Mario Vargas Llosa escribe hoy el libro más apasionante de todos: su propia vida. Tras una trayectoria dedicada a la literatura, emprende ahora un epílogo muy lejos del tono crepuscular que muchos auguraban. El paraíso, como él mismo afirmó en una de sus novelas, está a la vuelta de la esquina.  

Mario Vargas Llosa ha logrado lo que muchos escritores desean —muchos de ellos con un ansia casi frenética—, pero muy pocos logran: reconocimiento por parte de las instituciones, universidades, la intelligentsia oficial y, por supuesto, la Corona sueca (vía Nobel), y además ser conocido en todo el mundo más allá de los círculos intelectuales o literarios, ser una celebrity, a su pesar, capaz de detener el tráfico a su paso por Arequipa, Perú, su ciudad natal, que visitó el pasado mes de marzo para celebrar su 81º cumpleaños en compañía de su actual pareja, Isabel Preysler; o de provocar el desmayo de legiones de fans en la pasada Feria del Libro de Buenos Aires. No es una exageración: además de lectores (y lectoras), Vargas Llosa tiene groupies. Un ejemplo: una mujer abrió la puerta de su coche cuando salía de una charla y se sentó sobre las rodillas de uno de los escoltas para hablar, aunque sólo fuese unos segundos, con su ídolo.

Hace poco menos de un año, el escritor pasó por la Feria del Libro de Guadalajara, donde aseguró que él es el último superviviente de lo que se conoció como el boom latinoamericano, que revolucionó el panorama literario internacional en los años 70. «Me toca apagar la luz y cerrar la puerta», vaticina. Sin embargo, es consciente de que tanto él como escritores como el colombiano Gabriel García Márquez, el argentino Julio Cortázar o el mexicano Carlos Fuentes escribieron una página fundamental de las letras hispanas.

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«Cuando vives hechos que, entre comillas, se llaman ‘históricos’, no eres consciente de que sean históricos, pero vistos con perspectiva sí que creo que esos años fueron importantes porque la literatura hispanoamericana en especial, pero también la española, alcanzó un reconocimiento y una difusión que no había tenido en el pasado. Y aunque haber sido protagonista de ese fenómeno es muy importante, creo que la mayor parte de quienes lo vivimos con sorpresa no teníamos una conciencia cabal de la magnitud que llegó a tener», añade.

¿Mira hacia atrás con nostalgia?

Con nostalgia mira uno siempre la juventud, ¿no es verdad? Pero yo no soy una persona que mire atrás pensando que todo tiempo pasado fue mejor, no. La verdad es que yo creo que me mantengo vivo porque siempre tengo más proyectos de los que puedo realizar.

¿Y cuál es el secreto para mantener la ilusión después de tantos años? 

Lo importante es mantener la curiosidad, tener proyectos que te exciten, que te estimulen. Y trabajar, trabajar mucho. Aunque trabajar es una palabra que no encaja muy bien dentro de lo que quiero decir porque uno tiene una idea de trabajo como una obligación, como algo que se impone, y la verdad es que trabajar en lo que te gusta no es eso, es un placer y un privilegio extraordinario.

Todo escritor es al final un contador de historias, ¿qué mensaje le gustaría dejar con las suyas?

Lo que yo quisiera es que, si queda algo, sean mis libros. Los libros en los que que he trabajado, en los que me he volcado, que son lo que más me representa. Todo lo demás se lo lleva el tiempo, pero al final uno quiere ser recordado por lo que le tomó más tiempo y en lo que puso más trabajo e ilusión. Y eso, desde luego, son los libros que yo he escrito.

Truman Capote diferenciaba entre escritores y mecanógrafos, ¿está de acuerdo?

No sé a qué se refería él con mecanógrafos. Yo creo que hay buenos escritores y malos escritores. Hay escritores de literatura, que son más rigurosos que otros con su trabajo, y hay escritores de subliteratura, eso ha ocurrido siempre. Lo que sí es cierto es que no siempre están tan claras las fronteras entre lo que es literatura y lo que es subliteratura. Hay una zona incierta en la que ambas se tocan, se confunden y sólo el tiempo es el que se encarga de discriminar y establecer qué es lo que dura y qué es efímero. Lo importante es que un escritor sea auténtico y escriba en función de lo que son sus motivaciones profundas, que no se imponga temas o estilos en función de consideraciones puramente oportunistas, porque afortunadamente las cosas no ocurren así. Si existiese una fórmula para garantizar el éxito, sólo habría éxitos en la literatura.

¿Qué supone para un escritor recibir el premio Nobel?

Sin querer hablar como viejo, creo que he llegado a una edad es que te das cuenta de que lo importante para un escritor no son los reconocimientos, sino la satisfacción que llegas a tener en un momento dado cuando, en esa soledad que es escribir, de pronto descubres que has logrado algo que buscabas sin saber exactamente qué cosa era, cuando sientes que una historia empieza de pronto a tener una vida propia que tú tienes que seguir, que hay unos personajes que tú ya no puedes manipular de una manera arbitraria porque ya hay unas personalidades… No hay premio que me pueda proporcionar una satisfacción semejante.

 

LA TAREA DE ESCRIBIR 

Aunque se trata de un recurso más cinematográfico que literario, es el momento de hacer un flashback a uno de los momentos claves en la vida del escritor. Jueves, 7 de octubre de 2010, 5.30 a. m. Una llamada rompe el silencio de la madrugada. Nueva York, al otro lado de la ventana, duerme. Mario Vargas Llosa no. Está despierto y, como siempre, tiene un libro a mano, con el que prepara la clase que dará el lunes siguiente en la Universidad de Princetown, donde imparte clases como profesor invitado. Se trata de El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, donde su protagonista se plantea su destino en los siguientes términos: «Padece, espera y trabaja para gentes que nunca conocerá y que a su vez padecerán, esperarán y trabajarán para otros, que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas».

Como Ti Noel, el personaje del esclavo analfabeto, Mario Vargas Llosa se impuso hace más de 50 años una tarea (en minúscula): escribir. «Escribir es mi manera de vivir», asegura. Y esa extraña forma de vida le dio una de sus mayores alegrías cuando, al otro lado del hilo telefónico, Peter Englund, secretario de la Academia Sueca, le informó de que había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura. «Al principio creí que era una broma pesada como la que le gastaron a Alberto Moravia hace años», explicó el escritor peruano, entre risas, esa misma tarde ante cientos de periodistas congregados en el Instituto Cervantes de Nueva York. Pero no lo era.

«Hace muchos años que no pensaba para nada en el Nobel y, además, mi nombre apenas se mencionaba últimamente». Sin embargo, pese a los rumores que apuntaban a escritores como el norteamericano Cormac McCarthy o el japonés Haruki Murakami, la Academia Sueca decidió premiar la trayectoria de este autor que, desde hacía años, convivía con el fantasma del Nobel. «El autor tiene que prescindir de eso y dedicarse a su labor con el mayor rigor y la mayor autenticidad de la que es capaz. Puede que el éxito lo premie y puede que se le escape de las manos, si ha actuado con absoluta autenticidad va a descubrir que el éxito lo va a tener en el proceso mismo de escribir».

Además de escritor ejerce el periodismo, ¿es vital para estar conectado con la realidad?

Yo hago periodismo por eso. Aunque mi verdadera vocación es la literatura, no me gusta la idea del escritor completamente encerrado en un mundo de fantasía. No. Para mí es muy importante tener un pie en la calle, estar vinculado a la actualidad, a la historia que se va haciendo diariamente. Además, la literatura que yo hago necesita de ese contacto con la vida exterior, con la realidad social, política, cultural de mi tiempo. Es lo que representa para mí el periodismo.

Y, como periodista, ¿es optimista respecto a la situación que vivimos en la actualidad?

Creo que la lucidez es incompatible con un optimismo sistemático. Hay problemas inmensos y sumamente inquietantes. Orwell ha resucitado ahora por el triunfo de Trump. No soy pesimista, pero me pregunto si en el avance de las telecomunicaciones no está también esa amenaza de Orwell de la manipulación. Hemos descubierto que los grandes países pueden intervenir en los procesos electorales de otros y pueden manipularlos. Aún no conocemos bien qué está pasando, pero los instrumentos de manipulación están ahí y podrían conducir a la humanidad a sentar las bases de un control absoluto del poder de los gustos y entusiasmos del gran público. Es una preocupación que debería formar parte de la educación.

¿En qué sentido?

Ahora se orienta a preparar a las nuevas generaciones a moverse en el mundo de las innovaciones. La lectura queda relegada. Me pueden decir que se publican cada vez más libros, pero no tanta gran literatura, muchos son libros que se parecen a las grandes pantallas y exigen cada vez menos. Creo que hoy la literatura representa menos que en el pasado. La revolución de las pantallas debería estar equilibrada con una educación que forme lectores con espíritu crítico. La función del libro es producir placer, pero también insatisfacción con el mundo tal como es, que es la principal fuente del progreso.

¿Qué le parecen esos escritores que abogan por la democracia en Europa y Estados Unidos, pero defienden regímenes dictatoriales en países latinoamericanos como Venezuela?

Eso es una frivolidad que me ha irritado mucho siempre. Tuve una polémica con Günter Grass hace algunos años porque su caso es muy prototípico. Él, en Alemania, siempre estuvo a favor de la democracia y fue muy crítico con las tendencias extremistas y autoritarias, y sin embargo en América Latina defendía Cuba, un régimen totalitario que nunca hubiera tolerado para su país. Esa es una doble moral que siempre me ha parecido indigna y, por desgracia, es también un fenómeno muy generalizado que se da en América Latina en muchísimos casos. Yo he combinado y criticado eso siempre y, desde luego, me ha generado muchos enemigos.

Con la perspectiva de los años, ¿cree que hay algo llamado literatura latinoamericana?

La literatura no puede estar condicionada de una manera localista, regionalista o nacionalista. La literatura es todo lo contrario. Está por encima de los localismos de la experiencia humana, aunque a veces desde una perspectiva muy pequeña. Pero si no alcanza esa universalidad, se queda en algo muy local y transitorio. Siempre detesté la literatura folclórica, que estaba muy arraigada en América Latina cuando comencé a escribir. Los libros enseñan que por encima de nuestra patria hay otras patrias, que también son nuestras, que gracias a los libros podemos apoderarnos, ser ciudadanos de ellas, descubrirlas a través de esa experiencia.

Consejos de un Nobel a un escritor novel

Aunque «los escritores no necesitan que les lancen mensajes», como dijo tras recibir el premio Nobel, Vargas Llosa se atreve a ofrecer un puñado de consejos a aquellos que se quieran dedicar «a esta curiosa vocación que es también una disciplina»:

1. Imponte la tarea de escribir y trabaja de manera infatigable.

2. Sé auténtico y escribe en función de lo que son tus motivaciones profundas al margen de las modas.

3. Ten un pie en la calle, debes estar vinculado a la actualidad, a la historia que se va haciendo diariamente.

4. Sigue la historia y, si empieza a vivir y ya tiene unos modos y unas maneras de ser, respétala. No puedes violentarla sin destruir lo que estás haciendo.

5. Indaga en tu memoria: los años de infancia y adolescencia son lo que dejan más huellas en la memoria, que es el alimento de un escritor.

El escritor en sus libros

Conversación en la catedral (1969). Porque, de todos sus libros, es su favorito. «Si tuviera que salvar del fuego una sola de las novelas que he escrito, salvaría ésta».

La tía Julia y el escribidor (1977). Porque es su propia vida. Está basado en su primer matrimonio con su tía, Julia Urquidi, diez años mayor que él, a quien dedicó la novela.

La guerra del fin del mundo (1981). Porque es otra de sus grandes novelas y su primer intento de novela histórica. Un cambio de registro y uno de los hitos de su carrera.

El pez en el agua (1993). Porque quién mejor que él mismo para contar su propia historia. Unas memorias apasionantes, descarnadas y, por supuesto, polémicas.

La fiesta del chivo (2000). Porque es una delicia y uno de sus mejores libros. Un estudio implacable sobre el poder, la corrupción, la maldad y el sexo.

Cinco esquinas (2016). Porque es su última novela y la confluencia de cinco de los pilares de la vida literaria de Vargas Llosa: el análisis del periodismo, el Perú, el poder, la hipocresía y el erotismo.

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