Resultó bastante curioso que en el segundo día de actividades del Festival de Cannes se presentara con bombo y platillo la restauración de la seminal obra de Luis Buñuel, “Los olvidados” (1950), en el marco de Cannes Classics al mismo tiempo que las dos películas de la competencia oficial presentadas retomaban personajes similares: marginados y rebasados por un sistema económico y social injusto que los dejaba únicamente con su rabia para defenderse ante el abuso.

Casi 70 años después, quienes buscan hablar sobre la marginalidad en el cine, parten desde el mismo enojo.

Por un lado, el debutante de 39 años Ladj Ly presentó “Les miserables”, película que toma de la famosa novela de Víctor Hugo su título para presentar la rutina de un equipo de policías que trabajan en uno de los barrios más peligrosos de París en medio de inmigrantes africanos y árabes, tratando de dirimir los enfrentamientos cotidianos entre cada grupo con lujo de autoritarismo y rampante xenofobia. La película de Ly hace uso, casi abusivo, de tomas de drones, dado que estos tienen un papel fundamental en la narrativa de la película, para tratar de dar un sentido de urgencia a su relato.

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Aunque resulta entretenida, a pesar de ciertos momentos torpes, “Los miserables” toma una postura que no es muy distinta de la de sus policías: por un lado, los castiga con brutalidad, mientras que por el otro busca defenderlos y hasta salvarlos de su condición a través de un uso “razonado” de la fuerza.

El principal problema de la película radica justamente en una postura política y social cuestionable, que aparentemente toma partido por los “débiles”, dejándoles hacia el final el arma con la empuñadura en la mano.

En la misma línea, “Bacurau”, la nueva película del cineasta brasileño Kleber Mendonça Filho -reconocido por la bella “Aquarius” (2016)-, es una suerte de western latinoamericano que toca una clave similar a “Pájaros de verano” (Guerra & Gallego, 2018) en la revisión de un género cinematográfico, con resultados regulares.

La película presenta la historia de un poblado ficticio (el Bacurau del título) en un futuro no especificado que después de sufrir la muerte de su matriarca Carmelita, una mujer de 94 años, desaparece del mapa y recibe la visita de un feroz grupo de turistas mercenarios anglosajones que cazan seres humanos como deporte.

Gratificante de ver y con planos rebosantes de belleza y misterio, la energía que mueve “Bacurau” es la rabia, el deseo de venganza y la necesidad de retribución, lo que nos deja con un relato estilizado y sumamente visceral que deja una satisfacción efímera después de verla y que toma una clara postura contra la situación política actual de Brasil. Ya nos enojamos, pero ahora ¿qué viene?

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