Por Luis Meza*

Hace tres años se estrenó la película “The Founder” (Hambre de poder, en México) que narra la historia de Ray Kroc, un vendedor de batidoras en los años cincuenta que descubre un negocio de hamburguesas con la particular habilidad de atender a sus clientes en segundos.

Sus propietarios, Dick y Mac, estaban orgullosos de sus productos y su servicio inigualable. El éxito que tenían les alejó del interés de crecer su negocio, además de haber fallado en el intento: su modelo de servicio no funcionaba sin estar ellos para supervisarlo.

Kroc decidió asociarse con ellos y además de instalar una sucursal, también creó productos nuevos, incluso hasta una marca a partir de este concepto. La clave para conseguirlo fue vender las franquicias a personas de la clase media, pues para este modelo se requería de propietarios que atendieran personalmente el restaurante y los compradores adinerados delegarían esta responsabilidad, no pondrían atención a los detalles.

Estos logros comenzaron desde que Kroc abordó este segmento desconocido para él con una “mente de principiante”, que es combinar nuestra experiencia previa mientras conservamos una percepción nueva y fresca. El éxito fue tal que Dick y Mac le vendieron su idea: la cadena McDonald’s.

Si bien el conocimiento viene de la experiencia adquirida a través de nuestros años de trabajo, de capacitaciones, o incluso de consejos y errores propios, el camino recorrido generará una mentalidad tradicional y sistemática, alejándonos de la posibilidad de pensar “fuera de la caja”.

Tener una forma distinta de ver las cosas es relevante cuando decidimos emprender o estamos en lo más alto de la vida laboral. Queremos que algo rompa esquemas y genere nuevas oportunidades de negocio, procesos de trabajo o maneras de relacionarnos con nuestros clientes, ir más allá.

La mente de un principiante cuestiona, evalúa, reinventa y propone sin las ataduras de la costumbre o de supuestos que rodean a nuestro negocio, atributos que sin duda son invaluables a los niveles de quienes toman decisiones.

Ese nivel de la jerarquía será el que dará la pauta para que todos en el negocio se esfuercen por cambiar su perspectiva y generen ideas innovadoras, hábitos que pueden convertirse en diferenciadores. Al final, toda práctica que ahora es común, en algún momento fue cuestionada.

La clave está en permitirse cierto grado de ingenuidad, pues nos permite cuestionar los supuestos que abundan en un negocio. El reto será compartir este ángulo distinto con todos los involucrados y en todos los niveles para promover su adopción en nuestro trabajo, poner en tela de juicio costumbres y creencias para complementarlas o cambiarlas, innovar y concebir nuevos paradigmas.

Este concepto encarnaría de forma ideal en nuestros equipos de innovación al equilibrar una visión fresca, con el filtro de quienes ya tienen conocimiento del negocio. Una fuerza creativa con tal balance es fundamental ante un escenario que cambia constantemente las reglas del juego.

Alvin Toffler predijo que los analfabetos del siglo XXI “no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”. El gran reto para el liderazgo, desde un emprendedor hasta un CEO, está en lo segundo, ese salto que pide abandonar lo que sabemos para innovar. Esto es lo que a la larga divide a los vendedores de hamburguesas de las empresas transnacionales.

*Socio Líder Nacional en Consultoría, Deloitte México.

 

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