Por Luis Javier Álvarez Alfeirán*

El turismo como la gastronomía representan sin lugar a duda uno de los componentes más fuertes no sólo de la economía mexicana sino de todo el mundo. Se calcula que aproximadamente el 10 % de los empleos a nivel mundial corresponden al ámbito de la hospitalidad. Es más que conocido actualmente que México, en su relación con los Estados Unidos, ha sufrido hace apenas unas semanas uno de los momentos más turbios y revulsivos ante la amenaza arancelaria por parte del presidente Donald Trump a cambio de acciones migratorias. Las economías reaccionaron y los mercados estaban atentos a la decisión política que sería tomada al más alto niveles de las autoridades diplomáticas de ambos países. Finalmente, el resultado (al menos económicamente hablando) fue positivo para ambos lados de la frontera, pero queda de manifiesto las consecuencias de alterar el frágil equilibro en la balanza comercial y debido a ello, gran parte de la estructura de los gobiernos trabaja enfáticamente para no hacerlo.

En cambio, en el ramo de los servicios, no siempre está en este nivel de prioridad para mantener el también frágil equilibrio que existe entre la persona y la prestación. Dentro del sector terciario, encontramos en la industria de la hospitalidad, –pero común igualmente en otras–, empleos poco remunerados, condiciones de trabajo precarias, largas horas de servicios y la expectativa de un trabajo siempre amable y sonriente que son condiciones laborales ordinarias; sin embargo, ¿qué tan sostenible es esto y cuál es el costo que representa para las empresas? No se suele hablar mucho de esta situación, quizás más en las distintas cámaras que representan a los hoteleros y restauranteros, pero aun así es insuficiente.

No se tiene, al menos visiblemente en el panorama de la política nacional, una agenda que impulse un reconocimiento al valor de la persona en la prestación de servicios; parece, por el contrario, que se les ve ahora como evasores de impuestos y se propone el gravamen de las propinas lo que no sólo afectará el ingreso de miles de personas sino incrementará el sentido de abandono y falta de reconocimiento de su labor profesional. Una política fiscal es necesaria en esta materia sin duda, pero debe estar acompañada de una serie de acciones adicionales que reconozcan el valor de estos trabajadores.

Los empresarios han de reconocer que los trabajadores no son solamente “componentes de la cadena productiva de los servicios” y acostumbrarse a los altos niveles de rotación que alcanzan en ciertos lugares más del 80% en apenas unos meses. Deben reconocer que estos trabajadores, tantas veces invisibles, son el “producto” fundamental que hace del turismo y la gastronomía una verdadera experiencia, más allá de lo que un destino ofrece o lo que un platillo permite disfrutar y ser tratados con el mismo nivel de prioridad que tienen los sectores primario y secundario. Sin duda México es un paraíso natural que ofrece, además de los increíbles destinos de playa; cultura, arqueología, gastronomía, arquitectura, arte y tradiciones ancestrales, entre muchas otras cosas; pero no se disfrutaría de la misma manera ni sería un competidor importante a nivel mundial (sexto en el ranking de la OMT al menos hoy en día) si no fuera por la internacionalmente reconocida calidez y hospitalidad mexicana, aportación invaluable de la persona humana.

La evolución del mercado turístico, impulsada ahora mayoritariamente por los llamados millenials, tiene un enfoque crecientemente centrado en la experiencia, y en la medida en que se vaya profundizando en la misma, el valor de la persona y de las personas que las ofrecen irá colocándose no solamente en un papel cada vez más protagónico sino relevante, y sólo aquellas empresas que entiendan este valor y actúen en consecuencia teniendo empleados realmente satisfechos en lo económico y en lo personal, podrán enfrentar los nuevos retos y mantendrán el necesario equilibrio que la industria requiere para ser sostenible en los tiempos venideros.

*Director de Le Cordon Bleu Anáhuac

 

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