EFE.- Cada año se vierten en mares y océanos hasta 12 millones de toneladas de plástico, según datos de Greenpeace. Y, a pesar de los esfuerzos para reducir su uso y su impacto, la producción no desacelera: en 2020 llegará a los 500 millones de toneladas, un 900 % más que en 1980.

Algunos países ya han comenzado a poner freno a su producción y utilización y sus gobiernos intentan frenar el desastre.
A principios del 2019 se encontró una ballena muerta en Filipinas que tenía más de 40 kilos de bolsas de plástico en su estómago. Un estudio de una universidad australiana para el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) reveló que los humanos consumen alrededor de 5 gramos de plástico a la semana, lo equivalente a una tarjeta de crédito.

La Universidad Estatal de Nueva York constató que en un 93% de las muestras tomadas de las principales aguas embotelladas había nanopartículas de este material. Y estos son solo algunos ejemplos. La contaminación que causan los deshechos plásticos es una de las mayores preocupaciones de los países desarrollados y también de los que están en vías de desarrollo.

Entre los países que peor gestionan sus residuos están China, Indonesia y Egipto, según datos de la ONU. Algunos de ellos también son los que más producen. Otras de las principales inquietudes que rodean este fenómeno son los llamados microplásticos. Se trata de fragmentos menores de 5 milímetros (mm) que, o son el resultado de la degradación de un pedazo más grande, o son piezas ya fabricadas así.

Foto: Agencia EFE

La presencia de estos microplástiscos está tan normalizada que apenas se repara en ella. Esas pequeñas bolitas duras que incluyen cremas exfoliantes, pastas de dientes, detergentes o jabones corporales, son un buen ejemplo de ellos.
Estos fragmentos que se van por el desagüe, y que las depuradoras no consiguen filtrar por su reducido tamaño, están siendo ingeridos por animales marinos, alterando sus conductas de alimentación y reproducción. Y su viaje no acaba ahí, ya que también pueden llegar al ser humano a través de la cadena trófica.

El plástico ha pasado de ser un prometedor material para el futuro a una verdadera pesadilla ecológica. De los 8,300 millones de toneladas que se han producido en el mundo desde 1955, unos 6,300 millones aún se amontonan en vertederos y océanos.

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La conquista del plástico

El uso de los productos cotidianos que contenían plástico comenzó a normalizarse en EU en la segunda década del siglo XX y, desde allí, se exportó al resto del planeta. En 1927, comenzó la producción de PVC (policloruro de vinilo) a escala mundial.
Entre 1921 y 1937, la producción de resinas de alquitrán y otros componentes del plástico pasó, de unos 700,000 kilos anuales a más de 60 millones, según datos publicados por la BBC británica. El plástico gozó desde el inicio de buena fama y su uso se extendió rápidamente debido a su bajo costo y su versatilidad. El material se vio como un símbolo de progreso y de modernidad.

Cuando llegaron los años cincuenta, el plástico había colonizado los hogares de medio mundo. Los objetos elaborados con él se encontraban en cocinas, baños, oficinas, garajes, tiendas… estaban por todas partes y gozaban del beneplácito de los consumidores que aún no habían caído en el peligro que suponían. También encontraron su hueco en el sector industrial.

“El plástico barato (..) fomentaría la verdadera democratización de la sociedad al poner fin a los conflictos generados por la escasez de materias primas y al producir una abundancia material universal”, apuntó Jeffrey L. Meikle, historiador cultural estadounidense, en un estudio publicado en 1992.

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Foto: Agencia EFE.

Según la ONU, entre 1950 y 1970 aún se producía una cantidad de plástico que podía ser, relativamente, bien manejada. Pero en los noventa, la cantidad de residuos plásticos se había triplicado por el aumento desmedido de su producción. Toda esta ilusión de progreso sin freno se topó con un muro cuando despertó la conciencia ecológica. Los plásticos de un solo uso se estaban convirtiendo en un grave problema para la sostenibilidad del planeta.

En la actualidad se pueden encontrar plásticos de un solo uso en infinidad de formas: botellas de agua (PET), botes de champú (polietileno de alta densidad), bolsas (polietileno de baja intensidad), envases de comida (polipropileno), cuberterías de fiesta (poliestireno) y en vasos para bebidas calientes (poliestireno expandido), según indica la división de la ONU para el medioambiente.

Algunos países ya han comenzado a poner freno a su producción y utilización y sus Gobiernos intentan frenar el desastre.
La Unión Europea, por ejemplo, prohibirá en 2021 los plásticos de un solo uso y ya financia campañas de reciclaje. Además trabaja con diferentes entidades en labores de concienciación.

En los últimos años están surgiendo alternativas al plástico eficientes y más ecológicas: polímeros de origen vegetal o resina de bambú, por ejemplo, y también se promueve la vuelta a otros materiales que se usaban en el pasado y que el plástico desterró. Será la vuelta del cristal, el papel o la madera.

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