En los últimas semanas y días ha habido una gran especulación sobre la forma apropiada de enfrentar el reto que representa para México la administración Trump en los Estados Unidos.

Generalmente, se dice que frente a una circunstancia externa uno tiene dos maneras de comportarse. La primera es responder a la circunstancia y la segunda es reaccionar ante la misma. Por responder me refiero a dar justamente una respuesta que implica una estrategia, pensar con anticipación y planificar cómo va uno a hacer frente a esta nueva condición de la mejor manera posible, requiere hacer una valoración honesta de las cosas y encontrar los puntos de poder que se tienen. Requiere un trabajo previo y, al mismo tiempo, tener una cierta malicia sobre la mejor manera de proceder. Opuesto a esto, tenemos la alternativa de reaccionar ante las circunstancias, lo que implica no anticipar, tomar las cosas de “bote pronto”, con el efecto sorpresa de lo no planificado y carencia de estrategia buscar obtener un resultado heroico y de acuerdo al famoso “pues de lo perdido, lo que aparezca”. No se sustenta esta alternativa en los puntos fuertes, sino en tratar de hacer frente como se pueda. Es bastante claro que responder opuesto a reaccionar es la mejor manera de hacer frente a cualquier circunstancia externa.

A juzgar por los recientes mensajes vía twitter que Trump ha escrito amenazando a General Motors y a Toyota sobre sus inversiones en México, además del anuncio, ya oficial, de Ford sobre la cancelación de su planta en San Luis Potosí, queda claro que algunos de las propuestas y promesas de campaña empiezan a cumplirse incluso antes de la toma de posesión. Y qué decir de su reciente anuncio de que, “a la mala o la buena”, México pagará irremediablemente por el muro, independientemente que se empiece a construir con recursos fiscales de los estadounidenses. Estas tempranas acciones lo que nos deben indicar es que debemos pensar en forma mucho más seria y estructurada cualquier tipo de respuesta.

No hay nada novedoso en esperar un modelo diferente de relación. La misma llegada de Trump al poder cimbró a los Estados Unidos y al mundo, muchos se han sentido sorprendidos por la llegada de alguien que es un externo al régimen tradicional de partidos de nuestro vecino y que llegó con un discurso que lastimó a muchas personas por diversas razones. Así que, en sí misma, la llegada de un externo en esta forma ha sido disruptiva. En este sentido, hace mucha lógica -es casi natural- pensar que su gobierno y su manera de conducirse tendrá estas mismas características. La pregunta crucial es entonces si frente a un gobierno disruptivo en su forma de negociar, funcionaría tener una negociación tradicional o sería importante diseñar una disruptiva o proveniente de “fuera de la caja”. Por tradicional me refiero a una basada en los argumentos lógicos-racionales, un “toma y daca” en el que el oponente gana X, mientras yo obtengo Y. ¿Es esto lo que hace sentido? Al parecer el Estado mexicano -por lo que ha revelado hasta ahora con sus posturas y nombramientos- se prepara para una negociación de esta índole, que es a la que estamos acostumbrados negociando nuestros exitosos tratados de libre comercio con más de 60 países. Si bien el secretario Videgaray anticipó el triunfo de Trump y buscó un acercamiento, es claro hasta ahora que el gobierno de Trump -integrado en una interesante mayoría de hombres de negocios- pareciera relacionarse más con honrar sus promesas de campaña que con buscar buenas relaciones personales con políticos profesionales de otros gobiernos.  El estilo de Trump no es el de Hillary. No hay “quedar bien”.

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Trump es un hombre de negocios que entró a la política, y el primer acercamiento con México que trascendió tras ganar la presidencia fue su reunión con Carlos Slim. Así que esperar una negociación tradicional definitivamente no hace mucho sentido. Veamos un poco, ¿qué pasa si Trump nos plantea una negociación en la que nos pide intercambiar un aumento en el contenido original estadounidense en la industria automotriz o que lo ajusten otros por nosotros -las automotrices mediante otros incentivos o penalizaciones- a cambio de que la fiesta oficial relevante para los mexicanos en Estados Unidos deje de ser el 5 de mayo y sea ahora el 16 de septiembre? ¿Imposible de esperar por absurdo? ¿De verdad? Y si no nos gusta, pues lo tuitea para que quede clara nuestra poca disposición. No, no funciona una estrategia diplomática, gradualista, incrementalista, basada puramente en los beneficios del comercio internacional, las ventajas para ambos países y la idea de Norteamérica. Pareciera que considerar un enfoque tradicional en un escenario así de disruptivo resultaría igual de absurdo, improductivo por lo menos. En cierta manera responder X frente a Y es reaccionar. Es necesario pensar en una respuesta apropiada y jugar con todas las cartas y herramientas a nuestra disposición. Pero ¿cuál puede ser esta respuesta del gobierno de México?

Se requiere hacer frente a esta circunstancia con un enfoque disruptivo y desde el Estado mexicano. No sólo con la participación del poder Ejecutivo sino también involucrando al Legislativo. Por ejemplo, México juega un papel crucial en lo que se refiere a seguridad fronteriza y migración. Adicionalmente, están decenas de tratados internacionales con los Estados Unidos que son acuerdo para muchos temas, entre ellos la venta de los territorios y el fin de la guerra México-Estados Unidos. El hecho de que los terroristas no crucen desde México a los Estados Unidos no es casualidad. Es resultado de las políticas migratorias y de visado que ha impuesto México a ciertos países. Más aún, durante decenas de años la relación México-Cuba sirvió de cierta forma como un derecho de picaporte con el gobierno de los Estados Unidos. Era una relación que causaba fricción y, al mismo tiempo, nos daba una cierta independencia y poder para algunos asuntos. Es más, una isla tan pequeña como Cuba tuvo de cabeza a los Estados Unidos durante décadas. ¿Qué pasaría si México deja de ser el socio estratégico en temas como seguridad y migración? Tenemos una frontera de poco más de 3,000 kilómetros y somos la economía número 11 del mundo medida en paridad de poder de compra. ¿Tiene esto un valor para los Estados Unidos? ¿O tiene más peso Cuba? Algunos dirán que son cosas diferentes y, ciertamente, lo son. Sin embargo, el trato digno, apropiado y que nos honra como vecinos en un ambiente disruptivo requiere una negociación que hace ver a cada quién su importancia, valor y poder. En negociaciones disruptivas se requieren enfoques disruptivos, revisar las fuentes de poder y legitimidad de cada uno. No puede uno sentarse en la mesa pensando que debe obtener lo que merece.

Por otro lado, ¿qué decir de la relación de México con China? Somos competidores en un escenario de libre comercio por el mercado de Estados Unidos. Y, al mismo, tiempo, somos países distantes con una relación importante para aprovechar. China es ya la segunda economía más grande del mundo, nuestro intercambio comercial es muy alto y nuestra cooperación a nivel países muy limitada en muchos aspectos como en lo científico, tecnológico y, por supuesto, militar.

Dudo que el estrechamiento de las relaciones México-China sea algo que esté en el beneplácito e interés de los Estados Unidos pues tampoco lo fue con Cuba. Sin embargo, como dice el dicho, “los vecinos para serlo, tienen que parecerlo”. Y, en esta vida, uno no obtiene lo que se merece, sino lo que negocia. ¿Vamos a responder o reaccionar?

 

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