para Andrea

En mi adolescencia nunca recibí cartas de amor. Mi hermano, en cambio, tenía un portafolio lleno de ellas. Yo era retraído. Él era el clásico osado con las chicas. Y de entre tantas novias, tarde o temprano le aparecía una que era dominada por la luna, el corazón y la pluma. Una como Min, la protagonista de Y por eso rompimos (Alfaguara).

Min es una mozuela rara, embelesada con películas antiguas, apasionada del café, la literatura y la música de jazz, que gana notoriedad para sí misma y para los demás cuando Ed Slaterton decide salir con ella. Sí, Ed, el héroe del equipo escolar de basquetbol, el chico guapo del periódico estudiantil, protagonista de un millón de chismes por sus millones de novias; Ed, fuerte, seguro, inmenso como un grito. Una historia de adolescentes clásica, si no fuera porque Min le escribe al atractivo y admirado Ed una larga carta en la que le cuenta a detalle lo que sucedió en los días en que lo quiso, esas semanas en que pasó de la sorpresa de ser popular y experimentar su primer enamoramiento intenso a tener que asestarle una vez y otra más: “Y por eso rompimos.”

Una carta de amor.

La calma y la euforia del café…

La intensa y extendida misiva de Min a Ed, le permite al autor, Daniel Handler, exponer, sin raídos eufemismos, la cotidianidad de los amores adolescentes. Cuando, al principio del relato, Min no cree que Ed Slaterton la llamará para invitarla a salir por primera vez, Jordan anima a su compañera de escuela:

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“No te menosprecies —le dice—. Ahora que lo pienso, posees todas las cualidades que Ed Slaterton busca en sus millones de novias. Tienes dos piernas.” Pero Min también sabe ser sarcástica, una sarcástica muda y celosa que al toparse con Annette, una de las ex novias de Ed, le pregunta, mientras ambas buscan su respectivo disfraz para la fiesta de Halloween: “¿De qué vas a disfrazarte?” Y Annette responde: “No sé, es una especie de traje medieval que estoy haciendo con otra persona. Pero ajustado, ya sabes.” “De zorra, es lo que pensé —escribe Min en su carta—, todas las chicas que salen con deportistas se disfrazan de zorras: bruja zorra, gata zorra, prostituta zorra.”

Daniel Handler es un narrador hábil e inteligente. Sobradas muestras de ello hay en su divertida saga A Series of Unfortunate Events (Una serie de eventos desafortunados), llevada al cine en 2004 por Brad Silberling (Jim Carrey ejecuta, aquí, una actuación ajustada a sus excesos histriónicos). En Y por eso rompimos, Handler no podía, entonces, menos que abordar con humor y franqueza los descubrimientos eróticos de los preparatorianos:

“Fue distinto y hermoso, Ed, el modo en que nos movíamos y nos tocábamos, no éramos sólo dos chicos fajando como en una película. Incluso ahora es lo que intento imaginar, y no sólo los besos y la ropa y el tranquilo, tenso y raro momento posterior…”

Más aún: después de perder su virginidad con Ed en el Dawn’s Early Lite Lounge and Motel, Min contesta a la pregunta de “¿esta vez estuvo mejor?” con un “se supone que duele”. “Lo sé […] Aunque supongo que lo que quiero saber es ¿qué se siente?”, dice Ed. “Como si te metieras una toronja entera en la boca”, responde ella. “¿Quieres decir que entra justo?” “No”, le aclara Min entre risas, “quiero decir que no encaja. ¿Has intentado alguna vez meterte una toronja entera en la boca?”

Así, entre brillantes momentos de alegría y goce, Min descubre que si bien su novio parece aproximarse un poco al mundo que ella no para de construir y habitar en su interior, poco (o nada) entiende él del lugar al que van los protagonistas de las películas y los libros cuando éstos terminan, de las notas de las melodías que a ella le fascinan, de las formas que ella crea para pasarla bien.

Min sabe —y nosotros lo sabemos por su larga carta (355 páginas con ilustraciones elaboradas por Maira Kalman, autora de portadas para The New Yorker)— que aunque Ed aprende a compartir con ella la calma y la euforia del café, sólo sabrá verdaderamente de juegos de baloncesto, de celebraciones con amigos, de tardes de tedio en una habitación, de chicas, de fajes en el coche y de todo lo que viene después.

En mi adolescencia, yo nunca recibí cartas de amor. Mi hermano, en aquel portafolio repleto de cartas, debía guardar al menos una Min. Nunca lo supe. Nunca lo sabré. Una de sus novias decidió, cierto día, hacer cenizas del pasado. Min, en cambio, es más sensible, más sabia. Empaca en una caja cada recuerdo de amor que compartió con Ed, los tesoros, los despojos de esa relación, cada objeto de uno y otro, para tirarla frente a la casa del chico de los preciosos hombros, de la respiración con olor agrio, del malditamente guapo y popular de Ed Slaterton. “Voy a tirar la caja entera en tu porche, Ed, aunque es a ti a quien estoy desechando […] Te ofrecí una aventura, pero no fuiste capaz de verla hasta que yo te la mostré, y por eso, Ed, por eso rompimos.”

 

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