¿Puede gobernar el presidente Enrique Peña Nieto los siguientes cuatro años, a pesar de que ha “perdido” (o tal vez la palabra correcta es desperdició) su credibilidad?

 

“He solicitado a la Secretaría de la Función pública que investigue y resuelva si hubo o no conflictos de interés en las obras públicas o contratos otorgados por dependencias federales a las empresas que celebraron compraventas de inmuebles con mi esposa, con el titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y con un servidor.” Palabras del presidente Enrique Peña Nieto, quien buscaba recuperar su credibilidad a la luz de serias acusaciones por favorecer a empresas constructoras. Al día siguiente, la reacción de medios, expertos y la oposición fue no sólo cuestionar la motivación del presidente, sino también el nombramiento de Virgilio Andrade, su nuevo secretario de la Función Pública.

¿Cuál era el objetivo real del anuncio del presidente? ¿Comprar credibilidad o comprar tiempo? Credibilidad, recurso que todo líder requiere en abundancia, es difícil de obtener y desafortunadamente se puede perder en cuestión de segundos.

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Veamos los principios de cómo debe un líder reaccionar ante una crisis.

Primero: “Entender la situación lo mejor posible, pero también lo más rápido que se pueda; entre más se tarde en responder, mayor la incertidumbre y el daño.” En el caso del presidente y su equipo, la crisis de las casas les cayó como un tsunami. De hecho, en lugar de reconocer que estaban enfrentando una crisis, decidieron enviar un mensaje de que nada extraordinario sucedía. También parece que le apostaban a que el tiempo les favorecería y que el electorado olvidaría. Para subrayar la importancia de tomar decisiones y reconocer la crisis, retomo una respuesta de Barack Obama cuando le preguntan cómo debe diferir la toma de decisiones en situación de crisis: “Ser capaz de establecer un equipo funcional con las mejores personas; insistir en el rigor analítico, en la evaluación del origen de los problemas; asegurarnos que las voces que disienten sean escuchadas y que las opciones se exploren adecuadamente. Además, estar dispuesto a tomar decisiones después de analizar todas las alternativas e insistir en una excelente ejecución, además de una retroalimentación oportuna. De tal manera que si se tiene que corregir el rumbo esté en capacidad de hacerlo, y mantener la calma cuando lo que está en juego es crucial.”

La Presidencia está en crisis. Esto me lleva al siguiente:

Segundo: “Tomar decisiones e implementarlas rápidamente.” Entonces hay que preguntar: ¿Qué podían haber hecho el presidente y sus asesores ante los señalamientos? El historiador Enrique Krauze sugirió que el mandatario debería “pedir perdón”. En la política mexicana, a diferencia de otros países, pedir perdón es una señal de debilidad. Probablemente el error más grande de la Presidencia fue no reconocer públicamente, y de manera inmediata, la indignación ante lo presentado. Pareciera que la estrategia, ahora, es ganar tiempo para ver si el presidente y el PRI pueden sobrevivir las elecciones intermedias. Esto me lleva a los siguientes:

Tercero: Evitar voces discordantes y buscar apoyos de otros actores. Dejar a un lado el “rollo político”.

Cuarto: Precisar los motivos de la crisis y cómo se les hará frente.

Quinto: Comunicar constantemente y llenar los vacíos informativos.

Decidieron hacer nada, con la esperanza de que las cosas cambiarían. Esto se reflejó en su estrategia de comunicación, y también fue un gran error. La falta de reconocimiento de la crisis fue lo que probablemente más impactó en la credibilidad del presidente y su equipo. No llenar los vacíos informativos creó la percepción de una Presidencia incapaz, frívola y corrupta, en un momento en que el país enfrenta varios problemas económicos y de seguridad.

¿Puede gobernar el presidente Enrique Peña Nieto los siguientes cuatro años, a pesar de que ha “perdido” (o tal vez la palabra correcta es desperdició) su credibilidad? Sí, sí puede. Y seguramente, con una estrategia calculada, podrá restablecer la confianza, hasta cierto punto. Pero esto requerirá de tiempo y de resultados concretos. Los mayores riesgos que enfrenta la Presidencia: Que siga lentamente desangrándose, exhibiendo absoluta incapacidad de reaccionar. El segundo es una megacrisis, un desastre natural extremo, un desplome de la economía u otra crisis de seguridad como la de los “43 desapa­recidos de Ayotzinapa”. Crisis extremas requieren de credibilidad extrema. Y eso es algo que no tiene el presidente en este momento.

 

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