“Vivimos en un mundo que está obsesionado por la política de los límites”, dice Raphael Minder, corresponsal de The New York Times en España. En su libro recién publicado, The Struggle for Catalonia: Rebel Politics in Spain, el periodista explica que las divisiones de territorios han dejado un “legado tóxico” en zonas como África y Medio Oriente. América, detalla, no es la excepción. La promesa del presidente Donald Trump de construir un muro entre México y Estados Unidos se ha convertido en un sello distintivo de ese proteccionismo. Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, en Cataluña, los debates sobre volver a trazar las fronteras están despertando cuestiones de orgullo, soberanía e identidad que desafían el statu quo y señalan el camino hacia un futuro incierto.

La zozobra de la que habla Minder parece no tener fin. Al menos en el corto plazo. Las últimas encuestas sobre las elecciones catalanas, que se celebran este jueves 21 de diciembre (21-D), reflejan un panorama incierto sobre un posible ganador. En la lucha están 11 partidos políticos, pero solo siete de ellos cuentan con un gran empuje en las urnas. De estos últimos se podrían sacar dos grandes bloques antagónicos: los independentistas y los constitucionalistas. Ambos grupos luchan por obtener el mayor número de los 135 escaños que tiene el Parlament catalán y conseguir así una mayoría absoluta (68 asientos) que permitirá investir al presidente de la Comunidad Autónoma, en una primera votación en el Parlamento.

De no lograrse, los diputados catalanes podrán votar en una segunda ocasión. En caso de que el candidato obtenga la mayoría simple (obtener más votos a favor que en contra) podrá erigirse como el líder de la Generalitat. Pero este no es el escenario. Las últimas encuestas reflejan un panorama en el que ninguna de las partes podrá obtener los escaños y votos suficientes para formar Gobierno. La última salida está en consensuar pactos y en hacer algo que no han podido hacer durante los últimos meses de conflicto: dialogar.

En su último sondeo, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), una entidad que depende Gobierno español, indica en su último análisis, apunta que los tres partidos independentistas -Candidatura de Unidad Popular (CUP); Esquerra Republicana de Catalunya (ERC, cuyo candidato y ex vicepresidente catalán, Oriol Junqueras, está en la cárcel, acusado de los delitos de sedición, rebelión y malversación por la organización del referéndum del primero de Octubre), y Junts per Catalunya (JuntsxCat, que lleva como cabeza de lista a Carles Puigdemont, ex presidente de la Generalitat, que se ha dado a la fuga a Bélgica para evitar la prisión)- apenas obtendrían unos 64 escaños en las elecciones.

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Por su parte, el bloque que se opone a la independencia (integrado por el Partido Popular, fuerza que tiene el Gobierno de España, Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC), y Ciudadanos) podrían alcanzar solo 62 de los asientos en el Parlamento. A la deriva queda un séptimo partido político: En Comú Podem, una coalición de fuerzas de izquierda vinculadas al movimiento de los indignados del 15-M y al partido Podemos, que obtendría al menos nueve escaños y cuya posición podría ser definitiva para dar una mayoría absoluta a cualquiera de los bandos. La agrupación, sin embargo, se ha preferido optar por una posición neutra entre ambos bandos.

Otros sondeos, como el del diario El País indican que los independentistas conseguirían 63 diputados, cinco menos de los necesarios para alcanzar la mayoría absoluta, mientras que los constitucionalistas se quedan con 61. La encuesta de El Mundo, por su parte, plantea un escenario similar (con 64 escaños para los partidarios de la independencia y 61 para los que se oponen a ella). Con estos resultados, “Catalunya recorre la senda de la ingobernabilidad”, apunta un artículo del periódico catalán, La Vanguardia.

Para Lluís Bassets, responsable de la edición catalana del diario El País, el escenario de división que se ha creado por la independencia ha dejado una estela de las dos Cataluñas que componen juntas un monstruo social y político, económicamente ruinoso, culturalmente imposible de vivir y políticamente de gestión penosa y difícil. Los expertos indican que en caso de que no se logre un acuerdo entre los diversos partidos, la única opción será volver a repetir las elecciones, prolongando así la incertidumbre en todo el país.

El único dato optimista, en casi todos los ejercicios de demoscopia, es que la participación superará el 80%, una cifra que no se veía en esa Comunidad Autónoma desde 1982. Lo que se disputa este jueves no solo es el porvenir político de Cataluña, que en 2016 contribuyó con el 19,03% al PIB nacional. Sobre la mesa también está el futuro económico de la zona, que ha sido abandonada por más de 3.000 firmas, según el Colegio de Registradores, desde que se realizara el referéndum del primero de octubre, y que ven un panorama incierto para seguir haciendo negocios.

La factura y el enroque de ambas posturas (constitucionalistas e independentistas) está pasando factura en todo el país. El Banco de España ha rebajado el crecimiento económico para nación ibérica, del 2,5% al 2,4%, para el cierre de este año, y del 2,2% al 2,1% para el siguiente, ante la incertidumbre que ha generado el conflicto. No es para menos, Cataluña es la zona que más aporta a las cuentas públicas generales y es un polo industrial y turístico de relevancia.

Salir del laberinto catalán no será tarea sencilla y llevará su tiempo en resolver este enquistamiento. La herida, en tanto, cada vez se hace más profunda y ha trastoca con fuerza a la sociedad. Según un estudio publicado por El Periódico de Cataluña, un 40% de los catalanes ha dejado de hablar de política con algún familiar o amigo. Un 12% ha llegado al extremo de romper relaciones, mientras que un 58,4% piensa que el debate independentista ha dañado la convivencia. Sanar la grieta no basta con ganar en las urnas.

Como dice Martín Caparrós, periodista y novelista argentino en un artículo para The New York Times: “Mucho tendría que cambiar España para que millones de catalanes vuelvan a sentirse parte de ella; mucho tendría que cambiar Cataluña para que millones de españoles vuelvan a sentirla suya”.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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