabajo me encuentro frecuentemente con un número que, me parece, puede ser el más importante del mundo – y como si hubiera sido inventado por Douglas Adams, irónicamente tiene los días contados.

Este número es LIBOR. El London Interbank Offered Rate fue creado en Londres en 1969 por Minos Zombanakis, un banquero griego que entonces trabajaba como representante para Oriente Medio del banco neoyorkino Manufacturers Hanover Trust (afectuosamente conocido como Manny Hanny, el cual después de una serie de fusiones terminó siendo parte de JP Morgan Chase). Zombanakis buscaba en ese momento encontrar una tasa de interés en la que los bancos participantes en el mercado de créditos sindicados estuviesen de acuerdo. La primera transacción celebrada utilizando la nueva tasa LIBOR fue un préstamo de 80 millones de dólares al gobierno del Shah de Irán, y que fue suscrito entre varios bancos internacionales. Este fue uno de los primeros créditos sindicados en la historia calculado a una tasa variable, con el objeto de reflejar las condiciones cambiantes del mercado.

Fun fact: Durante los 60’s y 70’s Londres creció en importancia como centro financiero internacional debido, entre otros factores, al hecho que China, Rusia y muchos países árabes deseaban mantener sus dólares fuera de Estados Unidos – es decir, eurodólares – por razones políticas o por temor a que fuesen confiscados por el Tío Sam.

La fórmula desarrollada por Zombanakis para determinar LIBOR era elegantemente simple. Los bancos participantes en el préstamo sindicado reportarían de forma regular sus costos respectivos de fondeo – es decir, la tasa a la que en ese momento estarían dispuestos a pedir prestado. Así, el promedio ponderado de estos costos (redondeado al siguiente octavo de punto) más el spread o utilidad de los bancos sería el precio del préstamo para el siguiente periodo.

Sin embargo, no todo ha sido como se imaginaba su creador. LIBOR nació en una época en la que la palabra de los caballerosos banqueros era suficiente para cerrar un trato: Se normaban bajo el viejo lema Dictum meum pactum o “Mi palabra es contrato”. De cualquier forma, conforme LIBOR ganó relevancia existió más presión para estandarizar la definición de esta tasa.

En 1986, la British Bankers Association (BBA) definió el mecanismo y al panel de bancos que someterían diariamente, y de forma electrónica, sus costos respectivos de fondeo en distintas monedas. Para evitar trampas, la fórmula original fue ligeramente modificada para eliminar los cuartiles superior e inferior de las tasas presentadas – pero por lo demás, el proceso originalmente diseñado por Zombanakis se mantuvo.

Para los años 90, LIBOR era la referencia generalmente utilizada para todo tipo de instrumentos como hipotecas, préstamos estudiantiles, créditos corporativos y swaps. Y cuando el Chicago Mercantile Exchange decidió adoptar LIBOR como referencia para futuros sobre eurodólares, su importancia en el corazón del sistema financiero global quedó firmemente cimentada. Hoy día más de 350 trillones de dólares en instrumentos financieros están referenciados – mejor dicho, afectados – por el valor de LIBOR en un momento dado. Como referencia, el PIB de Estados Unidos es de aproximadamente 20 trillones de dólares.

Cuando variaciones muy ligeras en un indicador propuesto por un grupo selecto de actores económicos puede tener impactos masivos en el valor de múltiples instrumentos, surge el problema que naturalmente ocurrió – la colusión entre los participantes para beneficiarse del esquema de definición de LIBOR. Para darse una idea, una variación de centésimas de punto puede representar varios millones de dólares en utilidades para un trader… lo cual resultó ser muy tentador para muchos.

Fue exactamente esto lo que sucedió en 2012, cuando estalló el escándalo de manipulación de LIBOR con implicaciones muy profundas en el sistema financiero. Como parte de la investigación, se dieron a conocer grabaciones y mensajes electrónicos a lo largo de varios años entre distintos traders bancarios, y en donde de forma clara acordaban influir en el comportamiento de LIBOR para favorecer sus posiciones. Múltiples bancos fueron multados con varios billones de dólares, y otros siguen siendo investigados. La afectación económica de esta manipulación al valor de hipotecas y préstamos en todo el mundo es incalculable. En 2014 la BBA perdió su responsabilidad de monitoreo de LIBOR, misma que fue transferida al Intercontinental Exchange, una plataforma norteamericana de trading de derivados.

Finalmente, la Financial Conduct Authority (FCA) de Inglaterra decidió extinguir LIBOR al final de 2021 y relevar al panel de bancos participantes de su obligación de someter estimaciones diariamente. Esto ha creado una discusión muy profunda a nivel global para intentar definir al indicador sustituto que permita mantener la funcionalidad que brindaba LIBOR. En Estados Unidos, la Reserva Federal de Nueva York comenzó recientemente a publicar el Secured Overnight Financing Rate (SOFR), la cual es una “medida general del costo de financiar a diario instrumentos del Tesoro”. Este indicador tiene todavía varias deficiencias sustanciales: En primer lugar, aún no existe una estructura temporal de tasas de interés (es decir, se necesitarían cotizaciones de SOFR a distintos vencimientos, con las que se pueda generar un mercado de plazos y swaps). En segundo lugar y no menos importante, LIBOR expresa el riesgo de crédito implícito de prestarle a un banco – mientras que SOFR expresa el riesgo de crédito de prestarle al gobierno de Estados Unidos, lo cual son cosas distintas.

El proceso de sustituir LIBOR por SOFR (o algún otro indicador aceptado globalmente) ya inició, y será un largo camino en el que autoridades, bancos, inversionistas, abogados y empresas emisoras buscarán sustituir LIBOR –  seleccionando un pilar que incorpore y exprese adecuadamente los incentivos que cada uno de ellos tiene en este gran juego global de prestar y pedir prestado. Es decir, crear de nueva cuenta al número más importante del mundo. No será fácil.

*CFO de Engenium Capital

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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