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El gobierno de AMLO cancela subastas petroleras pendientes

La personalidad es uno de los componentes que definen a un político, quien debe aplicar su inteligencia y habilidades en beneficio del pueblo, desarrollar estrategias efectivas para imponerse a los obstáculos y a los opositores, mantenerse vigente, generar impacto y asumir el poder como vía de transformación.

 

Como menciono en la primera entrega, el discurso, la oferta, propuestas, trayectoria, objetivos, contexto, posicionamientos, ideología, formación, valores, perspectiva, proyectos y programas de los actores políticos son los componentes a partir de los cuales podemos definir y distinguir diferentes estilos de liderazgo. Aquí la segunda y última parte:

Visionario: Este estilo lo dominan los políticos que aprovechan las coyunturas en que los ciudadanos están buscando cambios. Capitalizan la inconformidad de la gente asumiendo como oferta el signo del progreso, la innovación y la evolución.

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Sus discursos están llenos de inspiración, motivación, reflexión. Proponen cortar de tajo con el pasado y abrirle camino a lo nuevo. Personajes de edad mediana funcionan para este estilo, pues deben combinar un poco de experiencia con la energía de la juventud.

El visionario es un emprendedor, un explorador, alguien que invita a la aventura, que le ofrece a la sociedad la oportunidad de abrir mercados, nuevas ideas, nuevos horizontes. Su vestimenta, lenguaje y estilo de vida reflejan distinción sin excesos, minimalista, casual, contrastante, fresco.

La oferta es simple: la disputa política es por la reconstrucción, el cambio, mejora y ascenso de la sociedad, rompe la rutina y mira hasta dónde puede llegar. La cita es con el futuro.

Oportunista: En política, saber aprovechar el momento, subirse en la inercia y dominar el arte de la improvisación suelen producir buenos dividendos para los osados, los miméticos, los actores y los calculadores que sepan encontrar las rendijas por las cuales pueden concretar sus ambiciones personales.

Estos personajes aprovechan la volubilidad y falta de memoria histórica del ciudadano. Cambian de partido y colores sin dudarlo, se construyen y reconstruyen una y otra vez, pasan de la izquierda a la derecha, conservadores liberados y liberales conservados, nada los detiene.

Sus redes sociales, formación académica, relaciones personales, propaganda, discursos, estado civil y trayectorias son misteriosas; se alteran en cada ciclo electoral. Expertos trapecistas, saben que la política es una rueda de la fortuna: a veces estás abajo, otras arriba; eso no importa mientras te aferres a ella.

Populista: El líder populista debe ser primero popular. Forjado en la parte amplia de la pirámide social, conoce a fondo la problemática nacional, la ha vivido en carne propia, el pueblo lo reconoce como uno de los suyos, lo aclama, lo sigue y lo defiende de sus detractores.

Su propuesta es clara, simple y en lenguaje muy cotidiano: acabar con vicios de un sistema enquistado dominado por un grupo de intereses perversos que concentra la riqueza y los privilegios, viviendo con gran lujo a expensas del sacrificio inhumano del pueblo.

Ante la enorme desigualdad, la injusticia, la inseguridad y la corrupción aberrante nadie pude discutir el fundamento filosófico. Las causas sociales son muy claras, contundentes, insultantes, pero hay que sustentar el método, la forma, la ruta intachable del progreso. El gobierno tampoco puede hacer todo y de todo; cada quien debe poner lo que le toca, es decir, a cada derecho corresponde una obligación ciudadana. Los programas sociales cuestan y no pueden dejar de verse con criterios de sustentabilidad, viabilidad, eficiencia.

Sometido al escrutinio de sus enemigos, el populista vive en la cuerda floja todo el tiempo. Sin duda, las clases beneficiadas del sistema actual miran con mucho recelo a quien quiera alterar el estado de las cosas, echándole en cara el exceso de promesas, el asambleísmo, los alardes, su protagonismo y un estilo demasiado irreverente de hacer política que suele generar muchos seguidores pero que –razonablemente– no resulta efectivo a la hora de hacer números.

Estratega: Ganar elecciones es una cosa; ocupar un cargo público, otra, y todos los ciudadanos en pleno goce de sus derechos pueden aspirar a ambas sin ningún problema, con todas las de la ley y en condiciones de igualdad y equidad, pero tener poder, eso no es para cualquiera. Los estrategas representan la operación política, los hábiles para sentar acuerdos, sumar fuerzas, manejar conflictos, mover a las masas y hacer uso de las tácticas necesarias para enfrentar a sus adversarios. Su vestimenta es impecable, exquisita, refinada, distintiva. La dicción profunda, concreta, precisa.

Llegadas y despedidas son rituales, ceremoniales a la vieja usanza, pero con el signo de la alegría, la seguridad que provee la contundencia, el resguardo de la fuerza y la cercanía inexpresiva. Son notables, muchas veces rudos, pero efectivos, concretos, distantes.

Antes de ser populares son respetados. Se les critica en silencio y de lado; todos dudan de hacerlo de frente y en voz alta. Sus activos son el dominito absoluto de sus emociones y su pensamiento crítico. Se les reconocen cualidades, habilidades, recursos, relaciones, pero se les escatima humanidad y sensibilidad.

Son protagonistas a quienes los reflectores les llegan solos; su presencia pesa, su actuar genera mitos. El poder persuasivo del discurso crudo, la verdad obvia e implícita, el arte de hacer política sin restricciones ni complejos. La medianidad asusta si se acerca a la mediocridad.

 

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