Coleccionista de arte, narrador obsesivo, fetiche para las firmas de lujo y ahora fotógrafo. Entramos en la intimidad creativa de Pedro Almodóvar, el director español más internacional. El realizador vuelve a hacer historia.

Por: Alberto Pinteño

Le di al stop de la grabadora. Había finalizado la entrevista. Pero nos quedamos conversando un rato más off the record. Marisa Paredes encendió un cigarrillo y me preguntó hacia dónde dirigía mis pasos. Recuerdo entonces (era 2015), que iba a ver una exposición del arquitecto y diseñador finlandés Alvar Aalto en Madrid. «¿Sabes, querido, cuál es la mejor galería de arte que jamás puedas ver?», me preguntó con su voz ronca sin esperar ninguna respuesta de mi parte. «Cualquier película de Pedro…»

Han pasado dos años de aquello y Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949) ríe a carcajadas cuando se lo recuerdo. Estamos frente a frente en el que podría ser perfectamente otro de los escenarios de sus películas: su despacho en la productora El Deseo. Una alargada mesa de madera sin tratar inspirada en Louise Bourgeois sostiene una lámpara muy similar a la Anglepoise de George Carwardine. Detrás de él, casi un centenar de pequeños marcos encuadran las fotografías de toda una carrera, de Banderas a Madonna; de Julianne Moore a… Marisa Paredes. A la izquierda, una estantería está repleta de premios y esculturas de uno de sus artistas fetiche, el valenciano Miquel Navarro. «Detrás de cada uno de los objetos que me pertenecen hay un viaje, el estreno de una de mis películas, mis vivencias, las personas con las que los he compartido… Para mí son la clave de toda mi vida», asegura mientras se despide de su otra mitad, su hermano y productor Agustín Almodóvar.

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«El arte es esencial en mi filmografía y, como narrador, una obra puede acabar dando sentido a un personaje», reflexiona el direc- tor manchego. Lo hemos visto en el particular universo de Almodóvar, en la importancia de una taza de Fornasetti o la serie Gun, de Andy Warhol, en Los abrazos rotos; en la loza de Sagardelos o la recreación de la Venus de Urbino en La piel que habito; en la silla Wassily de Marcel Breuer o la lámpara Tolomeo en Mujeres al borde de un ataque de nervios; las esculturas de Navarro en Julieta o el sillón de Gaudí en Todo sobre mi madre.

La mirada de Pedro Almodóvar

Foto: Mike Marsland/Mike Marsland/WireImage

Sus películas, efectivamente, están llenas de obras de arte, pero entre las obsesiones de Pedro hay una que es especialmente sugerente: planos que calcan pinturas, fotogramas que parecen lienzos. El personaje de Pepa (Carmen Maura) sentada sobre su cama en Mujeres al borde de un ataque de nervios recuerda a la composición Sol Matutino de Edward Hopper o el desnudo que protagoniza Bibiana Fernández en Kika se asemeja a La ciudad por la mañana, o el plano de La Ley del deseo idéntico a Nightwaks; la influencia de Roy Lichtenstein, Jean Cocteau, Piet Mondrain, David Hockney o Salvador Dalí, con el tigre de La piel que habito salido de su obra Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar.

Los objetos decorativos de deseo así como la presencia del arte pictórico es inherente a la obra de Pedro, toda una declaración de principios en las estéticas que le rodean. El universo almodovariano que viaja entre el pop-art, lo kitsch y el camp le ha llevado al propio director a ser imagen de firmas de lujo como Missoni, cuando en 2012 protagonizó la campaña primavera-verano de la marca textil italiana en un escenario típicamente español: el legendario tablao flamenco Villa Rosa, el mismo sobre el que Miguel Bosé interpretaba Un año de amor en la película Tacones Lejanos. Unas imágenes que rubricó el prestigioso fotógrafo Juergen Teller, el retratista de cabecera de los reyes de Holanda. A Missoni le siguieron las parisinas Galerías Lafayette cuando, a punto de estrenar Los amantes pasajeros, el icónico artista plástico Jean-Paul Goude retrató a Pedro como imagen de los grandes almacenes inspirado en el legendario creador del Ballet Ruso Serguéi Diáguilev. Y la última lección de buen gusto ha sido el acierto de Miuccia Prada en elegir al manchego como imagen de la colección masculina de este otoño-invierno. En esta campaña, el reputado fotógrafo belga Willy Vanderperr captura al Almodóvar más arty en un fashion film de treinta segundos donde le vemos rodeado de creaciones de la firma así como de delicados objetos de arte. Esos que tanto aprecia.

La mirada de Pedro Almodóvar

En sus bodegones, el director ofrece una visión inédita a su universo más privado: objetos personales seleccionados por él que, tal vez, formen parte en un futuro cercano del atrezzo de alguno de sus filmes. Foto: The Fresh Gallery

Pedro, aún sentando frente a mí, salta de la silla y se inclina a recoger una caja de cartón repleta de marcos que está a su derecha. «Mira, esta querencia por el arte ha hecho posible esto…», me dice mientras me enseña decenas de fotos realizadas por él durante los últimos años y que han visto la luz en forma de exposición bajo el nombre de Bodegones Almodóvar en la madrileña Fresh Gallery. «Empecé durante una Semana Santa por absoluto tedio, casi desesperación. Impulsado por ese sentimiento he hecho muchas cosas en mi vida para luchar contra el vacío del tiempo —asegura sin vacilar—. Unos meses antes había visitado una exposición de Antonio López y los realistas madrileños de los años 50. Había un cuadro muy sencillo de Isabel Quintanilla, sólo era un vaso y una flor, pero tenía una capacidad de emoción increíble. Inspirado por aquello, coloqué un vaso en la encimera de la cocina. Así comenzó este idilio…», recuerda.

Esculturas de Pello Irazu conviven con lienzos de Dis Berlin, cristales de Venini, granadas y kiwis. Bodegones de aliento pictórico que beben de la fotografía de Nan Goldin, del expresionismo de Diane Arbus y de ese hiperrealismo madrileño de López y Sánchez Cotán. Objetos que Pedro ha ido acumulando a lo largo de los años y muchos de los cuales han formado parte de los decorados de sus cintas.

TODOS ESTOS OBJETOS TE POSEEN MÁS A TI, QUE TÚ A ELLOS, ¿NO ES ASÍ?
Sí, por supuesto. Creo en la larga vida de los objetos y muchas veces nos sobreviven cargados de secretos y de historias que nos atañen. Tengo una casa muy grande y muy desordenada donde me gusta ver estas obras y convivir con ellas. A veces hay una lucha de estas piezas y de la pintura por el espacio. Esto ha sido una especie de homenaje.

EN CIERTA MANERA, ESTOS BODEGONES TIENEN ALGO DE AUTOBIOGRÁFICO…
Absolutamente. No sólo porque están retratados en el lugar donde vivo, donde paso mucho tiempo y que no comparto demasiado, sino también porque todos reflejan una parte de mí, de mis vivencias. Me da hasta un poco de pudor. Yo jamás he escrito una autobiografía, pero podría escribirla justamente acompañando de un texto los objetos que salen en esta exposición y mi vida estaría por completo enredada en ellos.

¿TE RESULTA DIFÍCIL DESPRENDERTE DE TODOS ESTOS OBJETOS ARTÍSTICOS?
Me resulta hasta desgarrador desprenderme de algo porque sólo hayan tenido un valor en el tiempo, pero no puedo acumularlo todo. Entonces le voy dando a mi secretaria, Lola, algunos de los objetos y los va acumulando en cajas en un edificio contiguo a esta oficina y le hace fotos. A veces, cuando estoy preparando una película, miro esas cajas y recupero algo, y aparecen en la decoración del filme. Quizá también es ese mi pretexto para guardarlo… (risas), que se conviertan en atrezzo de una película futura.

ESTAS FOTOGRAFÍAS ROZAN LO PICTÓRICO, ¿ES LO QUE PRETENDÍAS?
Lo pretendía, sí. Con toda la humildad hablo de los maestros del hiperrealismo, como Antonio López, pero sí que iba buscando un aliento pictórico. No soy una persona técnica, pero sí alguien acostumbrado a componer imágenes; he hecho ya 20 películas. Fotografiaba sin luces y vigilaba la ventana a lo largo del día y sólo he disparado a determinadas horas con luz natural, de ahí lo pictórico. En estoy soy muy Fellini…

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