El primer informe de gobierno fue entregado al Congreso, en un acto protocolario simple. El contenido del documento lo iremos conociendo en la medida que los legisladores lo analicen y, como es previsible, lo expongan públicamente para apoyar o denostar a su autor oficial.

Horas antes, en Palacio Nacional, el presidente López Obrador dirigió un mensaje al pueblo de México (el tercero en esa modalidad de “alto en el camino”) y con él puso en marcha una nueva discusión pública, más enfocada en banalidades y en la superficie de los problemas, que, en el fondo real, el que urge poner bajo la lupa.

Desde la torpeza y la ignorancia, que suele asomarse con demasiada frecuencia en grupos opositores carentes de elementos concretos, pero sobrados de odios ideológicos y miedos infantiles, el “tercer mensaje al pueblo” fue señalado por agravios legales e, incluso, por incoherencia en el uso del número ordinal.

Concentrados en un mitin francamente minúsculo o apilados en hordas de tuiteros, estos grupos opositores impulsan una discusión inútil, un debate falso e innecesario si lo observamos a la luz de los problemas nacionales. Sus obsesiones contra un personaje que odian desde hace muchos años, sus ansias y sus dificultades para distinguir entre lo relevante y lo insustancial, los hacen presa fácil de fake news o, de plano, los llevan a inventarlas y después celebrarlas como reales.

En el otro extremo, desde su espacio presidencial y su cómodo apoyo popular, López Obrador utiliza un discurso más didáctico que informativo. Explica, ofrece datos y contrasta su visión con la de sus “adversarios” (a los que suele agrupar bajo la generalización de “conservadores”) a quienes señala, en un juicio polémico en más de un sentido, como ahora moralmente derrotados.

Al tiempo que presume apoyos de sectores múltiples, incluyendo a los empresarios, elabora una argumentación en calidad de paraguas ante los datos de una economía lenta. Sin recurrir a la identificación causal (elementos internos y también externos) prefiere contrastar los conceptos de “crecimiento” y “desarrollo”. Desplaza la atención hacia los desequilibrios y ofrece compensaciones a través de los programas sociales que, es justo reconocer, han arrancado con una dinámica irregular en el territorio nacional y, sin duda, con muchas expectativas sin cumplir en diversas regiones, aunque en otras se estén dando ya resultados observables.

Pero el tema que lo obligó a reconocer pendientes muy importantes es el de la inseguridad.

Difícilmente podría presumir avances donde, de acuerdo con los propios datos oficiales, se ha mantenido la inercia alarmante de crímenes violentos que ha caracterizado a nuestro país en los últimos años. Era imposible esperar resultados espectaculares en el corto plazo. Era una apuesta mayor y riesgosa ofrecerlos. Ahora tendrán que ajustarse las metas oficiales y, en no pocas áreas, tomar decisiones para cambiar rumbos erráticos e ineficiencias.

Por supuesto, los temas que ayer se reiteraron nos convocan al análisis sereno, puntual, con la mira puesta en los distintos escenarios que pueden preverse. Esos mismos temas reiterados (ninguno ha sido novedad, excepto por el hecho de que se trataron agrupados) dan cuenta, al mismo tiempo, de los enormes retos que tiene el país en el corto plazo, pero también de las oportunidades en el mediano y en el largo, para modificar el rumbo nacional, para traducir las esperanzas populares en hechos concretos y para darle vías a una transformación que ponga a México en una mejor situación de la que ha tenido en los últimos decenios.

 

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