Por Javier Arreola y Humberto Robles*

La coyuntura electoral ha traído a debate el modelo económico de país, donde diferentes actores realizan señalamientos y críticas hacia una u otra dirección. Sin embargo, la falta de profundidad y detalle, aunada al enfoque en las acusaciones, ha causado que el debate sobre la competitividad pasara desapercibido.

Este señalamiento resulta asombroso debido a que la mejora en la competitividad puede incidir en temas de la agenda: mejora de estándares de vida, creación de riqueza, incremento de felicidad, aumento de retornos de inversión, estabilidad económica y resiliencia financiera, reducción de pobreza, entre otras discusiones de la agenda.

Ante ello vale preguntarse, ¿qué es competitividad y cuál es la posición de México? Y, ¿cuáles pueden ser los pilares de la agenda de competitividad para la próxima administración?

Competitividad: Definición y factores

Existen múltiples definiciones de competitividad, pero la más reconocida es la empleada por el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), que la define como “el conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el nivel de productividad de un país”.

México ocupó la posición 51 de 137 en el Índice Global de Competitividad (IGC) 2017-2018, manteniendo la misma posición del año anterior, y apenas una posición arriba de la ocupada en 2007, en dicha edición aún aparecía Puerto Rico en el listado, por encima de nosotros.

¿Cómo podemos interpretar este resultado? Si nuestro benchmark fuera nuestro lugar en el mundo por el valor total de nuestra economía, la décimo primera del mundo medida en PIB por paridad de poder adquisitivo, México estaría claramente no solo reprobado, sino aparentemente satisfecho con su bajo rendimiento.

Asimismo, relativo a otras economías emergentes, este último decenio representaría para nuestro país una década perdida en términos relativos de competitividad: mientras que nosotros nos estancamos, otros países con algunas características afines crecieron sustancialmente en este renglón. Por ejemplo, Panamá ascendió 9 lugares en el ranking (del 59º al 50º lugar), Costa Rica 16 (de la 63º a la 47º posición), Indonesia 28 (del número 54 al 26) y Bulgaria 30 (del 79º al 49º lugar).

Otro enfoque para interpretar los resultados sería indagar sobre la situación del país en cada uno de los elementos del índice. En este sentido, el IGC se desglosa en doce áreas diferentes, agrupadas en tres componentes:

  1. Requisitos básicos.Incluye instituciones, infraestructura, entorno macroeconómico, salud y educación primaria.
  2. Potenciadores de eficiencia. Considera el funcionamiento de los mercados financieros, laborales y de bienes, la capacitación y educación superior, así como la preparación tecnológica.
  3. Innovación y sofisticación. Consta de sofisticación de los negocios e innovación comercial.

Estos componentes incluidos por el Foro Económico Mundial en el IGC, van más allá de un mero rigor económico o estadístico, sino que representan los factores que impulsan el crecimiento económico de largo plazo y, por ende, la prosperidad de los países.

Al explorar la situación de México en las doce áreas que conforman el Índice 2017-2018, las tres que poseen las peores calificaciones, tanto en términos absolutos como relativos, son: instituciones, innovación y eficiencia del mercado laboral. Por tanto, estos tres rubros se vuelven ingredientes irrenunciables para desestancar la competitividad del país.

  1. Construcción y fortalecimiento de Instituciones

En el apartado de crimen organizado apenas superamos a 3 de 137 economías: Venezuela, Honduras y El Salvador; y en confianza en los servicios policiales superamos solo a El Salvador, Guinea y Venezuela. Otros aspectos públicos de las instituciones en los que somos calificados pobremente son favoritismo en decisiones de funcionarios, desviación de fondos públicos, confianza en políticos y eficiencia en el gasto gubernamental. En cuanto a las instituciones del sector privado, se señalan áreas de oportunidad, tanto en su comportamiento ético, como en la protección de los derechos de accionistas minoritarios.

La calificación recibida en este rubro debe considerarse con seriedad dada la importancia medular que representan las instituciones en la prosperidad de los países, una idea que recientemente fue popularizada por el libro “¿Por qué fracasan los países?” de Daron Acemoglu y James Robinson.

De acuerdo con estos autores, la riqueza de las naciones no radica en los seres humanos, la geografía, el clima ni la genética, sino en las instituciones, las cuales crearán condiciones de generación de riqueza si respetan la propiedad privada, la libertad de elección, la participación ciudadana, la igualdad de oportunidades, entre otros factores.

En este proceso de las instituciones como generadoras de las reglas del juego, habría que considerar la gran desconfianza que existe hacia ellas por la mayor parte de los mexicanos, plasmadas en la más reciente encuesta de Confianza en Instituciones de Consulta Mitofsky, en la que se señala a los partidos políticos, los sindicatos, los diputados y la policía como las instituciones en las que los ciudadanos poseen menor confianza.

  1. Innovación

La innovación es el segundo pilar de competitividad en el que estamos peor calificados. Ésta comprende aspectos como la capacidad de innovación, la calidad de las instituciones de investigación científica, la disponibilidad de científicos e ingenieros, así como las patentes.

En esta dimensión, los rubros en los que obtuvimos peores resultados son la procuración de fondos gubernamentales para el desarrollo de productos tecnológicos avanzados (posición 90), el gasto de las compañías en investigación y desarrollo (I+D) (posición 77), la capacidad innovadora del país (posición 70) y patentes (posición 58).

En cuanto a procuración de fondos, el presupuesto del Conacyt alcanzó apenas el 0.58% del Presupuesto de Egresos de la Federación de 2018.  Asimismo, de acuerdo con la UNESCO, en 2015 México invirtió el 0.55% del PIB en I+D, menor al mínimo de 2.0% que se proponen la mayoría de los países desarrollados, y también menor a países como Egipto (0.72%), Malasia (1.30%), Tailandia (0.63%) y Túnez (0.63%).

  1. Eficiencia del mercado laboral

El tercer pilar en el que tenemos la peor calificación del IGC es la eficiencia del mercado laboral. Algunos de los componentes y nuestra respectiva posición son: el lugar 114 de 137 economías en participación (%) de las mujeres en la fuerza laboral, el 98 por prácticas de contratación y despido, y el 94 por efecto de los impuestos en los incentivos para trabajar.

Si bien de primera impresión parecería que lo que se necesita es una nueva Reforma Laboral, el trasfondo es multidimensional y tiene el fin de incrementar la productividad del capital humano. Así, se requerirá una política de mayor flexibilidad para la reasignación de fuerza de trabajo a segmentos emergentes y sectores tecnológicos, la atracción de talento internacional y la retención del mejor talento nacional, así como la retribución salarial basada en el rendimiento individual y una redistribución más balanceada del reparto de utilidades.

Una Agenda para la próxima administración

Y entonces, ¿por dónde empezar para volver más competitivo a nuestro país? En primera instancia, además de trabajar sobre aquellos pilares en los que estamos en peor situación, necesitamos considerar que las métricas nacionales no reflejan ni caracterizan a todas las regiones del país, especialmente uno tan diverso como el nuestro. Por ende, se requiere un enfoque regional para superar las carencias, sobre todo en aquellas entidades que se han rezagado en el tiempo.

Finalmente, caben destacar dos aspectos. El primero de ellos es reafirmar la urgencia de la situación. Un país como México, golpeado por la inequidad, la inseguridad, las controversias sobre el crecimiento económico, las fuerzas externas y sus propios fantasmas no se puede dar el lujo de permanecer otra década con competitividad estancada.

El segundo de ellos es el oportuno recordatorio que la competitividad no es un fin, sino un instrumento para alcanzar otros objetivos como los mencionados al principio. En medio de la Cuarta Revolución Industrial, la mejora de la competitividad tendrá diferentes dimensiones, tales como la especialización en algunas industrias, el desarrollo de capacidades intangibles, la mejora en la eficiencia del gobierno, entre otras.

Además, una mejora neta en la competitividad no implicará necesariamente avanzar en los rankings, ya que es posible que otros países hagan más; la competencia global es muy fuerte. Pero no hacerlo, no solo tendrá mayores costos que la inversión requerida, sino que nos condenará a perder un tren que cada día será más complicado alcanzar.

*Humberto Robles es economista, licenciado en Biociencias, científico de datos, consultor y profesor de innovación del ITESM.

 

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