Las nuevas tecnologías se encuentran de forma omnipresente en nuestra vida cotidiana. Por medio de un Smartphone se puede compartir información en Facebook o Twitter, grabar y reproducir audios y videos en YouTube, ver contenido multimedia de plataformas como Netflix o Amazon Prime, solicitar un taxi a través de Uber o Cabify, y reservar un servicio de alojamiento mediante Airbnb, entre una infinidad de otras funciones; todo ello en la palma de una mano y desde cualquier sitio, tan sólo con acceso a internet.

Detrás de estas soluciones tecnológicas se encuentra la ciencia y la innovación, y para su desarrollo es necesaria la inversión. En la sociedad del conocimiento, la tecnología y la innovación, habitualmente referida mediante el término I+D+I (investigación + desarrollo + innovación), juegan un papel fundamental; por ello, existe la necesidad de implementar un conjunto de políticas públicas en estas áreas estratégicas, de acuerdo con los objetivos de nuestro país.

Ante este contexto, resulta urgente fomentar la inversión privada en I+D+I y generar una agenda conjunta entre el gobierno, el sector privado y el académico, para replantear el modelo de investigación e innovación a largo plazo, ya que México tendría un impulso para adicionar casi el 4% del Producto Interno Bruto (PIB) cada año, lo que daría un ritmo diferente a la economía.

Bajo el impulso de la Cuarta Revolución Industrial, las economías de diversos países han “despegado”, al incorporar las tecnologías digitales. Luiz Ferezin, en su libro El muro digital, señala que existe una relación entre el aumento del PIB y la adopción digital. Aquellos países (por ejemplo, Corea del Sur, Singapur, Islandia o Israel) que se han incorporado a la nueva era tecnológica, superaron los 20,000 dólares de renta per cápita, mientras que en las economías que no han dado ese “salto digital”, el PIB presenta un estancamiento. Sin duda, la adopción tecnológica permite alcanzar mayores niveles de productividad y crecimiento.

Sin embargo, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en 2015 México fue uno de los países miembros que menos invirtieron en investigación y desarrollo, con un porcentaje de 0.5%, mientras que el promedio del resto de países miembros es de 2.4%. Por otro lado, dicho estudio destaca que solamente el 19.67% del total de inversión en investigación y desarrollo en el país provino de la iniciativa privada.

Esta estructura de financiamiento dependiente de fondos públicos contrasta con la de países desarrollados, donde la mayor parte proviene de empresas, debido a que éstas cuentan con apoyos fiscales que impulsan la innovación.

La integración de nuevas herramientas tecnológicas en los procesos industriales es un aspecto esencial para la innovación, ya que aporta importantes beneficios en términos de aumento de la eficiencia, optimización de operaciones y ahorro de costos.

Para el caso mexicano, los sectores farmacéutico, aeroespacial, químico, automotriz, electrónico, en alguna medida, para no perder competitividad, están adoptando las tendencias de la Cuarta Revolución Industrial.

Si bien, todas las tendencias de innovación tecnológica y digital son necesarias dentro de la industria, las principales oportunidades para nuestro país se encuentran dentro de las tendencias de automatización inteligente, digitalización, IoT (dispositivos de computación interrelacionados) e impresión 3D. Como consecuencia, las universidades y tecnológicos mexicanos deberán enfocar sus recursos a la preparación de técnicos profesionales en estos campos y vincularlos con las empresas.

Asimismo, la cooperación internacional es un aspecto clave para la integración de cadenas productivas y de valor en el comercio mundial, y de su conectividad a sectores globales de la información. Éste sería el verdadero atajo al desarrollo del país.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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