“Yo dormía, pero mi corazón velaba” … se me viene a la cabeza este verso del Cantar de los Cantares, al pasar delante del Museo de Diego Rivera en el corazón de Ciudad de México y no puedo dejar de pensar lo fino que hilaba Zubarán.

A mi espalda dejo el bellísimo edificio de Bellas Artes y el frescor de la Alameda Central, mientras paseo hacia el Museo de San Carlos, apenas a 10 minutos, por la avenida Puente de Alvarado. El paseo me sienta bien y, en realidad, no voy, sino que vuelvo al Museo, donde Konrad O. Bernheimer -presidente de Colnaghi, galería más antigua y prestigiosa del mundo- y el Museo Nacional de San Carlos -bajo la dirección inteligente y entusiasta de Carmen Gaitán, inauguran la exposición “Del Pontormo a Murillo, entre lo sagrado y lo profano”. Digo “vuelvo” porque tuve la suerte de asistir al “colgado” de los cuadros a su llegada, esa ceremonia casi mística, donde todo es tan protocolario, que parece rito: la descarga de esas cajas que son pura tecnología -estancas, a medida de cada obra, con una temperatura interior de 20º grados-, su apertura, para descubrir tesoros con toda el aura de lo único; los guantes blancos de los técnicos, sus batas, su minuciosidad, las instrucciones del curador… es muy difícil no sentir mariposas en el estómago y dar gracias por que la vida te dé la oportunidad de vivir un momentos así.

Vista del cuadro en la exposición “Del Pontormo a Murillo. Entre lo Sagrado y lo Profano” en el Museo Nacional San Carlos de México.

“Yo dormía, pero mi corazón velaba”, vuelvo a pensar al ver la fachada del museo, antiguo palacio construido por el valenciano Manuel Tolsá y, al entrar, caigo por primera vez, en hasta que punto el Palacio de San Carlos, se parece al de Carlos V en la Granada natal de mi madre. Sé que cada uno de los cuadros que voy a ver pertenece a esa élite, donde belleza, inteligencia y espíritu, se han unido para formar un objeto que ha hecho y es historia… pero mi cabeza no deja de ir, y volver a ir, a uno en particular: el “Retrato de la Virgen María Niña Durmiendo”. Zurbarán es el maestro de la “latencia”, lo que está, pero no vemos, la superficie -casi lo superficial- como manifestación de lo profundo; nos embelesa ver la superficie del mar, pero nos asombra el abismo que cubre. Así es Zurbarán para mí.

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Ha pasado menos de una hora y ya ha comenzado la inauguración, el protocolo, esos invitados permanentes ya, que son los medios de comunicación trabajan con discreción. Habla Carmen Gaitán y entre sus palabras se me quedan grabadas cuatro “lo antes nunca visto”, también pienso en la claridad con que explica lo que vamos a ver en unos minutos: “la selección de piezas que se hizo para esta exposición es un diálogo con las obras maestras del San Carlos”. Carmen va de azul, como azul es la corbata de Konrad “¿se habrán puesto de acuerdo? Cuando éste toma la palabra, en perfecto español -nació en México cuando su familia alemana huyó del horror nazi-, reafirma: “estamos bastante orgullosos ¿y por qué?, porque logramos un diálogo, fantástico, entre las piezas nuestras y las piezas del museo”. No, no se han puesto de acuerdo, sencillamente es que les ha unido una ilusión: ver juntas piezas del mismo autor, de distintas épocas, y de distintas procedencias para que el visitante “sienta” el trabajo de la vida en el artista y el de la propia historia en el arte.

Detalle bodegón

José Gómez Frechina, el curador de la exposición, muestra las piezas con una inteligencia sutil y firme… así algunas cuelgan sobre un verde mate, fuerte pero poco saturado, en la que ha creado falsos muros, provocando una sensación de respeto y distancia que las dota de aura mientras, al fondo, cuelga una de las piezas más importantes de la exposición, el “Retablo de la Adoración de los Reyes Magos del Maestro de Perea”, puente entre el gótico tardío y el renacimiento que nace, anónimo en realidad pero sabemos que fue encargado por un miembro de la corte de Fernando el Católico, es decir, en los años en los que produjo el encuentro cruento y fértil, sin duda inevitable, entre Europa y América. Finalmente, está la sala con un matiz de azul cobalto que se aproxima al que vemos en algunas pinturas, pero que jamás coincide para no restarles protagonismo. Y allí está ella, en solitario en una pared.

La Virgen Maria Niña ha sido pintada con su vestido rojo, con su jubón de infantil con el “descuido” del cordón del cuello sin atar, con el dedo en el libro que reposa sobre su regazo marcando una página que nunca conoceremos, sentada sobre un cojín rojo en el que cae un manto de un azul modesto.

Detalle – Gloria de angeles

Es imposible no reparar en el bodegón sobre una mesa a la izquierda de la Virgen niña. De esta obra, el maestro hizo tres versiones, “leer” en sus diferencias resulta casi adictivo: ¿Cuál es más bella?, naturalmente pregunta absurda: todas lo son, ¿Por qué hizo los cambios que hizo? Sólo puedo referirme a lo que dicen los expertos en Zurbarán… y en lo que me dice mi corazón. Le dejo que me guíe. En la versión que estoy mirando, la mesa tiene un cajón que vemos de frente, mientras que en la que cuelga en el Monasterio de los Jerónimos en Sevilla -posiblemente la primera ejecutada-, lo hace mirando a la Virgen. ¿Por qué lo cambió? ¿Qué significa el cajón? ¿Se nos ofrece ahora a nosotros lo que antes Zurbarán pensó ofrecerlo a la Virgen?, pero, sobre todo, sobre todo, hay tres cosas que me fascinan. La primera el Bodegón, con unas flores en un jarrón -de esa humildad española de la que habla el artista Antonio López-, que parece un Sanchéz Cotán, no hay riqueza opulenta, sino cotidianeidad; parece que incluso tiene algún desperfecto el jarrón, Francia y Holanda son ricas y sofisticadas, España es austera y pegada a las cosas de la tierra. Las flores son, naturalmente, un lirio -pureza e inocencia-, y una la rosa y un clavel, -amor filial- así lo indico Odile Delenda en 2013, en un trabajo que realizó sobre el maestro-.

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La segunda “cosa” hacia la que se dirigen mis ojos, es el plato metálico sobre el que está el jarrón… Y ahí se para en seco mi mirada. ¿Está bien pintado? Quiero decir, está perfectamente pintado, con reflejos exquisitamente sutiles y realistas… pero… ¿está el plato posado realmente sobre la mesa? Pareciera que hay un error y su sombra lo hiciera como flotar sin tocar la humilde madera. Y ahí se queda mi emoción por un instante eterno. Enganchada. Mi memoria viaja a un San Pedro del Greco, en la sacristía de la Catedral de Toledo, de cuyo brazo cuelgan unas llaves cuyo aro no toca el brazo del Santo… porque no son llaves reales, son símbolo, no es error, es inteligencia. Siento a Zurbarán, dedicando tiempo a este pequeño detalle, ¿porqué el plato sobresale de la mesa, casi provocando una sensación de inquietud? “¡a ver si se cae!” y de pronto, mi mirada salta inmediatamente a la de la Niña que duerme, traspuesta, “yo dormía pero mi corazón velaba”,… era esto: cuando razón, memoria y emoción se juntan a jugar, pasan estas cosas maravillosas que nos provoca el arte. Ato cabos, es en un sueño, un ángel avisa a José que no repudie a la Virgen, pues su embarazo “es cosa de Dios”. San José dormía, pero, hombre devoto, su corazón “velaba”.

Virgen María niña dormida, Francisco de Zurbarán, siglo XVII, óleo sobre tela, 103 x 90 cm. Colección Galería Colnaghi

Zurbarán ha sido redescubierto por su coincidencia -junto con el Greco- con el nuevo lenguaje creado por lo moderno en el arte. Y, ahí, se abre ya la tercera clave: el aura de ángeles, también niños, querubines, que rodean a la Virgen en esta versión en particular, y que no están en la de San Jerónimo. Será un ángel adulto el que anunciará a la Virgen la “extraña” nueva, en uno de los párrafos de las escrituras que hoy nos resultan más asombrosos, porque en él María, una mujer, decide: “hágase en mí según tu palabra”. Desde la religión o fuera de ella, la figura de María es épica en la historia humana: Es una mujer que, enfrentada a los hechos, decide. El asombro se vuelve casi estupefacción, cuando pienso que María es la única mujer que aparece en el Corán que le dedica una Sura completa encabezada con su nombre –Surat Maryam- El Corán habla de la concepción virginal de Maria y es un ángel el que, en el sura que habla de la Anunciación, dice “Él te ha escogido sobre todas las mujeres” … y veo entonces la cara plácida pintada por Zurbarán, la cara regordeta, infantil, en sueño plácido. Nunca ortodoxo, nunca obsesionado por el detalle, religioso o no -parece que lo fue-, el maestro pinta para su patrono, el “estar” en Dios, que traspasa el tiempo, lo futuro ya está en el cuadro, y también lo pasado, pero, quizá como nunca, siento que Zurbarán pintó el “instante”, que en la vida infantil tiene una fuerza que nunca recuperará, el instante, que es lo que nos hace humanos, la vida pasa en instantes, como este, en el que el cuadro se me revela, lo otro, son juegos de la mente.

Me voy de San Carlos, de ella,  con esa sensación tan repetida de nostalgia: ¿Cuándo te volveré a ver?

 

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