Los mismos medios de comunicación que convirtieron a Miguel el Piojo Herrera en un fenómeno se encargaron de exhibirlo como un villano. ¿Cómo ocurrió su paso de héroe al derrumbe?

 

Los modernos medios de comunicación y especialmente las redes sociales facilitan que ciertos personajes alcancen altos índices de popularidad, apoyados por sus expresiones, acciones laborales o en favor de otros, y por su interacción con otros actores sociales. Gracias a los propios medios de comunicación y a la gran admiración popular que logran, estos personajes caminan sobre una delgada línea que un día los convierte en ídolos o héroes y al poco tiempo los transforma en villanos.

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La condición humana nos lleva a aspirar a convertirnos en un personaje popular o al menos a disfrutar de cinco minutos de fama, pero en proporción son pocos quienes lo logran a nivel masivo. De acuerdo con el portal definición ABC, en países como España, Argentina, Italia, Estados Unidos y Perú, por citar algunos, en estos fenómenos mediáticos por lo general coincide su falta de educación, sus malos modales y, en especial, la soberbia derivada por los millones de personas que los ven como si se tratara de seres iluminados.

En todas las épocas y civilizaciones han surgido personajes que destacan por sus dones o capacidades para determinadas actividades y que, de una u otra forma, influyen en grandes núcleos de la sociedad, al grado de llegar a ser imitados, especialmente por públicos jóvenes que por naturaleza buscan referentes culturales o sociales.

Son fenómenos mediáticos que pueden ser efímeros o estar vigentes durante un cierto tiempo, dado su fragilidad al ser producto de comentarios y opiniones de los otros.

La recién fallecida periodista española Margarita Rivière, en su estudio “Fama, medios de comunicación y opinión pública”, señala que “el personaje mediático, transformado en icono y celebridad, actúa como símbolo, embajador de valores y modelos sociales y creador de opinión en todos los terrenos (desde la estética hasta la ética). También es impulsor de cambios sociales”.

A fin de cuentas, temprano o tarde, estos personajes “pierden el piso” y su fama cae de manera estrepitosa. A lo largo de la historia moderna de México han surgido estos fenómenos, marcadamente en los terrenos deportivos y artísticos y, en menor medida, en los económicos, sociales y políticos. Algunos de ellos: Hugo Sánchez, Javier Aguirre, el “Canelo” Álvarez, Fernando Valenzuela, el Subcomandante Marcos. El más reciente: Miguel, “El Piojo”, Herrera.

Estudiosos de la sociología y de los fenómenos mediáticos consideran que eventualmente surgen personajes que destacan al ocupar un cargo de responsabilidad pública, cuyos comportamientos y actitudes pueden influir de manera importante en la vida de una sociedad, aunque muchos de ellos, como en el caso del “Piojo” Herrera, ceden su protagonismo ante la posibilidad de ingresar a una nueva elite exitosa. Sin tener un poder real, logran un protagonismo mediático creciente y pueden convertirse en modelos de referencia para una parte de la ciudadanía.

Francesco Alberoni, sociólogo, periodista y catedrático de sociología, quien fuera presidente de la Radio Televisión Italiana (RAI), expresa en su libro La elite sin poder que “en una sociedad de tipo industrial, junto al poder efectivo de las élites religiosas, políticas, económicas, se ha ido perfilando la función de una élite irresponsable, compuesta por personas cuyo poder institucional es nulo, y que por tanto no están llamadas a responder de su conducta ante la comunidad, y cuya postura sin embargo se propone como modelo, influyendo en el comportamiento”.

En la conformación de estos fenómenos mediáticos influyen, desde luego, las redes sociales que los convierten en web celebrities que cobran fama, ya sea porque emergieron de las redes o porque llegaron a estas impulsadas por la televisión y otros medios tradicionales.

Me parece que el ex entrenador de la Selección Nacional de Futbol es un representante de este modelo de fenómeno mediático en que fue convertido, primero por los medios de comunicación, especialmente la televisión, y posteriormente por la gran sociedad, extasiada por la manera en que influyó en los jugadores durante el pasado Mundial para hacerlos destacar, así como por su forma de celebrar cada gol o de reclamar a los árbitros.

Herrera empezó a ser notorio por sus modales como entrenador de la selección y, antes, del equipo América. Fue obvio que a la gran mayoría pasó desapercibido que esos modales que lindan con lo violento los traía desde su época de jugador, durante la cual no pudo lograr el posicionamiento mediático que alcanzó como directivo.

Poco a poco su estilo empezó a influir en grandes núcleos de la sociedad, especialmente los jóvenes y los fanáticos del futbol. Conforme comenzó a crecer su fama mediática, se empezó a convertir en un símbolo, embajador de valores y creador de opinión en varios terrenos; le empezaron a llover propuestas para hacer comerciales de los más variados productos y servicios, lo cual reafirmó su popularidad al tiempo que le fomentó la soberbia.

Mientras crecía como fenómeno mediático, el equipo que dirigía empezó a perder el rumbo y a no dar los resultados esperados y, con ello, surgieron las críticas a su persona, muchas de ellas vertidas en opiniones como “no lo distraigan con un partido, porque tiene que estar en forma para el siguiente comercial”. Herrera empezó a perder el piso; se sintió con un poder que realmente no tenía e incluso envió mensajes en las redes sociales apoyando a un partido político.

Motivos de crítica había muchos y, al menos uno de sus críticos, lo tuvo que encarar públicamente en un aeropuerto. La soberbia ya era tal que Herrera no midió que además de la posibilidad de ser grabada, portaba la camiseta que representa a su país.

Como resultado, los mismos medios que lo convirtieron en un fenómeno se encargaron de exhibirlo como un villano. El caminar por la delgada línea que divide al héroe del villano se había roto y el fenómeno empezaba a derrumbarse.

Lo dicho: son fenómenos efímeros.

 

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