Hace 75 años, la Novena Compañía de Reconocimiento de la II División Blindada entró en París. La peculiaridad de los integrantes de ese cuerpo de la Francia Libre es que la inmensa mayoría eran españoles.

El general Philippe Lecrerc confiaba en ellos, porque los movía algo más poderoso que el amor a un país: un ideal. En efecto, creían que Europa podía salir de las tinieblas si los nazis eran derrotados y que ello serviría para encontrar el retorno de la República en España.

Lo primero empezaría a ocurrir como un castillo de naipes y para lo segundo tendrían que esperar cuatro décadas más. Así suele ser la vida.

Llegaron al Hotel de Ville y ahí colocaron el vehículo artillado bautizado con el nombre de Guadalajara. Eran 24 de agosto de 1944 y París había sido liberada.

Al paso de las horas llegarían miles de combatientes que desfilarían por la capital de Francia en una de las movilizaciones ciudadanas más grandes de la historia.

El sábado anterior le rindieron homenaje a esos españoles que dieron su vida por Francia y que habían permanecido esperando su turno en los salones de la memoria y el pasado. La alcaldesa parisina, Anne Hidalgo, quien es nieta de refugiados españoles, inauguró un mural al respecto.

Mi tío Pedro Ruiz, integrante de la Resistencia, también llegaría a las celebraciones, con la carga y las huellas que dejan los combates cara a cara, pero con la convicción de que ese día, en las grandes avenidas, escuchando la Marsellesa, para él nacía una patria.

El tío Pedro contaría, muchos, muchos años después, que ya no se hacía ilusiones y que los restos de aquellas guerras, la civil en España y la Mundial en Francia, lo habían dejado seco. Sin embargo, sí tenía, y a pesar de todo, esa coraza que lo hacía mirar con cariño la sociedad que había ayudado a construir y los valores que se preservaron.

Era ciudadano francés, pero su corazón nunca dejó de ser español, aunque a él la edad y quizá los remanentes, de su propio anarquismo, ya no le permitieron el retorno, o lo hicieron inoperante, a su país natal.

En enero de 2015 estuve en París cubriendo los hechos que se suscitaron por la matanza en la redacción de Charlie Hebdo. En ese momento también se realizó una de las manifestaciones que solo podía equipararse, por su convocatoria, a la de la propia liberación.

El tío Pedro, estoy convencido, habría vuelto con la misma enjundia y ganas de vivir con la que lo hizo décadas antes, cuando los miembros de la Resistencia acaso intuían que estaba ante uno de los acontecimientos más importantes para las democracias, dejando claro que la libertad se defiende.

 

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