El cambio se intensifica al final de los años ochenta y principios de los noventa con el internacionalismo: cae el Muro de Berlín y la Guerra Fría; surge la Internet para todos; China se lanza hacia el capitalismo; y se intensifica radicalmente el comercio internacional.

El nuevo orden económico genera competencia, crecimiento y apertura. Las clases trabajadoras de los países ricos se empobrecen por esta apertura y por la automatización.

Los partidos de centro- izquierda en Europa, los Social-Demócratas y el Demócrata en Estados Unidos se alejan de los intereses de la clase trabajadora, ahora empequeñecida, y se mueven más hacia el centro buscando el apoyo de las clases medias educadas, con otros temas como la igualdad de los sexos, la diversidad sexual, los derechos de las minorías, la ecología y otros asuntos universales.

Los desplazados por el cambio económico, los perdedores, se sienten abandonados por sus políticos, cada vez más académicos y elitistas. Ya nadie los representa, ya nadie los escucha, han perdido su poder económico y su voz política. Y para colmo de males, cada día enfrentan mayor diversidad en su sociedad por la presencia de inmigrantes con otra cultura, otra religión y otro tono de piel.

Los partidos tradicionales pierden seguidores y esto se intensifica porque los millennials -diversos y educados- no votan tanto como los viejos. En Europa surgen nuevos partidos o se fortalecen antiguos partidos nacionalistas como lo observamos claramente en las pasadas elecciones en Francia; Reino Unido vota por salirse de la Unión Europea y, en los EUA, un “sin-partido” como Donald Trump se adueña del Partido Republicano y gana la elección.

Se vuelve muy difícil predecir resultados. Los tiempos han cambiado. Hay nuevos temas en la mesa como la inmigración, el desempleo, la desigualdad y el nacionalismo. Los populistas leen mejor al electorado y logran amalgamar su oferta alrededor del nacionalismo. Si bien hay pobres enojados, también hay ricos que se sienten amenazados por la inmigración y la pérdida de sus valores tradicionales. No todo es economía. Muchos se sienten desposeídos, agraviados y extranjeros en sus propios países.

En México los temas son diferentes. Es un país que se ha beneficiado con la emigración y con la apertura comercial, pero su gobierno no ha logrado estar a la altura de las expectativas y las necesidades de la población. Sobre todo, en dos temas: la corrupción y la inseguridad.  Las reformas de la administración pasada eran necesarias y loables, pero no pudieron con los dos reclamos pendientes.

La corrupción y la inseguridad se intensificaron y Morena capitalizó el descontento con la promesa de resolver ambas. Los electores decidieron, al igual que en los países desarrollados, dar la espalda a los partidos tradicionales, aún con el riesgo de darle marcha atrás a dos reformas valiosas como la educativa y la energética, y el riesgo de perder competitividad internacional con las ocurrencias de Andrés Manuel López Obrador. Otra vez, no todo es economía en la mente de los electores.

No sabemos qué va a pasar en el mundo en el mediano plazo, pero el cambio económico y político es real. Hay algo nuevo, emergente y, cuando eso sucede, las predicciones son imposibles. El sistema empieza a bifurcarse y oscilar antes de lograr un nuevo orden complejo. Sin embargo, no vemos ninguna solución a los temas causales de fondo como el desempleo, la inmigración, la automatización y la alienación política.

Salvo que AMLO haga algo diferente, parece que aquí tendremos la misma corrupción sistémica y la misma inseguridad, pero ahora, con estancamiento económico y mayor ineficacia administrativa. La curva de aprendizaje ha sido lenta y costosa, y aún no se ve la luz al final del túnel.

Para combatir la corrupción y la ineficacia gubernamental, México requiere una auténtica Reforma Administrativa y no vemos ningún signo en la dirección correcta. De hecho, como tal, no está planteada. La corrupción no va a terminarse con voluntarismo, austeridad y decretos presidenciales, se requiere un enfoque sistémico. Los mismo en la inseguridad. Mientras no se debiliten a las mafias mediante la regulación de drogas, los homicidios y la violencia extrema seguirán al alza y no habrá Guardia Nacional o programas sociales que lo reviertan.

Se requiere audacia y suerte para ganar una elección, pero se requiere inteligencia, conocimiento y valentía para hacer lo correcto, aunque ello implique una rectificación o arriar la bandera partidista.

 

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