Ojalá estas vacaciones se tome unos días para leer el nuevo libro del profesor Macario Schettino, El fin de la confusión: doscientos años de errores interesados que han impedido el desarrollo de México.

 

Por Pablo Majluf*

 

PUBLICIDAD

A falta de espacio para reseñar el libro completo, mencionaré un tema crucial para entender la realidad mexicana; uno que muchos mexicanos percibimos cotidianamente pero pocos dilucidan con tanta claridad como Schettino: la legitimidad de la riqueza.

La legitimidad de la riqueza se refiere a la validez o aprobación que una sociedad otorga a la acumulación de riqueza personal con base en méritos como el trabajo y la innovación, y el rechazo a aquélla obtenida por privilegios como el nepotismo y el compadrazgo.

Se trata, dice el autor, de “la aceptación de que cualquier persona, sin importar su origen, puede legítimamente acumular riquezas. O más claramente: que todas las personas son iguales en este aspecto.” Para no ir muy lejos, una sociedad que legitima la riqueza, premia los méritos y desprecia los privilegios.

Esta fórmula es relativamente nueva en la historia de la humanidad. Comenzó con el desgaste paulatino de las monarquías europeas entre los siglos 15 y 18 ¾cuya legitimidad era divina¾, posteriormente se fortaleció con el surgimiento de los valores burgueses y, finalmente, se consolidó en la Revolución Industrial. En pocas palabras: cuando los monarcas no pudieron seguir evitando que la gente acumulara riqueza por sus propios medios, la riqueza independiente adquirió dignidad. Otros elementos la propiciaron ¾la Ilustración, el liberalismo clásico, la migración hacia las ciudades, el avance tecnológico, etcétera¾, pero en esencia, lo que la fraguó fue la decadencia de una autoridad moral autoproclamada que no pudo limitar la búsqueda de libertad de algunos individuos valientes.

En México, como seguramente usted sospechará, esto no ha sucedido. Si bien cada vez hay más desprecio general por la riqueza inmerecida ¾los conflictos de interés que hoy rodean al gabinete presidencial son un buen ejemplo¾, este rechazo es más oportunista que estructural y no se sigue por su contraparte: la aceptación de la riqueza meritoria.

La falta de legitimidad de la riqueza se ha expresado de múltiples maneras a lo largo de nuestra historia. De entrada, podemos referir todo el período colonial (y si quisiéramos también el prehispánico) pues fue una época donde la riqueza dependía del binomio Iglesia-Monarca. La encomienda, por ejemplo, fue un sistema de extracción de riqueza en el que unos pocos allegados a las élites quitaban los frutos del trabajo a unos muchos.

En la época independiente, la cosa no cambió. Si bien llegaron —un siglo tarde—algunas ideas liberales, los dos grandes dictadores del siglo 19 ¾Benito Juárez y Porfirio Díaz¾ refrendaron las estructuras coloniales. Juárez quitó poder a la Iglesia, sí…pero no para darlo a las instituciones seculares, sino a él mismo. Díaz, por su parte, hizo un esfuerzo modernizador de la economía, pero sin perder el control político. Así, la riqueza bajo ambos dictadores floreció ¾otra vez, para los selectos allegados¾ en el seno del poder político.

Quizá el esfuerzo sistemático más exitoso por deslegitimar la acumulación independiente de riqueza se dio en el régimen postrevolucionario, o sea, en el PRI hegemónico del siglo 20. El PRI no sólo introdujo sueños de justicia social de corte marxista en los que el capitalismo era malo, sino estructuras extremadamente verticales y jerárquicas ¾sindicatos, centrales campesinas, universidades públicas, concesionarios¾ que extraían riqueza a quienes no eran parte de esas estructuras (igualito que en la encomienda colonial).

No es sorpresa que bajo ese PRI ¾en armonía con el statu quo¾ las grandes fortunas en México se consolidaran al amparo del Estado. Todos los grandes empresarios en la historia de México se hicieron por asociación con los políticos. De ahí que en México nunca haya habido Steve Jobs ni George Mitchells, sino concesionarios, líderes sindicales, compradores de monopolios, herederos, expresidentes, exgobernadores, etcétera.

La falta de aceptación por la riqueza independiente es visible hoy. Tenemos un país con escasa movilidad social, compadrazgo, racismo, clasismo, religiosidad anti-científica y animadversión general contra la figura del “empresario”. Resulta normal, pues, que se vea con antipatía a los ricos bien hechos, pero se celebre a los Robbin Hoods, a los líderes dizque sociales, a los criminales, a los agiotistas, etc.

Debemos legitimar la riqueza. En esencia, se trata de promover instrumentos ¾legales, culturales, educativos, políticos, sociales, tecnológicos¾ que conviertan a la búsqueda merecida de riqueza en un ideal. Más aún: que en México cualquiera que así lo desee pueda hacerse rico trabajando e innovando, sin importar el apellido, el color de piel, o las conexiones sociales; es decir, sin importar los tradicionales y aún vigentes privilegios.

 

 

Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

 

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

Flor de Caña: un ron que sabe a Centroamérica
Por

El color ámbar de Flor de Caña dibuja la historia de este licor centenario, al tiempo que su aroma nos remite a los camp...

También te puede interesar