Hace algunos años, un profesor nos planteaba la siguiente pregunta: ¿Qué pasa si a una receta que lleva mantequilla se le echa manteca, o si a un pastel que lleva veinte huevos se le echan sólo diez? Seguramente, la receta tendrá un sabor diferente, una textura extraña pero el resultado será algo comestible. Es decir, lo más seguro es que el resultado sirva por un tiempo. Pero ¿cuántas veces estaremos dispuestos a consumir algo que sabe y se ve raro? Es como cuando a una máquina le cargamos diésel en vez de gasolina, podríamos apostar que arrancará y también que el rendimiento no será el óptimo.

De la misma forma sucede cuando queremos echar a andar un proyecto de inversión, un plan de emprendimiento o una nueva área de gestión. Podemos hacer las cosas sin llevar a cabo un ejercicio de reflexión, sin poner el cuidado, sin utilizar las herramientas adecuadas, sin hacer lo que es correcto; podemos tomar atajos y hacer que el proyecto avance de cojito en vez de hacerlo caminar en dos pies. Avanzará, no muy rápido, pero avanzará. El problema es que, si esos métodos se convierten en lo cotidiano, terminaremos jadeando a la mitad del camino, sin llegar a la meta planteada.

Así sucede con la cultura corporativa, si no la cuidamos, la desgastamos. La cultura corporativa es la personalidad de la empresa: habla de ella, incluso cuando no la cuidamos. Es, también, un mensaje que le estamos dando a todas nuestras partes relacionadas. El problema es que, al no estar al cuidado, corremos el peligro de estar comunicando algo que no es conveniente para el negocio. Si no estamos al pendiente de que hacer las cosas no es nada más el deber ser, sino que constituye nuestra ventaja competitiva -aquello que nos distingue y nos hace preferibles a la competencia-, no conseguiremos llegar al final del camino y, en vez de acercarnos, nos alejaremos de nuestras metas.

Por eso, el nivel de cierres de establecimientos jóvenes es tan alto: no hay una reflexión seria de lo que debe ser. El entusiasmo los lleva a aventarse al vacío sin haberse planteado las preguntas adecuadas. Lo cierto es que la cultura popular nos hace sentirnos orgullosos de la improvisación. Sostenemos los cables con clips y nos creemos súper inteligentes al resolver así los problemas. El desenlace de un corto circuito nos lleva a la sorpresa. ¿Pero qué hice mal? Es la pregunta que más se repiten los emprendedores que abrieron sus establecimientos en enero y no alcanzarán a llegar a diciembre.

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Antes de lamentar lo que estuvo malhecho, debiéramos preguntarnos cómo hacer bien las cosas. Por supuesto, para hacerlo, debemos de pasar por el tamiz de la reflexión. Lo primero que tenemos que analizar es qué elementos hemos elegido para construir nuestra cultura corporativa. Es necesario entender que aquello que le da identidad y personalidad a una empresa es lo que los clientes perciben y premian. Por lo tanto, si el concepto es tan importante que es lo que convencerá a mis consumidores de preferirme a mí por encima de mis competidores, vale la pena la dedicación.

Para llevar a cabo esta reflexión, estos pasos pueden ser de utilidad a emprendedores, empresarios, ejecutivos y a cualquiera que tenga en mente un proyecto de inversión:

  • Generar una cultura corporativa que refleje con exactitud el tipo de empresa que queremos que el mercado reconozca. Es decir, tomar el control del mensaje que le vamos a emitir a nuestros clientes.
  • Llevar a cabo un liderazgo honesto en el que se tome en consideración a todas las partes relacionadas, entendiendo las motivaciones de cada uno,
  • Evitar la improvisación en la medida de lo posible, buscar caminos alternos y privilegiar el hacer las cosas bien desde el principio, con las herramientas adecuadas y con los procedimientos precisos.
  • Utilizar tecnología adecuada y dotar del material que se requiere para llevar a cabo las tareas en forma correcta.
  • Poner en práctica los valores de la empresa. La credibilidad de un negocio depende de la congruencia que se muestre entre los valores que dice tener y el ejercicio de los mismos.

Construir una cultura corporativa fuerte, mediante el reconocimiento social y la aprobación de nuestros consumidores, crea un entorno de identidad e identificación muy favorable para la empresa. Crea una forma de relacionarse con el entorno y propicia esa simpatía que buscamos, tanto de los clientes como de los posibles consumidores.

Una cultura corporativa fuerte es un lazo que se tiende a quienes se hermanan con los valores que tiene la organización. La congruencia entre lo que digo y lo que soy genera confianza y la confianza forja la repetición de negocio. Así, buscamos hacer las cosas bien, utilizando los ingredientes correctos, el combustible adecuado que sea el que nos lleve a avanzar y conseguir la meta planteada.

La configuración de una misión, visión y valores de una empresa o de un proyecto no es algo que debamos de minimizar y mucho menos que debamos dejar de lado. Más allá de ello, debemos de explicarnos, entendernos y convencernos de que la selección que hemos hecho de los elementos que integrarán la cultura corporativa son los mejores que pudimos haber elegido. No se trata de copiar y pegar los de otro proyecto que me resulta atractivo o de otra empresa que me parece valiosa. Tampoco se trata de adoptar aquellos que no convencen, pues sería como calzarnos un par de zapatos que no son de nuestra talla: terminaríamos con ampollas.

Se trata de confeccionar un traje a la medida, en el que nos sintamos a gusto y, además, nos veamos bien. Es así, que incorporando estos elementos lleguemos a hacer las cosas bien y a la primera, lo cual fortalece los conceptos que hacen que una organización se distinga y le de valor a sus clientes.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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